Los grupos humanos viven en una trama constituida por combinaciones diferentes de continuidad y cambio, los cuales se sustentan en materiales simbólicos que configuran creencias y sirven de marco a la acción colectiva. De la reserva de recursos, las vicisitudes de la posguerra fría han contribuido a realzar los relativos a las cuestiones étnicas o, en general, identitarias, vehiculadas por relatos que contienen visiones del grupo y de sus relaciones con los otros significativos. Quienes sean los otros significativos es a la vez el resultado de un proceso de construcción simbólica sobre los dos ejes de la experiencia humana: el espacio (el territorio) y el tiempo (la memoria histórica particular activada en cada relato). Unas calas superficiales prestan cuerpo a la hipótesis de que la elaboración de relatos fundacionales (de definición del sujeto) asimétricos tiende a favorecer posiciones extremas en el espectro ideológico, que a su vez retroactúan sobre los contenidos reforzando su eficacia mediante la movilización del potencial de emociones suscitado por las lealtades étnicas. En tales supuestos, a la violencia contra el otro, que se desprende de la estructura asimétrica del relato, se une la degradación del contexto habitado por el propio sujeto, reflejada en las formas más o menos sutiles de coerción de que son objeto los defensores de los principios universales de la legalidad internacional y los derechos humanos. El veredicto histórico sobre el nazismo o el nacionalismo de los partidarios de la Gran Serbia es inapelable al respecto. El presente ensayo trata de ilustrar esta deriva particularista y etnocrática mediante el conflicto de Oriente Próximo, pieza destacada del tablero del tribalismo global diseñado por los arquitectos del choque de civilizaciones. Este cuaderno recoge algunas de las preocupaciones de un trabajo más amplio sobre la retórica de la violencia política.