La reciente oleada de ejecuciones de rehenes en Irak ha encendido todas las alarmas tanto dentro como fuera del país árabe. Al secuestro le suele seguir un torrente de exigencias de tan difícil cumplimiento –la retirada de la ley del velo en Francia, la inmediata salida de compañías o tropas extranjeras del país árabe, o la liberación de los presos de las cárceles iraquíes– que prácticamente equivalen a una condena de muerte para los rehenes. Tal distancia entre lo que es posible políticamente y lo que se reclama por medio del chantaje nos invita a pensar que estos grupúsculos armados anteponen la desestabilización de Irak a la consecución de sus demandas.

Es prácticamente imposible establecer con certeza quién se encuentra detrás de cada uno de las docenas de grupúsculos –Ejército Islámico de Irak, Monoteísmo y Yihad, Falanges Verdes de Mahoma, Brigadas de Mohamed ben Abdullah, etc.– que han surgido tras el fin de la guerra, puesto que, en la mayor parte de las ocasiones, se trata de minúsculas formaciones que actúan de manera esporádica y clandestina. Sin embargo, está claro que detrás de prácticamente todos ellos se esconde una nebulosa de formaciones: algunas están en la órbita del jordano Al-Zarqawi (el hombre de Al-Qaeda en Iraq), mientras que otras están integradas por sunníes nacionalistas cercanos al depuesto Sadam Hussein o por chiíes radicales simpatizantes del clérigo Muqtada Al-Sader. Aunque el ‘modus operandi’ de todos estos grupos pueda parecernos similar, difieren profundamente en sus planteamientos y reivindicaciones.

Es evidente que todos comparten el objetivo de expulsar a las tropas norteamericanas del país, pero los pupilos de Bin Laden, los nostálgicos del dictador de Tikrit y los partidarios de la instauración de un régimen teocrático no coinciden en mucho más. El secuestro de rehenes extranjeros, ya sean norteamericanos, italianos, franceses, británicos, japoneses, indios, filipinos o turcos, es, junto con el empleo de los coches bomba, uno de sus métodos predilectos, y pretende intimidar a las naciones con tropas o intereses en el país para que lo abandonen o, al menos, debilitarlas ante sus respectivas opiniones públicas para que revisen su participación en la coalición aliada. Hasta el momento sólo Filipinas ha llegado a retirar sus tropas tras el secuestro de Angelo de la Cruz por el Ejército Islámico, pero otros países ya han comenzado a plantearse la salida del país ante la creciente ola de inseguridad y las escasas posibilidades de afrontar su reconstrucción mientras perdure la actual anarquía. Lo más probable es que muchos de estos países revisen su contribución una vez que hayan tenido lugar las próximas elecciones en Estados Unidos e Irak.

No es extraño que, en esta coyuntura, los periodistas se hayan convertido en un objetivo prioritario de todas estas bandas armadas, debido a que sus secuestros suelen tener una mayor onda expansiva, lo que se refleja claramente en el impacto mediático de la noticia. Lo que sí sorprende es que, en su ceguera, los grupos armados sean incapaces de diferenciar entre los países que respaldan la guerra y sus ciudadanos. En el caso del italiano Enzo Baldoni, se ignoró, bien por desconocimiento o bien por desinterés, que el periodista se había opuesto a la guerra y había llegado a Nayaf integrando un convoy de la Cruz Roja. Otro tanto puede decirse de las dos jóvenes cooperantes de la misma nacionalidad Simona Pari y Simona Tortea, todavía secuestradas. Tampoco parece que en el caso de Christian Chesnot y Georges Malbrunot su pasaporte francés les haya servido de una gran ayuda hasta el momento.

Los palos de ciego de los grupos armados indican que en el Irak de la posguerra todos los extranjeros, independientemente de sus convicciones, profesión, nacionalidad o confesión, se han convertido en blanco de una iracunda resistencia que no evalúa las consecuencias de sus decisiones y que actúa más por impulsos que obedeciendo a una estrategia claramente delimitada. El chantaje a los países con presencia militar en el país no es el único objetivo de los grupúsculos de corte islamista y nacionalista que operan en Irak. El segundo propósito, quizás de mayor importancia, es demostrar la incapacidad del gobierno dirigido por Iyad Alaui para pacificar el país y hacerse con las riendas de la situación. Mientras perdure el clima de inseguridad, la normalización de Irak será inviable, y serán las tropas norteamericanas las que tengan que emplearse a fondo para combatir la anarquía.

En las actuales condiciones es extremadamente complicado ver el final del túnel. Es de prever que la incesante oleada de secuestros y la sangrienta rutina de los coches bomba no se interrumpirán en el curso de los próximos meses. Es incluso posible que se intensifiquen a medida que nos acerquemos a la cita del 3 de noviembre, cuando los norteamericanos están llamados a elegir su presidente entre el republicano George W. Bush y el demócrata John F. Kerry. Pero sin duda el principal objetivo de estos grupos es el de influir de manera determinante en el resultado de las elecciones legislativas iraquíes previstas inicialmente para enero de 2005, cita que muchos consideran ya como un referéndum sobre la gestión de gobierno del primer ministro Alaui.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es editor de los libros ‘Informe del conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta’ y ‘España y la cuestión palestina’.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004. Publicado en El Correo, 23 de septiembre de 2004.

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