Entrevista a Jesús Casquete (El Correo, 09/11/2009)

«Las fotos de los presos son el espejo de los jóvenes radicales»

Entrevista realizada por Óscar B. De Otálora

El investigador afirma que la izquierda abertzale «ha tenido claro siempre el poder movilizador de los símbolos»

El profesor de Historia del Pensamiento y experto en movimientos sociales de la UPV Jesús Casquete acaba de publicar el libro ‘En nombre de Euskal Herria. La religión política del nacionalismo vasco radical’. La obra analiza el modo en que la izquierda abertzale ha fagocitado la simbología tradicional nacionalista hasta convertirla en los pilares de su ideología. Asegura que esta práctica ha ayudado a crear una fe política por encima de cualquier discurso racional y destaca la importancia de la función que cumplen en ese entorno las fotos de presos etarras porque «son el espejo» donde se miran los jóvenes radicales.

—Usted, en su libro, defiende que ETA necesita construir una simbología para mantener su capacidad de reclutamiento. ¿Las fotografías de presos cumplen esa misión?

—En principio, todo movimiento social, sea obrero, ecologista, feminista, pacifista o nacionalista, necesita un arsenal simbólico con el que sus militantes se identifiquen y se movilicen. Símbolos que les hagan sentir partícipes de una misma comunidad. El nacionalismo vasco radical, que es radical por los medios violentos a los que recurre, que no por sus fines, no es ninguna excepción. De ahí que busquen en el pasado o inventen símbolos que condensen su ideario.

—Por ejemplo, las fotos.

—En la medida que han sacrificado su libertad y arriesgado su vida por el ideal más ‘noble’ que existe para esa comunidad, que es la defensa de la patria, los presos y los gudaris muertos se prestan de forma óptima a este cometido. Son los héroes y mártires de ayer y de hoy que merecen un reconocimiento público por parte de su comunidad porque, desde su perspectiva, marcan el camino a seguir. Son figuras modélicas en las que contemplarse, el espejo en el que se miran los jóvenes radicales.

—El libro analiza la creación de una ‘religión política’ por parte de la izquierda abertzale y de un panel de mártires. ¿Las propias fotografías son una forma de establecer una iconografía cuasi religiosa de ese mundo?

—Todas las religiones pivotan sobre la fe en un ente trascendente. Esa fe que es actualizada permanentemente por un diseño litúrgico más o menos complejo. Colocar la patria en el objeto de culto supremo, hasta sacrificar la vida por ella, no es sino la versión secular de los judíos, cristianos o musulmanes que, a lo largo de la Historia, han dado muestras de la fortaleza de su fe mediante la ofrenda a sus dioses respectivos de su bien más preciado: la vida. La exhibición pública de las fotografías sería, desde este punto de vista y desde nuestra matriz cultural judeo-cristiana, la traslación de la imaginería cristiana a la era de la comunicación de masas.

—Usted habla de rituales que la izquierda abertzale usa para establecer una especie de permanencia en el tiempo. ¿La política de tolerancia cero de la consejería de Interior es una forma de combatir estos rituales o, por el contrario, los enquista más?

—Entraña un riesgo evidente el suscribir aquello de ‘ninguna libertad para los enemigos de la libertad’. La grandeza de las democracias reside precisamente en tolerar a aquellos grupos y personas que disienten de la mayoría. El problema de una política de tolerancia cero es que deja resquicios a la arbitrariedad cuando adelanta intencionalidades en actitudes que a menudo, pero no necesariamente, tienen lugar en un marco de apología del terrorismo. No estaría de más, entonces, adoptar una postura prudencial y detenerse caso por caso en los pormenores de cada convocatoria. Ahora bien, a mi juicio, la libertad de expresión tal y como se concreta en homenajes, manifestaciones o actos de recuerdo ha de ser una libertad subordinada al respeto a los derechos de las víctimas y de sus familiares, que han visto asesinados a seres queridos por lo que representaban y no siempre por lo que eran. Ahí radicaría el techo del respeto al disenso por parte del Estado de Derecho.

Ikurriña en el Gorbea

—Usted defiende que la izquierda abertzale ha vampirizado los símbolos nacionalistas: canciones, recuerdos del gudari… ¿Si el nacionalismo oficial hubiera peleado más por esa simbología la historia habría sido distinta?

—El arsenal simbólico del nacionalismo radical se nutre, en gran medida, del tradicional. El caso es que, en la práctica, algunos de esos símbolos, como la celebración del ‘gudari eguna’ o la canción del ‘Eusko Gudariak’, han devenido de uso casi exclusivo por parte del entorno del MLNV, que los ha vampirizado. Y el nacionalismo tradicional lo ha facilitado en la medida que, al copar las instituciones, ha hecho dejación progresiva de su vocación histórica de movimiento sociopolítico y ha descuidado la preservación de ese patrimonio.

—Y ahora está fuera del Gobierno.

—Desde que ha perdido el Gobierno vasco, hay indicios de que el PNV ha variado su relación con su herencia simbólica. Baste recordar a este respecto el episodio de desagravio a la ikurriña que tuvo lugar en la cruz del Gorbea el pasado mes de julio, con recuerdo a los gudaris incluido. Los militares ‘profanaron’ el suelo patrio colocando una bandera española, y la afrenta fue reparada de este modo. Parece que el nacionalismo histórico se ha dado cuenta de algo que el nacionalismo radical siempre ha tenido muy claro: los símbolos son un poderoso nutriente de la movilización y de la identidad grupal.

—En un momento como el actual, con una ETA debilitada y un porcentaje cada vez mayor de la sociedad que rechaza la violencia, ¿esta lucha por los símbolos cobra una mayor importancia?

—Es el momento de abordar en profundidad la dimensión cultural de la violencia y de los mecanismos de su reproducción. La lucha policial resulta fundamental y el refinamiento y adaptación del instrumentario jurídico también, pero ambos por sí solos no bastan, resultan insuficientes. De lo que se trata es de complementar esos medios y de intervenir en los mecanismos culturales de reproducción y de reclutamiento de futuros terroristas, y esos son objetivos que van más allá de la misión encomendada a policías y jueces. En este sentido, un flanco que requiere un abordaje consensuado inmediato es el de la deslegitimación de la violencia en el ámbito educativo. Otro fundamental tiene que ver con el plano simbólico: carteles, pintadas, homenajes…

—El achique de espacios de impunidad promovido desde el Gobierno no ha estado exento de polémica.

—A este respecto conviene señalar que, desde los parámetros históricos propios de cada sociedad, acogotar el uso de símbolos en la esfera pública no desmerece la calidad democrática del sitio en cuestión. En Alemania, por ejemplo, el uso de la esvástica, hacer el saludo romano o interpretar el himno nazi son hechos constitutivos de delito.

Jesús Casquete es profesor de la UPV y autor de ‘En el nombre de Euskal Herria’.

Publicado en El Correo, 9 de noviembre de 2009.

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