El 30 de enero, día de la noviolencia, es una fecha que debemos aprovechar para estimular la educación para la paz. Una educación que, tratando de ser global e integral en sus aspiraciones, no puede desentenderse de la violencia directa que puede estar presente en su propio entorno. En nuestro caso y nuestra historia reciente, una de esas violencias es ciertamente la terrorista, dominantemente ejercida por ETA. ¿Cómo afrontarla en la educación? Podrían analizarse varias líneas posibles y necesarias. Aquí trataré de plantear una que considero central y que está siendo de hecho muy arrinconada: estimulando la presencia en ella de las propias víctimas de esa violencia.
La idea con la que conviene partir es que asumir la perspectiva de las víctimas es condición necesaria para un acercamiento ético correcto, a través de la educación, a la violencia que han sufrido. La realidad de violencia se ve entonces de modo distinto, de modo auténtico. Ahora bien, no podemos pretender situarnos en tal perspectiva suplantando a las víctimas. Es sólo su presencia activa la que nos la puede dar de verdad. Será también necesario ponernos empáticamente en su lugar, pero a modo de complemento, tras haberles hecho un espacio.
Hay además un argumento complementario que empuja a favor de esta presencia: el del derecho al reconocimiento social que tienen las víctimas. Este reconocimiento puede y debe hacerse de múltiples maneras, pero una de ellas, ciertamente importante, es la de verlo plasmado también en los procesos educativos. ¿Y qué mejor modo que el de hacerlas presentes?
Las víctimas, con su presencia, aportan decididamente el testimonio vivo –en carne propia– de lo que tiene de destructor la violencia, de la gravísima injusticia que supone, de la responsabilidad que recae sobre sus ejecutores y quienes los apoyan. La incomodidad que podemos experimentar al escucharlas es muestra de nuestras barreras protectoras frente a su impacto –personales, educativas, sociales, políticas–, y sólo rompiéndolas podremos situarnos honestamente en relación con ellas y con todo lo que se juega en la victimación que han sufrido.
La educación abierta a la presencia de las víctimas tiene por eso una dinámica muy especial. No es de arranque una educación activa construida por el sujeto. Es inicialmente una educación pasivo-receptiva en el mejor sentido de la palabra. De lo que se trata antes que nada es de que educadores y educandos nos desnudemos de nuestras protecciones y nuestros prejuicios, y quedemos a flor de piel ante ese impacto del testimonio de la víctima. El sujeto primero pasa a ser así la propia víctima. Educandos y educadores seremos sólo sujetos como sujetos que responden a su interpelación en lo que tiene de llamada a la solidaridad y de compromiso por enfrentarse no violentamente a la violencia.
Los modos de presencia de las víctimas en la educación pueden ser varios. Está antes que nada la presencia personal de las propias víctimas, con el impacto de lo auténticamente directo que a ciertos niveles es insustituible. Y está también la presencia objetivada en grabaciones, textos escritos, documentos audiovisuales. Está incluso la presencia a través de la ficción, en relatos escritos y películas que, aunque no transcriban algún hecho que ha sucedido, expresan con imponente fuerza ‘lo que de verdad sucede’ cuando alguien sufre una violencia terrorista. Una buena estrategia educativa sabe utilizar todas las fuentes, pero siempre teniendo presente la relevancia decisiva de la presencia personal y de los acontecimientos reales; esto es, utilizando los documentos de presencia virtual y la ficción como complemento de la presencia real.
Ciertamente no es fácil esta presencia física de las víctimas en los procesos educativos, por parte de ellas mismas. Precisan en efecto: valentía y coraje para afrontar situaciones que pueden ser difíciles en ciertas circunstancias; consistencia personal para rememorar sin costes psíquicos lo que les pasó; capacidad para ofrecer un discurso que, no ignorando el hecho de que con frecuencia ha sido la adscripción partidaria la motivación absurda que impulsó a los violentos a su violencia, se mantiene, como lo más propio de los procesos educativos, en las dimensiones prepartidarias de los derechos humanos; y dotes pedagógicas suficientes. Esto es, no toda víctima estará en disposición de hacerse presente en la educación. Pero hay muchas que sí lo están.
Por parte de los responsables educativos tampoco es una tarea fácil. También a ellos se les pide coraje en circunstancias adversas y capacidad de situarse en lo prepartidario. Pero se les pide sobre todo capacidad para crear el contexto y los procesos en los que el testimonio de las víctimas pueda ser empáticamente acogido, para que los educandos puedan situarse en la actitud receptiva que antes describía. Porque sabemos de sobra que la mera contemplación del dolor ajeno no mueve a la solidaridad y la compasión en su sentido más noble. A veces, desgraciadamente, provoca hasta alegría obscena. Educar en los sentimientos, en la capacidad para ver en la víctima, más allá de su condición concreta, a una persona a la que se le ha pisoteado su dignidad, resulta algo decisivo.
Las estrategias educativas más adecuadas para arropar la presencia de las víctimas están sugeridas en las consideraciones precedentes. Son sobre todo dos. Las que podemos llamar pedagogía narrativa y pedagogía de los gestos solidarios y de los homenajes. Las víctimas reconstruyen su experiencia en una narración, la hacen presente por mediación de ella. El relato, en sus múltiples variables, tiene la gran ventaja de que, bien construido, mueve a la vez, en quien lo escucha receptiva y personalizadamente, la imaginación, la razón y los sentimientos, impulsando así también la motivación. Es decir, implica a la personalidad entera. No supone enfrentarse a un nuevo conocimiento frío, supone enfrentarse a un acontecimiento vivo, que puede y debe enmarcarse en todo un proceso educativo complejo de acercamiento a él.
Por su lado, la pedagogía de los gestos solidarios y los homenajes es más puntual. Aquí se trata de postular gestos y homenajes en los que las víctimas estén presentes. Y realizarlos como actos educativos, esto es, como actividad explícita de aprendizaje en el sentido más noble de la palabra, que tenga carga simbólica de solidaridad con la víctima presente y desde ella con todas las víctimas, así como impacto de rechazo a la violencia. Su inevitable fugacidad puede quedar muy bien compensada si se les ensambla con las iniciativas de pedagogía narrativa.
En definitiva, impulsar la presencia sistemática y planificada de las víctimas del terrorismo en los procesos de educación para la paz es una tarea pedagógicamente delicada, pero imprescindible. Las dificultades reales no deben inhibir las iniciativas al respecto, como desgraciadamente está sucediendo, sino estimularnos a todos los responsables de los procesos educativos, cada uno en su nivel y a la vez coordinadamente, para hacer de ellas un reto y una oportunidad.
Xabier Etxeberria es catedrático de Ética en la Universidad de Deusto y miembro de Bakeaz (xetxeberria@bakeaz.org).
© Xabier Etxeberria, 2005; © Bakeaz, 2005.
Publicado en El Correo, 30 de enero de 2005.