El próximo domingo más de quince millones de iraquíes están convocados a las urnas para elegir la nueva Asamblea Nacional en las que serán las primeras elecciones desde la caída del régimen de Sadam Hussein. La formación de esta asamblea pretende impulsar la normalización del país y afianzar el proceso de democratización, dos pasos imprescindibles para que el presidente George W. Bush dé por cumplida la misión en Irak y pueda concentrarse en los próximos objetivos de la guerra que Estados Unidos libra contra el terrorismo desde el 11 de septiembre de 2001.

Sin embargo, la tarea dista mucho de ser sencilla. Después de vivir quince años bajo una cruenta dictadura, la población iraquí no acaba de acostumbrarse a la rutina de los coches bomba, los secuestros y las decapitaciones. El idílico escenario de libertad y democracia dibujado tras la ocupación ha dejado paso a otro caracterizado por la violencia de la ocupación y la barbarie del terrorismo.

En este contexto, las elecciones del 30 de enero pueden aportar un rayo de esperanza, ya que elegirán a la Asamblea encargada de redactar la nueva Constitución y formar el nuevo gobierno. La comunidad árabe chiíta, tradicionalmente alejada del poder, pretende aprovechar la histórica oportunidad que se les presenta para influir, en la medida de lo posible, en las vitales decisiones que deberán adoptarse en los próximos meses. Debe recordarse que, tras la ocupación del país, el procónsul norteamericano Paul Bremer estableció que la nueva repartición del poder se basase en el peso que tenía cada una de las comunidades étnicas y religiosas, lo que convertía automáticamente a los chiítas (un 60% de la población) en la principal fuerza política del país.

Tal decisión, en su día cuestionada al igual que la disolución del Ejército, podría dar ahora las llaves de Bagdad a los chiítas. De hecho, es la Alianza Unida Iraquí, que dirige Mohamed al-Hakim y que cuenta con el respaldo del gran ayatollah Ali al-Sistani, la que figura como ganadora en todos los sondeos realizados hasta el momento. Incluso entre los kurdos (el 20% de la población) se ha alcanzado un compromiso histórico entre los dos históricos enemigos –el Partido Democrático del Kurdistán y la Unión Patriótica del Kurdistán– para concurrir de manera conjunta a las elecciones legislativas para gozar de un mayor peso en la futura Asamblea y, de esta manera, consolidar el régimen autonómico del que disfruta el Kurdistán iraquí desde 1991.

Si chiítas y kurdos parecen ser los principales interesados en que los comicios del domingo se desarrollen con plena normalidad, los árabes sunníes (el 20% restante) parecen ser los principales interesados en su fracaso. No podía ser de otra manera, puesto que en ningún caso podrán disfrutar en el nuevo Irak de los privilegios que tuvieron en el viejo Irak. Por esta razón no es de extrañar que el Partido Islámico de Irak, principal formación sunní, haya anunciado su retirada de la contienda, y que numerosos líderes locales hayan hecho campaña a favor del boicot.

Debe recordarse que la insurgencia más feroz se concentra precisamente en el denominado triángulo sunní, situado entre las ciudades de Tikrit, Ramadi y Faluya. Aunque no todos los sunníes simpaticen con la estrategia de ‘tierra quemada’ adoptada por el jordano Al-Zarqawi, el hombre de Al-Qaida en Irak, y por antiguos dirigentes ba’zistas, muchos consideran que las escaramuzas y los atentados podrían obligar a una nueva repartición del poder menos perjudicial para sus intereses, y, de esta manera, podrían tener un mayor peso en el nuevo escenario político.

De lo que no cabe ninguna duda es de que las condiciones en que se celebrarán estas elecciones distan mucho de ser las idóneas, y de que sus resultados, lejos de consagrar la normalización o impulsar la democratización, evidenciarán las profundas fisuras abiertas dentro de una sociedad devastada por la violencia. Del previsto ‘efecto tablero’ que interpretaba que la instauración de una democracia fuerte en el país acabaría por contagiar a los países vecinos, se ha pasado al efecto imán, por el cual Irak se ha convertido en un nuevo Afganistán que ejerce una poderosa atracción para el islamismo radical, deseoso de medir sus fuerzas con el ‘Satán’ americano.

Según recientes informes, miles de militantes árabes se han infiltrado desde el final de la guerra en mayo de 2003 para enrolarse en la insurgencia iraquí. Además de las consecuencias que esta presencia pudiera tener sobre Irak a corto y medio plazo, no deben infravalorarse los efectos a largo plazo que tendrá en el mundo árabe cuando estos ‘muyahidin’ retornen a sus países de origen en los próximos años. Una vez más, se podría repetir la situación de finales de los ochenta, cuando, tras la expulsión soviética de Afganistán, muchos de ellos intentaron reproducir a pequeña escala su propia ‘yihad’ en países como Argelia, Egipto o Yemen, lo que sin duda podría desestabilizar el siempre frágil e inestable mundo árabe.

Un dato que avalaría la gravedad de la situación sobre el terreno es que, ante las crecientes dificultades, la Administración de Bush empieza a considerar la posibilidad de una salida gradual de sus tropas este mismo año y comienza a plantear escenarios alternativos en su guerra global contra el terrorismo. En unas recientes declaraciones realizadas el pasado 14 de enero, el presidente Bush señaló que las tropas “se irán tan pronto como sea posible, pero no antes de haber completado su misión, y parte de esa misión es entrenar a los iraquíes para que puedan luchar contra los terroristas”. Esta nueva posición contrasta con la defendida antaño basada en que se mantendría la presencia militar “el tiempo que fuera necesario” y podría estar motivada por el caos de la posguerra. La nueva prioridad de Washington parece ser Irán, hasta el punto de que diversos analistas apuntan la posibilidad de que se emprendan ataques no convencionales contra las instalaciones nucleares iraníes en el caso de que las conversaciones entre Bruselas y Teherán no den los resultados deseados.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es coautor del libro ‘¿Por qué ha fracasado la paz? Claves para entender el conflicto palestino-israelí’ (2005).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2005; © Bakeaz, 2005.
Publicado en El Correo, 28 de enero de 2005.

  • 2007 Escuela de paz es un proyecto de
  • / Diseño de Álvaro Pérez
  • / Desarrollado por eFaber