La desaparición del presidente Yaser Arafat cierra una página de la Historia y, al mismo tiempo, abre una época incierta en la que no faltan las incógnitas sobre si su ausencia beneficiará o perjudicará la causa palestina, sobre si su muerte servirá para poner fin al baño de sangre de los últimos cuatro años o añadirá más leña a la hoguera que prende en Oriente Próximo. Arafat forma parte de esa clase de líderes que, tras décadas en el timón del mismo barco, llega a identificarse tanto con la causa que defiende que su propia desaparición pone en duda la capacidad de sus sucesores para mantener con vida la cuestión palestina, que, sin ningún género de dudas, atraviesa el momento más crítico de su historia.
El legado del ‘rais’
Si hay algo en lo que coinciden sus más fieles defensores y sus más acérrimos adversarios es en que Arafat ha sido y será siempre un símbolo de la lucha del pueblo palestino por su independencia. No en vano era conocido en los foros internacionales como el ‘señor Palestina’. Desde que en 1968 fue elegido presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), estuvo en el primer plano de la escena política de Oriente Medio, lo que lo convirtió en un superviviente nato, sobre todo si tenemos en cuenta que a lo largo de su vida sufrió numerosos complots y conspiraciones.
Curiosamente, en el mundo occidental, quizás por influencia de los ‘mass media’ norteamericanos, se le ha tendido a ver como un elemento radical que no dudó en emplear el terrorismo cuando era necesario, todo ello con tal de mantener viva la cuestión palestina. Nada más lejos de la realidad, puesto que fue un político extraordinariamente conservador que tuvo frecuentes encontronazos con las facciones izquierdistas palestinas, partidarias de una completa revolución en el mundo árabe que derrocase todos los regímenes reaccionarios cercanos a Washington. Con toda probabilidad, uno de los mayores logros de Arafat, además de evitar la desaparición del problema palestino, fue mantener a su pueblo alejado de las vicisitudes diarias de la política árabe (sobre todo tras la salida de Beirut en 1982).
Hasta tal punto pueden identificarse el ‘rais’ y la causa que defendía que la rememoración de los momentos más delicados del movimiento nacionalista palestino traen a la mente su semblante serio y cariacontecido, mientras que las etapas más esperanzadoras van unidas a sus gruesos labios esbozando una sonrisa. Eso es lo primero que nos viene a la cabeza cuando recordamos su intervención ante la Asamblea General de la ONU en 1974, en la que ofreció una rama de olivo en señal de paz, la evacuación de Beirut en 1982 tras el inmisericorde asedio de la ciudad, o la soleada ceremonia en los jardines de la Casa Blanca durante la firma del Acuerdo de Oslo en 1993.
En su calidad de superviviente nato consiguió salir bien parado de todo tipo de situaciones adversas, incluidos varios intentos de asesinato y un accidente de aviación. Con el fin de la guerra fría, Arafat hizo honor a su camaleónica capacidad de adaptación. Tras ser considerado el enemigo público de Israel durante varias décadas y encabezar la lista terrorista de Estados Unidos, Arafat fue rehabilitado de un plumazo en la década de los noventa, en la que fue reconocido como socio de la paz por el Gobierno israelí, llegando incluso a ser galardonado en 1994, junto a Isaac Rabin y Simon Peres, con el Premio Nobel de la Paz.
Su activa participación en el proceso de Oslo, en el que los palestinos aceptaron el principio ‘territorios por paz’, no fue ni mucho menos un camino de rosas. El proceso de edificación de la Autoridad Palestina, que Arafat presidió desde su creación, estuvo salpicado de acusaciones de mala gestión, autocracia, corrupción y nepotismo. Ziad Abu Amr, académico y político palestino, describió ejemplarmente la situación al considerar que “el nuevo orden palestino creado por Arafat fue incapaz de efectuar un proceso de transición tranquilo y progresivo desde la lógica de la ‘revolución’ y el exilio hasta la lógica del ‘Estado’ y de la sociedad civil”.
La suerte del ‘rais’ se truncó en 2000 cuando las esperanzas de lograr un acuerdo definitivo con Israel se esfumaron durante la cumbre de Camp David. El Gobierno laborista de Barak acusó a Arafat de rechazar “la oferta más generosa” que Israel podría ofrecer jamás, aunque sólo plantease a los palestinos un Estado construido a base de jirones. Entonces empezó su particular descenso a los infiernos, puesto que tanto el Gobierno israelí como el norteamericano, tras los triunfos electorales de Sharon y George W. Bush, modificaron radicalmente sus estrategias e interrumpieron el diálogo con el presidente palestino.
Los atentados del 11-S no hicieron más que empeorar la situación de Arafat, que llegó a ser equiparado al propio Bin Laden, dentro de una premeditada campaña de demonización destinada a justificar la interrupción del proceso de Oslo y el desmantelamiento de la Autoridad Palestina. Después del 11-S, Abú Alá, el actual primer ministro, recomendó sin éxito al ‘rais’ una actitud firme contra los islamistas, siguiendo el modelo de Musharraf en Pakistán.
El asedio de la Mukata puso de manifiesto el rotundo fracaso de un proceso de paz al que Arafat había apostado, de manera ingenua, todas sus cartas. Paradójicamente, el ‘rais’ fue capaz de rentabilizar su encierro reconciliándose con su pueblo, que le había acusado de distanciarse de la realidad palestina y le había demandado insistentemente la interrupción de un proceso de paz insatisfactorio, que, en lugar de sentar las bases de un Estado viable e independiente, enraizó la colonización israelí de la tierra palestina. Probablemente fue éste su principal error.
