Nuestra cultura trata lo solidario como prótesis artificial que ayuda a mantener una cierta cara amable ante lo injusto, lo inhumano. Este trabajo pretende traspasar esa barrera para adentrarse en las condiciones de posibilidad que habiliten a las personas, a los sujetos, como agentes conscientes de una solidaridad que, estimada, incorporada y apropiada, se convierta en forma de vida contracultural. En plena defensa occidental de la seguridad como el único valor que debemos conservar, la solidaridad es abordada en estas páginas desde la perspectiva antropológica, en la que lo solidario revierte en deuda social. Asimismo, se proponen criterios de discernimiento entre la solidaridad barata y la solidaridad cara y se esbozan, por último, algunas pautas educativas básicas que conducen a educar en el sujeto y en las instituciones solidarias.