Unos días antes de la celebración de las elecciones palestinas, un conocido periódico israelí escribía en su editorial: “Un triunfo de Hamás no indicaría necesariamente una radicalización islamista de la sociedad palestina o que los palestinos prefieren el terror a la negociación. Los palestinos pueden votar a Hamás como una reacción a la incapacidad de la Autoridad Palestina para satisfacer sus intereses; en realidad, Israel ha jugado un papel decisivo en el deterioro de su situación”.

No cabe duda de que el principal beneficiado por la mayoría absoluta obtenida por los islamistas palestinos es precisamente Israel, que, en el curso de los últimos años, ha hecho ímprobos esfuerzos por alejar a Fatah de la mesa de negociaciones para, así, poder dictar de manera unilateral los términos de la ‘pax israelí’. Una paz basada en la imposición de un Estado de bantustanes detrás del inmenso muro que Israel construye sobre los territorios palestinos y que, según ha declarado Ehud Olmert, constituirá la máxima prioridad del ejecutivo israelí que se forme tras las elecciones israelíes del 28 de marzo.

En estos últimos cinco años, Israel y Hamás han unido sus fuerzas para debilitar a la Autoridad Palestina y restarle credibilidad a nivel interno. Cada vez que Hamás perpetraba un atentado durante la Intifada, era inmediatamente respondido con el bombardeo de los cuarteles y edificios de la Autoridad Palestina. De hecho, las negociaciones fueron interrumpidas ‘sine die’ y Arafat fue encerrado en su cuartel general, hecho que dejó el camino libre a Hamás para proseguir su imparable avance. Desde la desaparición del histórico líder palestino, Israel no ha hecho el menor esfuerzo para afianzar la posición de Abu Mazen, a pesar de sus denodados intentos de extender la tregua de las facciones armadas palestinas.

La última Intifada ha sido determinante en el triunfo electoral de Hamás. El colapso de la Autoridad Palestina socavó el poder de Fatah y permitió que Hamás impusiera su programa de confrontación plena con Israel. Es más, el movimiento islamista atrajo hacia sus posiciones a algunos grupos satélites de Fatah, que incluso llegaron a adoptar sus propios métodos terroristas, como sucedió en el caso de los Mártires del Aqsa. Si un éxito del Proceso de Oslo hubiera lanzado a Fatah al firmamento palestino y enviado a Hamás al fondo de los océanos, el fracaso del proceso de paz colocó a los islamistas en una situación ventajosa frente a sus tradicionales rivales.

Todo ello beneficiaba al Gobierno de Sharon, cuyo principal objetivo era quedarse sin un interlocutor válido en el lado palestino y fortalecer a aquellos que difícilmente se sentarían a negociar un acuerdo de paz. Frente a una Autoridad Palestina reconocida y aceptada por la comunidad internacional, los dirigentes de Hamás, con su obcecada defensa de la ‘yihad’ incluso después del 11-S, representaban un rival mucho menos incómodo.

En realidad, los sangrientos atentados suicidas perpetrados por el brazo armado de Hamás le convertían en el candidato preferido del Gobierno israelí. La organización islamista figuraba en la lista terrorista europea y estadounidense, lo cual garantizaría que ni Bruselas ni Washington presionarían a Tel Aviv para que retomase las negociaciones mientras Hamás no renunciase a la violencia y reconociese el derecho a la existencia del Estado judío. Debemos recordar que Fatah necesitó tres décadas para dar un paso de esa envergadura y que, en la actualidad, Hamás no parece estar en condiciones de derogar su programa político, en el cual se señala expresamente que “no hay otra solución a la cuestión palestina que la ‘yihad’” y se considera a Palestina como “un territorio islámico para todas las generaciones de musulmanes hasta el día de la Resurrección”.

Por eso las elecciones legislativas palestinas dan el tiro de gracia al Proceso de Oslo y no pueden ser entendidas sino como un voto de castigo a Fatah por su desastrosa gestión, pero también como una llamada de atención a la comunidad internacional. El proceso de paz, secundado sin fisuras por Estados Unidos y la Unión Europea, ha complicado la vida de la población palestina hasta lo inimaginable: Cisjordania ha sido convertida en un puzle de bantustanes aislados entre sí, la expropiación de tierras se ha multiplicado como consecuencia de la construcción del muro de separación, y la colonización israelí se ha acelerado, poniendo fin a la continuidad territorial palestina. Es contra esta situación contra la que la población palestina se ha rebelado concediendo su voto a la única fuerza que, según su interpretación, puede revertir esta situación.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006.
Publicado en El Correo, 29 de enero de 2006.

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