La sorprendente victoria de Mahmud Ahmadineyad en las recientes elecciones presidenciales iraníes ha provocado una conmoción generalizada en la escena internacional. Muy pocos esperaban que el desconocido alcalde de Teherán se impusiese por más de siete millones de votos a Ali Akbar Hashemi Rafsanyani, ex presidente de la república islámica entre 1989 y 1997, cuya derrota debe interpretarse como una bofetada a un ‘establishment’ político cada vez más alejado de las preocupaciones de la población.

Si en anteriores convocatorias el electorado acudió masivamente a las urnas con el propósito de mostrar su rechazo ante la deriva del Estado teocrático impuesto en su día por los ‘ayatollahs’, en esta ocasión el electorado ha querido castigar al denominado campo reformista, que ha sido incapaz de impulsar una apertura del régimen. Debe subrayarse el hecho de que el conservador Ahmadineyad haya logrado una mayoría abrumadora (más del 60% de los votos), porcentaje similar al obtenido en las elecciones de 1997 y 2001 por el reformista Mohamed Jatami, quien abogaba, sin demasiado éxito, por “un diálogo de culturas, religiones y civilizaciones, antes que un conflicto o un antagonismo”.

La tarea del futuro presidente iraní no es ni mucho menos sencilla, pues debe afrontar importantes retos, tanto en el ámbito externo como en el interno. Dadas las credenciales de Ahmadineyad, que participó en la toma de la Embajada norteamericana en Teherán, no cabe imaginar una mejora en las relaciones con Estados Unidos. El nuevo presidente ha dejado claro que Irán no interrumpirá su programa nuclear, ya que, nada más conocerse su triunfo, afirmó que “la energía nuclear es el resultado del desarrollo científico del pueblo iraní y nadie puede bloquear ese desarrollo”. El intento de hacerse con tecnología nuclear podría agudizar las tensiones entre los dos países, sobre todo si tenemos en cuenta que, desde los atentados del 11 de septiembre, la Administración de Bush considera a Irán como “un Estado canalla” al que incluye dentro del Eje del Mal. La presencia de tropas norteamericanas en Irak y Afganistán, países fronterizos, podría permitir el lanzamiento de una operación militar de limitado alcance, como la desarrollada por Israel contra Irak en 1981, para evitar que Teherán consiga desarrollar tecnología nuclear para uso militar. No obstante, debe tenerse en cuenta que esta opción es poco probable, al menos a corto plazo, dadas las dificultades a las que deben hacer frente a diario las tropas estadounidenses en los territorios iraquí y afgano.

El futuro presidente iraní deberá concentrarse en el frente interno, donde los problemas no dejan de multiplicarse. A pesar de los resultados electorales, es cada vez más patente el divorcio entre las elites religiosas dirigentes y una población mayoritariamente joven y descontenta con un régimen anclado en el pasado. La población se ha duplicado desde la Revolución islámica: una tercera parte de los 70 millones de iraníes tiene menos de 15 años, y dos tercios son menores de 25. Cada año cerca de 700.000 jóvenes intentan incorporarse al mercado laboral, pero ni tan siquiera la mitad lo consigue. La juventud iraní se ha educado en un mundo de prohibiciones y en una sociedad rigorista: el régimen islámico ha perdido popularidad entre los jóvenes, que demandan una apertura hacia el exterior y muestran su recelo ante las asfixiantes prácticas de la teocracia iraní. El discurso con el que Ahmadineyad celebró su victoria, y en el que afirmó “nuestro objetivo es crear una sociedad islámica ejemplar”, habrá servido de poco consuelo para estos sectores.

El presidente saliente, el reformista Mohammed Jatami, fracasó en su intento de auspiciar ‘una revolución blanca’ que sacase a Irán del régimen de excepcionalidad en el que había vivido desde 1979. Una gran parte de la culpa del fracaso de Jatami podría atribuirse a las resistencias del sector conservador, encabezado por el todopoderoso Ali Jamenei, del que Ahmadineyad es un ferviente aliado. Probablemente las reformas que demanda al menos la mitad de la población, y también buena parte de la comunidad internacional, tengan que esperar otros cuatro años. En todo caso, es cada vez más evidente que el propio régimen de los ‘ayatollahs’ parece haberse blindado con la victoria de Ahmadineyad y que cada vez ofrece menores oportunidades para impulsar una revolución desde su interior. La única posibilidad de cambio real pasa necesariamente por cuestionar la actual repartición de poderes, que convierte al Guía Supremo de la Revolución en el detentador de buena parte del poder legislativo, ejecutivo y judicial. Mientras el sistema político se base en el concepto de ‘velayat-e faqih’ (gobierno del jurisconsulto), según el cual correspondería al clero ejercer en solitario la autoridad, será difícil pensar en una ruptura con el actual modelo teocrático o vislumbrar “una primavera iraní”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad 
de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2005; © Bakeaz, 2005.
Publicado en El Correo, 2 de julio de 2005.

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