La larga sombra de al Qaeda se ha proyectado sobre las elecciones legislativas españolas. Nadie duda de que, de no haber concurrido circunstancias extraordinarias como las registradas en los últimos días, el resultado de las elecciones habría sido otro muy distinto. Sin duda los votantes han tenido muy presentes los atentados del 11-M a la hora de depositar su voto. La lectura más inmediata nos indica que el Partido Popular y José María Aznar han sido los principales perjudicados por la nueva situación, no ya sólo porque el respaldo gubernamental a la intervención en Irak haya situado a España en el punto de mira del terrorismo islámico, sino también por la posibilidad de que se hayan ocultado pruebas o desviado la atención en las horas posteriores al atentado con fines meramente partidistas. Con semejante proceder, Aznar habría dilapidado en unas horas el caudal político acumulado durante sus ocho años de gobierno y habría entregado al Partido Socialista las llaves de La Moncloa. No hay nada más que ver la prensa internacional para comprobar hasta qué punto esta tesis es compartida en las capitales europeas: las caricaturas de Aznar con una nariz ‘pinochesca’ (por ejemplo en ‘Le Monde’ y ‘La Repubblica’) recuerdan a las de Felipe González en la época del GAL.

La agenda a la que deberá hacer frente Zapatero no será sencilla. El día posterior a las elecciones anunció que respetaría su promesa de retirar las tropas españolas desplegadas en Irak antes del próximo 30 de junio si no se le concede a la ONU un mandato claro, lo que ya ha sido interpretado por muchos como una concesión a al Qaeda. Precisamente el atentado, reivindicado por dicha organización, estaría relacionado con el respaldo español a la intervención angloamericana en Irak escenificado en la Cumbre de las Azores, celebrada justo hace un año. En el comunicado de las Brigadas de Abu Hafs al-Masri se destacaba que la Operación Trenes de la Muerte era “una venganza” contra España por su apoyo a la guerra. Además, dicho comunicado, teñido de referencias religiosas al estilo de los de Bin Laden, amenazaba con futuros ataques y consideraba que los atentados eran tan sólo “parte del ajuste de cuentas con la España cruzada, aliada de Estados Unidos en su guerra contra el Islam”. Ya antes, en el mes de octubre, el propio Osama Bin Laden, enemigo número uno de Estados Unidos, advertía: “Nos reservamos el derecho a responder, en el momento y lugar oportunos, contra todos los países que participan en esta guerra injusta, en particular Gran Bretaña, España, Australia, Polonia, Japón e Italia”. La fecha escogida, el 11 de marzo, no podría ser más simbólica, pues tenía lugar exactamente dos años y medio después de los fatídicos atentados del 11 de septiembre.

Sin embargo, no es fácil mostrar una relación directa entre los detenidos por su presunta implicación en el atentado y la organización de Bin Laden. Más bien debería hablarse de una extensa red de organizaciones ‘yihadistas’ que mantienen estrechos vínculos entre ellas y que comparten una misma visión sobre la necesidad de llevar la guerra más allá de las fronteras del Islam, perpetrando demoledores atentados en el mismo corazón del mundo occidental, ya sea en Nueva York, Madrid o cualquier otra capital europea. A la vanguardia de estos grupos ‘yihadistas’, como destaca el politólogo francés Gilles Kepel en su libro ‘La Yihad’, estaría una parte de la juventud urbana árabe pobre y radicalizada que abría abrazado con verdadero entusiasmo la maniquea visión del mundo de Bin Laden. Así se explica que entre los cinco detenidos hasta el momento figuren tres marroquíes naturales de Tánger y Tetuán, dos de las ciudades más abandonadas de Marruecos y quizás por esta razón dos de los feudos del fundamentalismo islámico. No por casualidad el nombre de uno de los detenidos figuraba ya en el sumario abierto por el juez Garzón contra al Qaeda y también se le relacione con los atentados suicidas de Casablanca, que provocaron 43 víctimas, 4 de ellas españolas.

De lo que no cabe ninguna duda es de que los atentados han provocado el mayor golpe terrorista registrado en España en toda su historia y que llevará muchos años superar su tremendo impacto psicológico. El 11-M evidencia también las limitaciones de la actual estrategia para combatir el terrorismo internacional y frenar a al Qaeda. Un editorial del diario ‘al-Quds al-‘Arabi’, el mismo en el que apareció el comunicado que reivindicaba el atentado de Madrid, advertía de la dramática paradoja de la política de la Administración de Bush, respaldada contra viento y marea por el Gobierno de Aznar. Si bien el principal objetivo sería construir un mundo más seguro y asentar la democracia y la libertad en los países árabes, los resultados, dos años y medio después del 11-S, son inquietantes. Como señala su director Abd al-Bari Atwan, “El presidente Bush prometió que el mundo sería más seguro tras la ocupación de Irak y la deposición de Sadam Hussein, mientras que sus aliados pronosticaron que la guerra contra el terrorismo resultaría exitosa, ya que debilitaría a al Qaeda y convertiría a Afganistán en un modelo de prosperidad, bienestar y democracia, pero con el transcurso del tiempo se demuestra precisamente todo lo contrario. Desde la ocupación de Irak se ha incrementado la violencia dentro y fuera de Irak, tal y como evidencia la matanza contra los chiítas en Nayaf, así como los ataques contra las sinagogas de Estambul y contra las estaciones de tren en Madrid”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, 2001) y editor de ‘Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta’ (Madrid, 2003).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004.
Publicado en El Correo, 20 de marzo de 2004.

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