La cuenta atrás parece haberse iniciado ya, y todo parece indicar que la historia se repetirá una vez más. Irán se ha convertido en el enemigo público número uno de la Administración de Bush, que valora las ventajas e inconvenientes de un ataque preventivo contra sus instalaciones nucleares, una vez confirmada la reactivación de su programa de enriquecimiento de uranio. De tener lugar, podría provocar la cuarta guerra del golfo Pérsico –una zona donde se concentran buena parte de los recursos energéticos del planeta– en los últimos veinticinco años, tras la irano-iraquí de 1980, la de Kuwait en 1990 y la lanzada por Estados Unidos contra Irak en 2003, un registro difícil de superar.
En las últimas semanas, la prensa internacional ha contribuido a caldear el ambiente. Seymour Hersch, el periodista que destapó el escándalo de las torturas de Abu Ghraib, escribió en ‘The New Yorker’ que “el Gobierno ha aumentado las actividades clandestinas en Irán e intensificado los planes de posibles ataques aéreos”, y recoge el testimonio de una fuente del Pentágono que señala que Bush está convencido de que “salvar a Irán será su legado”. Los ‘think tanks’ neoconservadores lanzan campañas propagandísticas en las que, incluso, muestran imágenes satélite con las plantas de enriquecimiento de uranio. ‘The Weekly Standard’, una de las principales publicaciones de los neocon, afirma: “Podemos necesitar librar una batalla, quizá más pronto que tarde, para impedir que esos hombres malévolos se doten de las peores armas que conocemos”. ‘The Sunday Times’ sugiere que 40.000 suicidas podrían lanzar ataques terroristas contra objetivos americanos e ingleses en todo el mundo. ‘The Washington Post’ concluye: “A no ser que la diplomacia funcione, este Gobierno o su sucesor tendrá que elegir entre lanzar una guerra o aceptar que Irán sea una potencia nuclear”.
Mientras todo esto ocurre, el Consejo de Seguridad revive las tensiones entre partidarios y contrarios al empleo de la fuerza o la imposición de sanciones. El último informe del Organismo Internacional de la Energía Atómica constata que Irán hace caso omiso de las advertencias de la comunidad internacional y sigue enriqueciendo uranio. El ministro de Defensa israelí advierte que “de todas las amenazas que afrontamos, Irán es la mayor. Desde Hitler, no hemos afrontado una amenaza similar”. El precio del barril del crudo se dispara y alcanza máximos históricos, superando la barrera psicológica de los 75 dólares.
Como señala el ‘New York Times’, ¿no hemos visto ya esta película? Cada vez son mayores las similitudes entre Irak e Irán. Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, la Administración de Bush incluyó a Irán en el Eje del Mal, formado por varios países a los que se acusaba de mantener vínculos con el terrorismo internacional y fabricar armas de destrucción masiva, lo que supuestamente los convertía en una potencial amenaza para la estabilidad internacional. El eslabón más débil de dicho eje era el Irak de Sadam Hussein, extenuado tras una década de duras sanciones que habían agotado al máximo su capacidad defensiva. Irán, por el contrario, era y sigue siendo un rival sumamente incómodo. Su compleja orografía, sus 70 millones de habitantes y, sobre todo, su condición de cuarto productor mundial de crudo (con una capacidad de extracción de cuatro millones de barriles por día), parecen desaconsejar una aventura militar, por los efectos desestabilizadores que podría desencadenar tanto en Oriente Medio (especialmente en Irak, Líbano, Siria e Israel, países que cuentan con población chií) como en la escena internacional (con una eventual alza de los precios del barril de crudo hasta los 100 dólares, tal y como advierten diversos economistas).
George W. Bush considera que, a pesar de todo, “todas las opciones están sobre la mesa”. La hostilidad entre Teherán y Washington viene de lejos y data del mismo año en el que el Shah de Persia, el principal aliado americano en la zona, fue desalojado del poder por la revolución islámica que encabezaba el ayatolá Jomeini. Desde el asalto a la embajada americana en la capital iraní, las relaciones entre ambos países han ido de mal en peor. De ello se deduce que el enfrentamiento va mucho más allá de la cuestión nuclear y Washington pretende promover un cambio de régimen en Irán.
Para lograr su cometido, la Casa Blanca cree contar con un as en la manga: el descontento popular con el régimen teocrático. En su último discurso sobre el estado de la Unión, Bush aludió a esta circunstancia al comprometerse a respaldar al pueblo iraní si se alzaba contra el régimen de los ayatolás. De hecho, se tiene constancia de que Estados Unidos ha comenzado ya a financiar a grupos opositores –entre ellos, azeríes, kurdos y baluchíes–. Los estrategas de Washington saben que la dictadura teocrática iraní se encuentra profundamente desgastada y carece de respaldos sociales significativos, aunque no parecen valorar la posibilidad de que una humillación militar genere un resurgimiento del sentimiento nacional y provoque una súbita adhesión hacia el Gobierno de Ahmadineyad. Hace unas semanas, un ex funcionario del Pentágono afirmaba sin rubor: “Una campaña sostenida de bombardeos en Irán humillará a los dirigentes religiosos y empujará al pueblo a rebelarse y derrocar al Gobierno”.
Parece ser que la Administración de Bush no ha extraído lecciones de la experiencia iraquí. Como se pone de manifiesto día tras día, las tropas estadounidenses no han sido recibidas precisamente con flores y son vistas por la mayor parte de la población iraquí como fuerzas de ocupación. Como subraya con perspicacia el historiador americano Nikki R. Keddie en su obra ‘Las raíces del Irán moderno’, recientemente traducida al español, “Las pasadas experiencias del país indican que los iraníes no van a permitir por mucho tiempo ni un gobierno impopular ni el control extranjero de su destino. Una intervención estadounidense se arriesgaría a contaminar procesos internos a los que es necesario dar tiempo para que florezcan. Incluso si Estados Unidos apoyase con éxito un posible derrocamiento del Gobierno, los efectos a largo plazo de la interferencia en los asuntos iraníes podrían causar peores efectos que los que acaecieron en los años setenta”.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006.
Publicado en El Correo, 25 de mayo de 2006.