Una de las preguntas que no debería faltar en el primer aniversario de los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 es si podría repetirse un hecho de tal magnitud. La denominada Operación Trenes de la Muerte encendió todas las alarmas en los países europeos, que, si bien eran conscientes de que la posibilidad de sufrir un ataque terrorista por parte de grupos radicales yihadistas se había incrementado tras la intervención en Irak, no imaginaban que el zarpazo iba a ser de tal envergadura e iba a poner fin a la vida de 191 personas de un solo golpe.

Los atentados de Madrid demostraron que Estados Unidos no era el único objetivo del terrorismo islamista yihadista. La fecha escogida, el 11 de marzo, no podría ser más simbólica, pues tenía lugar exactamente dos años y medio después de los terribles atentados del 11 de septiembre. Como en el ataque contra las Torres Gemelas, la mano de Al-Qaida era perfectamente visible, aunque en esta ocasión la responsabilidad directa de la masacre recayese en el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, una de las organizaciones yihadistas árabes que pretendía “golpear al enemigo lejano” y, sobre todo, castigar a España, y de paso al resto de los países de la denominada Nueva Europa, por su respaldo a la intervención en Irak. El primer comunicado que reivindicó los atentados no ofrece dudas al respecto: “Hemos logrado infiltrarnos en el corazón de la Europa de las Cruzadas y golpear una de las bases de la alianza de las Cruzadas”. El texto, teñido de referencias religiosas, amenazaba con futuros ataques, ya que las bombas eran tan sólo “parte del ajuste de cuentas con la España cruzada, aliada de Estados Unidos en su guerra contra el Islam”.

Uno podría preguntarse por qué España fue el objetivo elegido, y no cualquier otro país europeo de los que apoyaron las tesis estadounidenses sobre la imperiosa necesidad de derrocar a Sadam Hussein. El hecho de que los terroristas eligiesen España frente a otros países se explica, desde el minoritario discurso yihadista, aludiendo a que en el pasado Al-Andalus formó parte de los territorios del Islam y que, por lo tanto, no sólo es lícito hacer la ‘yihad’ en España, sino que es además una obligación de todo musulmán contribuir a la recuperación de unas tierras que fueron ‘usurpadas’ por los cristianos. El propio ex presidente español José María Aznar expresó su convencimiento, en el curso de una clase magistral en la Universidad de Georgetown, de que “Al-Qaida actuó como respuesta a la pérdida de Al-Andalus, hace más de quinientos años, cuando se completó la Reconquista”. De esta manera, daba pábulo a la interpretación de que el 11-S y el 11-M eran dos episodios más del choque de civilizaciones que había anunciado años antes el académico Samuel Huntington.

Probablemente lo más inquietante de la situación resida en que el islamismo yihadista se ha atomizado notablemente para poder sobrevivir en unas condiciones sumamente adversas y que se ha implantado en el corazón de algunas comunidades musulmanas en Europa. Como recuerda el orientalista francés Gilles Kepel en su último libro, ‘Fitna. Guerra en el corazón del islam’, “Al-Qaida ha sido, por así decirlo, franquiciada: Bin Laden se ha convertido en el logo de las pequeñas boutiques del terrorismo islamista que trabajan con licencia, pero son administradas por microempresarios independientes”. Esta situación ha convertido el islamismo radical en una nebulosa y a los yihadistas en un grupo sumamente escurridizo que actúa de manera clandestina; ya no es suficiente seguir el rastro de los muyahidines que combatieron en Afganistán y se formaron en los campos de entrenamiento de Al-Qaida, para alcanzar una célula terrorista, sino que son necesarias concienzudas investigaciones policiales que implican a varios servicios de inteligencia y que, en ocasiones, se prolongan durante varios años.

Ante una amenaza de tal magnitud, la Unión Europea ha reaccionado con rapidez. Tras el 11-M, Bruselas reafirmó sus compromisos previos con la lucha antiterrorista, pero en todo momento dejó claro que, aun compartiendo objetivos con Washington, debían tenerse en cuenta las causas del islamismo radical para poder extirpar sus raíces. La Estrategia de Seguridad Europea aprobada en diciembre de 2004 incidía en la necesidad de establecer una política europea de seguridad plenamente diferenciada de la norteamericana. Javier Solana, el responsable europeo de Política Exterior y de Seguridad Común, se esforzó en marcar las diferencias con la posición americana al afirmar que existía “un amplio consenso europeo sobre la forma en que debemos responder a estas amenazas: garantizando un multilateralismo efectivo, construyendo relaciones de vecindad estables y actuando rápidamente para resolver las causas del conflicto”, ya que “ningún país puede enfrentarse por sí solo a los complejos problemas de hoy día […]. Ninguna de las nuevas amenazas es puramente militar, y ninguna se puede abordar por medios puramente militares”.

Este nuevo enfoque europeo parte del reconocimiento de que debe diferenciarse entre los objetivos a corto y largo plazo. Los primeros harían hincapié en la necesidad de impedir nuevos atentados terroristas sobre suelo europeo, desarticulando las denominadas células durmientes todavía existentes o en gestación. Los segundos pasan obligatoriamente por hacer un esfuerzo en la lucha contra el subdesarrollo, la pobreza, el autoritarismo, el oscurantismo, la desigualdad y el analfabetismo, caldo de cultivo donde fermentan los extremismos de todo tipo. Sólo con este doble esfuerzo podrá evitarse un nuevo 11-M.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es coautor del libro ‘¿Por qué ha fracasado la paz? Claves para entender el conflicto palestino-israelí’ (2005).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2005; © Bakeaz, 2005.
Publicado en El Correo, 12 de marzo de 2005.

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