Pese a que en las últimas semanas han tenido lugar en Irak una serie de acontecimientos esperanzadores, como la disolución de la Autoridad Provisional de la Coalición, la marcha del procónsul Paul Bremer o la creación de un gobierno de transición dirigido por el primer ministro Ayad Alaui, todavía es demasiado temprano para evaluar sus consecuencias. De hecho, el Irak soberano de hoy se rige prácticamente por las mismas lógicas que el Irak ocupado de ayer. Del escenario han desaparecido parte de los nubarrones que enturbiaban el futuro del país árabe, aunque todavía quedan innumerables interrogantes que empezarán a responderse en los próximos meses.

Si bien el nuevo ejecutivo se ha marcado como meta principal recuperar la plena soberanía, devolver la seguridad al país y avanzar en el proceso de reconstrucción, es prácticamente imposible, dada la constante degradación de la situación, que pueda alcanzar sus objetivos antes de enero de 2005, fecha para la cual se prevé la elección de una Asamblea Nacional. Existen varios factores que dificultan el cumplimiento de la agenda fijada por el gobierno de Alaui, pero dos son especialmente preocupantes, teniendo en cuenta su magnitud. Por una parte, la infiltración de grupos ‘yihadistas’ en el país que llevan a cabo su particular guerra civilizacional contra ‘el Satán americano’. Por otra parte, el mantenimiento de las tropas estadounidenses sobre el suelo iraquí que pone en entredicho la supuesta cesión de soberanía.

Desde la caída del régimen de Sadam Hussein, Irak se ha convertido en un imán que ejerce una irresistible atracción para los islamistas de todo el mundo árabe. Aunque no existen cifras fiables al respecto, se sabe que desde la ocupación del país en mayo de 2003 miles de personas se han infiltrado en el país para engrosar la resistencia iraquí. Se repite pues la historia: lo que hoy en día ocurre en Irak recuerda cada vez más a lo sucedido en Afganistán en los años ochenta cuando los ‘muyahidin’ árabes libraron, con la ayuda de los servicios de inteligencia norteamericanos, saudíes y afganos, una auténtica guerra de guerrillas contra las tropas soviéticas con la intención de salvaguardar la integridad de las tierras del Islam. Esta eventualidad, que cualquier persona con conocimientos básicos sobre la reciente historia de Oriente Medio podría haber advertido, no fue ni tan siquiera considerada por los estrategas del Pentágono. Parece evidente que la intervención de Estados Unidos en Irak no sólo no ha conseguido derrotar al terrorismo islamista como se proponía, sino que además lo ha fortalecido, al obligarle a alterar el orden de sus prioridades. Si Bin Laden juró tras el 11-S que “América no vivirá en paz hasta que reine la paz en Palestina y hasta que todo el ejército de infieles abandone la tierra de Mahoma [es decir, Arabia Saudí]”, lo cierto es que el principal frente de batalla que tiene abierto en la actualidad la organización se encuentra en Irak.

Por otro lado, la presencia de 130.000 soldados norteamericanos dificulta la plena recuperación de la soberanía iraquí. Es más, la interesada ambigüedad de las autoridades estadounidenses a la hora de pronunciarse sobre la salida de las tropas del territorio iraquí acrecienta las dudas sobre su disposición a abandonar el país en un futuro cercano. Conocemos cómo empiezan las aventuras coloniales, pero no cómo acaban. Cuando los británicos ocuparon Egipto en 1882 consideraron también que su presencia militar sería meramente coyuntural. Una circular firmada por lord Granville el 3 de enero de 1883 nos ofrece el clásico compendio de ‘buenas intenciones’ ofrecidas para justificar la ocupación del país africano: “El curso de los acontecimientos ha impuesto al Gobierno de Su Majestad la tarea, que hubiera preferido de buen grado compartir con otras potencias, de reprimir la revuelta militar en Egipto y de restablecer la paz y el orden en aquel país. El fin ha sido afortunadamente cumplido; y aunque en la actualidad una parte de las tropas inglesas permanezca en Egipto para el mantenimiento de la tranquilidad pública, el Gobierno de Su Majestad desea retirarlas apenas el estado del país y la organización de los medios adecuados para el mantenimiento de la autoridad del Jedive lo consientan”. El “restablecimiento del orden” y el “mantenimiento de la tranquilidad” eran las prioridades de los británicos en Egipto a finales del siglo XIX y son a principios del siglo XXI el principal argumento que emplea la Administración de Bush para justificar ‘sine die’ la presencia americana en Irak. Para los desmemoriados baste recordar que las últimas tropas británicas salieron de Egipto en 1956, cuando fueron obligadas a abandonar sus posiciones tras la crisis de Suez: es decir, 88 años después de su entrada en el país.

Nadie discute que la extensión de la violencia supone una grave amenaza no sólo para la estabilidad iraquí, sino para la de Oriente Medio. La acentuación de la crisis iraquí supondría un grave peligro para algunos países cercanos. De hecho, recientes informes de varios servicios de inteligencia confirman que la nueva estrategia de Al-Qaeda pasa por extender el caos en la región mediante el derrocamiento de algunos de los principales aliados norteamericanos en la zona, como los Saud en Arabia y Musarraf en Pakistán, y también por la intensificación de los ataques contra la infraestructura petrolífera para quitarles su principal fuente de riqueza y, de paso, dificultar la recuperación de la economía occidental. De esta amenaza se desprende que la inestabilidad iraquí ya no es solamente un peligro para Estados Unidos, sino que también representa una amenaza para la propia Unión Europea. Por eso es importante el restablecimiento del vínculo trasatlántico para que Washington y Bruselas aborden de manera conjunta las medidas a adoptar para pacificar el frente iraquí tras el fracaso de la opción militar defendida por la Administración de Bush. Probablemente habrá que esperar hasta después del escrutinio de las elecciones norteamericanas del próximo 2 de noviembre para saber hacia dónde se encamina realmente Irak.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es editor de ‘Informe sobre el conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta’ (Madrid, 2003).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004.
Publicado en El Correo, 28 de julio de 2004.

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