Una compleja sucesión
La muerte de Arafat ha abierto la caja de Pandora dentro de la escena política palestina. Los candidatos a la sucesión, que ya se habían ido posicionando en los últimos meses, se disputan la silla vacía del ‘rais’. El tipo de sucesión que se lleve a cabo nos dirá mucho sobre la situación en la que se encuentra la escena política palestina. Una sucesión transparente y consensuada mostrará la madurez de los palestinos y su disposición para asumir algún día las riendas de un Estado independiente y soberano. Una sucesión compleja en la que se imponga un candidato débil con el que no se identifiquen la mayor parte de los palestinos podría provocar enfrentamientos entre las distintas facciones, algo que evidenciaría que el proyecto estatal no está todavía maduro.
Por esta razón es tan necesario que el proceso de sucesión respete la legislación existente y suscite los mayores consensos, no ya sólo entre los partidos políticos sino también entre las tres dimensiones en las que se divide el pueblo palestino: los que viven bajo la ocupación, los que se encuentran en la diáspora y los que se hallan en Israel. El futuro presidente deberá representar a estas tres dimensiones, si es que quiere tener la legitimidad necesaria para negociar un acuerdo definitivo que ponga fin al conflicto israelo-palestino. Por todo ello es sumamente importante que el sucesor no sea considerado exclusivamente defensor de los intereses de los palestinos que viven en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, sino que también lo sea de los que viven en los campamentos de refugiados libaneses, jordanos y sirios; un dirigente que defienda con la misma determinación la creación de un Estado independiente sobre los Territorios Ocupados y la consecución de un futuro digno para los refugiados (la mitad de los ocho millones y medio de palestinos).
Una buena fórmula para lograrlo es que el nuevo dirigente no caiga en la tentación de concentrar en sus manos todos los poderes, como en su día hizo Arafat. Si se pretende aprender de los errores del pasado, su sustituto no debería cargar sobre sus espaldas la responsabilidad única de las cruciales decisiones que deberán adoptarse en los próximos años y que determinarán el futuro de la cuestión palestina. Aún más, la desaparición de Arafat debería aprovecharse para refundar la OLP para que vuelva a ser, como lo fue en los años setenta, el aglutinante de todos los grupos del movimiento de liberación nacional, aunque esto suponga la incorporación de los sectores islamistas, con todas las implicaciones que esto tiene.
En la carrera sucesoria, los integrantes de Fatah son los mejor situados. Pero esto no indica que dicho movimiento sea un grupo monolítico, ya que existe una división entre los partidarios de la vieja guardia, identificada con el fallido proceso de Oslo, y la nueva, identificada con las intifadas. Los primeros pertenecen al grupo de dirigentes históricos de la OLP que siguió a Arafat en su peregrinaje de Ammán a Túnez, pasando por la dramática experiencia de Beirut. Al iniciarse el proceso de paz, este grupo asumió las riendas de las negociaciones y concluyó el Acuerdo de Oslo, que permitió la instauración de una autonomía palestina pero a costa de pagar un elevadísimo precio, ya que no se consiguió arrancar a Israel un compromiso para que aceptase la creación de un Estado independiente. Al haber vivido la mayor parte de su vida en el exilio y carecer de respaldos significativos en la escena palestina, estos dirigentes son denominados de manera despectiva los ‘tunecinos’. La nueva guardia goza de mayor respaldo popular en los Territorios Ocupados, ha dado muestras de su capacidad para dirigir los asuntos públicos e incluso ha llegado a postularse ante la comunidad internacional como el único recambio posible del ‘rais’. Probablemente podríamos considerar la vieja guardia como garante de la continuidad del baldío proceso de Oslo, mientras que los segundos impulsarían un profundo viraje ante el actual ‘impasse’.
Aunque en el terreno político árabe nunca es fácil hacer pronósticos, lo más probable es que asistamos a un período de transición en el que la autoridad formal quede en manos de la vieja guardia de Abú Alá y Abú Mazen, pero en el que la nueva guardia –los militares Muhamad Dahlan y Yibril Rayub– aproveche para ganar posiciones frente a sus rivales. Está por evaluar el papel que pueden desempeñar actores de gran carisma y popularidad, como Marwan Barguzi (apartado de la lucha por Israel con su condena a cadena perpetua), que pueden ser el aglutinante que tanto necesita el pueblo palestino.
Hay que imaginar que Israel y Estados Unidos (y la Unión Europea) no se quedarán de brazos cruzados en el proceso sucesorio y tratarán de impulsar al candidato que mejor pueda garantizar sus respectivos intereses, que no son los mismos que los palestinos. Al contrario de lo que muchos piensan, la hipotética reanudación del proceso de paz no depende sólo de la voluntad de los palestinos, sino del Gobierno israelí, que, como parte fuerte de la ecuación, deberá tomar en los próximos meses una decisión de vital importancia para su futuro. O bien retomar el proceso de Oslo y las negociaciones intercambiando los territorios ocupados por la paz con los árabes, o bien insistir en su actitud colonial recluyendo a los palestinos en una porción cada vez menor del territorio para hacer realidad el proyecto sionista de un Estado judío sobre todo el Gran Israel.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es editor de los libros ‘Informe del conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta’ y ‘España y la cuestión palestina’.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2004; © Bakeaz, 2004.
Publicado en El Correo, 12 de noviembre de 2004.