Para un pueblo como el iraquí, poco habituado a ejercer su derecho al voto, lo ocurrido este año debe asemejarse a un espejismo. Tras las elecciones a la Asamblea provisional en enero, tuvo lugar el referéndum constitucional en octubre, y, ahora en diciembre, le toca el turno a las elecciones legislativas. Este apretado calendario electoral –que contrasta con la época de Sadam Hussein, cuando las escasas elecciones se solían saldar con un 99,99% de los votos a favor del dictador– pretende mostrar que Irak avanza en la dirección correcta y que la normalización del país prosigue a pesar de todos los pesares.

Los iraquíes se juegan mucho en estas elecciones con las que pretenden cerrar la sangrienta posguerra y recuperar cuanto antes la normalidad. Sin embargo, una serie de obstáculos se interponen todavía en ese camino, entre ellos la presencia de más de 158.000 militares norteamericanos, el ímpetu de la insurgencia que no acepta la repartición de poder posbélica, la desestabilización del país por los ‘yihadistas’ de al-Zarqawi y, no menos importante, las dificultades para garantizar la propia unidad del país.

De todo ello se habló en la Cumbre de la Reconciliación, celebrada en noviembre en El Cairo, en la que se registró un tímido acercamiento entre chiíes, kurdos y suníes, pero también se evidenció que todavía existen diferencias de calado sobre los pasos a dar en el futuro cercano. Sin duda, el éxito más notable de la reunión fue la incorporación de los suníes al juego político, aunque este avance no conseguirá frenar por sí solo el proceso de desintegración que vive en la actualidad Irak. Es evidente que la estrategia del ‘divide y vencerás’ ha calado hondo, como demuestra el hecho de que cada comunidad, étnica o religiosa, luche por preservar su propia posición sin velar por el interés general.

El resultado de las elecciones no parece difícil de pronosticar, ya que los chiíes harán valer su peso demográfico votando en bloque a la Alianza Unida Iraquí, la agrupación de partidos chiíes que, si se confirman los pronósticos, obtendrá una holgada victoria. También puede preverse que la coalición de partidos kurdos retrocederá algunas posiciones, especialmente si se da una alta participación en las provincias suníes, que, en otros comicios, boicotearon las elecciones. Otros partidos, como la laica Lista Nacional Iraquí del ex primer ministro Iyad Alaui (que en las elecciones de enero obtuvo un 14% de los votos), tienen pocas posibilidades de formar gobierno, a pesar de contar con el apoyo expreso de Washington y Londres.

Una de las primeras medidas del próximo gobierno iraquí, del cual los chiíes tendrán la llave, podría ser el establecimiento de un calendario para la salida de las tropas extranjeras del país, como se demandó en la Cumbre de El Cairo. Todo ello nos hace pensar que también la Administración de Bush se juega mucho en estas elecciones. Precisamente en estos últimos meses se ha intensificado el debate sobre la necesidad de fijar una fecha para la retirada del país, ante el goteo incesante de bajas (en 2005 se igualarán los registros del año pasado: ya son 842 los caídos, frente a los 848 de 2004). El primero en reclamarlo fue el demócrata John Murtha, un ex veterano de la guerra de Vietnam, pero es evidente que, al hacerlo, sólo ejercía como correa de transmisión de una opinión pública cada vez más hastiada ante las dificultades halladas en el laberinto iraquí.

Dos años y medio después de la invasión del país, ya no se discute si debe haber una retirada, sino cuál es el momento más adecuado para iniciarla. George W. Bush se ha visto obligado a intervenir en el debate para advertir de que “el establecimiento de un plazo artificial para la retirada de tropas justificaría las tácticas terroristas de decapitaciones y los atentados suicidas, e invitaría a nuevos ataques en América”, pero también ha puesto el dedo en la llaga al afirmar que Irak es “el frente central de la guerra contra el terrorismo”.

Todo ello viene a confirmar el peor escenario imaginable: la posibilidad de que Irak se convierta en un nuevo Afganistán. Esta opción es ya la principal hipótesis de trabajo del propio Consejo de Seguridad Nacional. El 1 de diciembre presentó un demoledor informe con el título ‘Estrategia nacional para la victoria en Irak’, en el que, pese al esperanzador título, la Administración de Bush consideraba por primera vez la posibilidad de una derrota y alertaba sobre sus posibles consecuencias. De perder la posguerra, señala el informe, Irak se convertiría en “un refugio seguro como fue en su día Afganistán, sólo que en esta ocasión en uno de los territorios más estratégicos del mundo, con sus vastos recursos naturales para ser empleados en futuros ataques: un Estado fallido y una fuente de inestabilidad para el Oriente Medio en su conjunto”.

Según algunos prestigiosos analistas, este escenario de pesadilla cada día está más cerca de convertirse en realidad. Como apuntaba hace unos días en ‘Los Angeles Times’ el profesor Steven L. Spiegel, uno de los principales especialistas en política exterior americana, “al invadir Irak, Estados Unidos transformó a un Estado agresor en un Estado víctima del terrorismo, creando un país que se ha convertido en la capital mundial de las suicidas. Sin género de dudas, Irak es ya lo que fue Afganistán antes del 11-S: el mayor campo de entrenamiento de terroristas del mundo”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos 
de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2005; © Bakeaz, 2005. Publicado en El Correo, 16 de diciembre de 2005.

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