El referéndum del Likud ha colocado al primer ministro israelí, Ariel Sharon, en una posición extremamente delicada. Ni el estrangulamiento de los Territorios Ocupados, ni el bombardeo de Siria, ni la reclusión de Arafat, ni tampoco los ‘asesinatos selectivos’ contra los dirigentes de Hamas, habían cuestionado hasta el momento la política de ‘puño de hierro’ aplicada por el dirigente israelí. Irónicamente, ha sido un plan de paz –el proyecto de desconexión de los asentamientos de colonos de la Franja de Gaza– el que ha provocado el primer desencuentro entre los militantes del Likud y el premier israelí.
Aunque el referéndum celebrado el pasado 2 de mayo sólo contó con un 40% de participación entre los 193.000 afiliados, su resultado es lo suficientemente ilustrativo de la creciente contestación a la que se enfrenta Sharon en las filas de su propio partido. Un 59,5% de los afiliados del Likud se opuso a la retirada de los 21 asentamientos de colonos que Israel ha construido de manera ilegal sobre la pequeña y superpoblada Franja de Gaza. De esta manera, la evacuación de los 7.500 colonos que viven en el 40% del territorio de la Franja (entre 1.300.000 palestinos que se deben contentar con el 60% restante) queda en entredicho.
La derrota de Sharon muestra hasta qué punto es cuestionable el lema electoral “Sólo el Likud puede”, con el que el dirigente israelí atrajo en las elecciones de 2003 un 31% de los votos frente al 16% que cosechó el Partido Laborista. En dichas elecciones, Sharon se presentó como el único candidato capaz de ofrecer seguridad y paz a Israel poniendo fin a la campaña de atentados suicidas con la que se despertaba, un día sí y otro también, el país. Si bien es cierto que cumplió parte de sus compromisos debilitando la Intifada del Aqsa, también es cierto que se extralimitó en sus funciones al desmantelar la Autoridad Palestina y poner fin a los Acuerdos de Oslo. En último término, Sharon fue incapaz de lograr su objetivo central, que era, tal y como subraya el politólogo francés Alain Gresh, “hacer capitular a la población palestina y lograr que abandonase toda forma de resistencia”.
Desde que asumiese el puesto de primer ministro en 2001, Ariel Sharon no ha conseguido dejar de lado su mentalidad militar: de hecho, tiene más éxito en el terreno de batalla que en la mesa de negociaciones, tal y como muestran sus reiteradas evasivas a la hora de aplicar la Hoja de Ruta o su contumaz negativa a aceptar a los palestinos como interlocutores en el proceso de paz. También su plan de desmantelamiento unilateral de los asentamientos de Gaza, respaldado por la Administración de Bush, es una muestra más de este talante, ya que no se ha negociado ni con los palestinos ni con el Likud, sino tan sólo con las propias Fuerzas de Defensa Israelíes.
Las reacciones a la derrota del Plan Sharon no se han hecho esperar. En la Knesset se ha registrado una moción de censura contra la coalición de gobierno israelí, el líder laborista Simón Peres ha exigido la celebración de elecciones anticipadas y la Autoridad Palestina ha reclamado la aplicación inmediata de la Hoja de Ruta, el último plan de paz para la zona que reclama la creación de un Estado palestino antes de finales de 2005. Pero, quizás, las reacciones más sorprendentes han sido las del Likud y las de la Administración de Bush. Los ‘barones’ del Likud, encabezados por los ministros rebeldes Netanyahu y Shalom, maniobran entre bastidores para provocar la dimisión del primer ministro y consideran que el resultado del referéndum supone “el principio del fin de la carrera política de Sharon”. Mientras tanto, la Administración estadounidense ha confirmado su respaldo a viento y marea a los planes del primer ministro.
Esta situación ha llevado a algunos analistas israelíes a subrayar los parecidos entre la travesía del desierto de Sharon y la que padeciera Ehud Barak en sus últimas semanas de gobierno. El prestigioso columnista del diario ‘Ha’aretz’ Aluf Benn considera que Sharon es hoy “un líder sin partido” al que “la derrota en el referéndum del Likud le deja en la misma posición que a Barak en los días previos a su abandono del gobierno tras las fallidas conversaciones de Camp David. Como Barak, Sharon decidió adoptar una iniciativa valerosa al plantear ciertas concesiones políticas y, al igual que su predecesor, creyó de manera equivocada que bastaba con el enorme respaldo de Estados Unidos para obtener el apoyo de su partido”.
Ante este panorama cobra especial importancia la rebelión encabezada por algunos diplomáticos británicos y norteamericanos que han advertido en los últimos días de los peligros que representan las políticas del tándem Bush-Blair. El 27 de abril pasado, cincuenta y dos diplomáticos británicos retirados enviaron una carta a Tony Blair en la que mostraban su “profunda preocupación por las políticas adoptadas en el conflicto árabe-israelí y en Irak, en estrecha cooperación con Estados Unidos” y en la que criticaban el seguidismo británico ante “el anuncio de Ariel Sharon y el presidente Bush de nuevas políticas unilaterales e ilegales que tendrán un coste todavía mayor en sangre israelí y palestina”. A Blair le echaban en cara “el abandono de los principios que habían guiado durante los últimos cuarenta años los esfuerzos internacionales para restaurar la paz en Tierra Santa”. El 4 de mayo eran los propios diplomáticos norteamericanos quienes advertían de la peligrosidad de la política de la Administración de Bush en Oriente Medio dirigiendo una carta a su presidente, en la que se señalaba: “Vuestro ilimitado respaldo a los asesinatos extrajudiciales de Sharon, a la barrera israelí que se asemeja al Muro de Berlín, a sus duras medidas militares aplicadas en los Territorios Ocupados y, ahora, vuestro apoyo al plan unilateral de Sharon están exponiendo la credibilidad y el prestigio de nuestro país”. La carta dirigida a Bush se despedía añadiendo: “Los firmantes consideran que el gobierno de Estados Unidos está exponiéndonos a un creciente peligro”.
La incógnita reside en saber si estas misivas se quedarán en papel mojado o servirán para replantear algunas de las prioridades de la política exterior del eje Washington-Londres en Oriente Medio y, en especial, si contribuirán a retirar el incondicional apoyo prestado en los últimos años por los supervivientes de la Cumbre de las Azores a la estrategia de ‘puño de hierro’ aplicada por Sharon desde el 11-S.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, 2001) y editor de ‘Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta’ (Madrid, 2003).
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004.
Publicado en El Correo, 6 de mayo de 2004.