El asesinato de seis cascos azules españoles en el Líbano ha puesto sobre el tapete dos espinosas cuestiones: la errática deriva del país de los cedros, en caída libre desde la salida de las tropas sirias en la primavera de 2005, y los riesgos crecientes de la misión de la FINUL, una fuerza internacional que intenta, contra viento y marea, mantener la paz y evitar una nueva colisión entre Hezbolá e Israel, la cual está obligada a replantearse sus prioridades tras el atentado terrorista.

En el curso de los últimos años, la escena política libanesa se ha transformado de manera radical, pero también ha demostrado su predisposición a conservar ciertas prácticas provenientes del pasado. En este sentido, el asesinato el 14 de febrero de 2005 del hombre fuerte del Líbano, el multimillonario Rafik al-Hariri, abrió la caja de Pandora y despertó el fantasma de la guerra civil. Desde entonces no han dejado de sucederse, a un ritmo frenético, una serie de acontecimientos extraordinariamente relevantes: la salida de las tropas sirias tres décadas después de su llegada; los asesinatos de destacados dirigentes del bloque antisirio –entre ellos diputados, ministros, intelectuales y periodistas–; la devastación de buena parte de las infraestructuras del país por Israel en su guerra contra Hezbolá; y, por último, el estallido de enfrentamientos en el campamento de refugiados palestinos de Nahr al-Bared, protagonizado por las milicias islamistas de Fatah al-Islam.

En este explosivo contexto es especialmente preocupante la infiltración, a través de las porosas fronteras con Siria, de elementos ‘yihadistas’ que pretenden desestabilizar el país y crear las condiciones para un enfrentamiento interconfesional a gran escala. Este intento ha de inscribirse en la conocida tradición de ciertos actores regionales e internacionales de intervenir activamente en la política libanesa, ya sea para defender a alguna de sus comunidades o para aumentar su peso específico en la escena medioriental. Como recuerda el economista libanés Georges Corm, «israelíes y palestinos, soviéticos y americanos, sirios e iraníes, franceses, italianos y británicos, chocaron entre sí en este pequeño trozo de tierra y reclutaron a la gran parte de la elite política e intelectual de los libaneses para sus guerras entrelazadas».

Por lo tanto, no debe extrañarnos excesivamente que Al Qaeda haya decidido, como otros muchos hicieron previamente, intervenir en el Líbano, territorio donde ha puesto en marcha su ‘yihad’ global contra Occidente y contra los Cruzados –denominación habitualmente empleada en sus incendiarios panfletos–. Esta presencia ‘yihadista’ en el Líbano perseguiría tres objetivos concretos. En primer lugar, establecer una plataforma desde la cual atacar a Israel, la principal asignatura pendiente de los seguidores de Bin Laden; en segundo lugar, interferir en la política libanesa propiciando un deterioro de las relaciones interconfesionales, mediante el ataque a objetivos cristianos –como ya ha hecho en varias ocasiones– y chiíes –con la intención de ‘iraquizar’ el Líbano–; en tercer lugar, esta estrategia se debería inscribir en su intento de multiplicar los focos de tensión en la región para desestabilizar el Oriente Medio en su conjunto y, así, demostrar tanto el fracaso de la política exterior de la Administración de Bush como la debilidad de los regímenes árabes, incapaces de garantizar la propia estabilidad de sus países.

El mortífero ataque contra las tropas españolas debe interpretarse también como una bofetada de Al Qaeda a Hezbolá. Estos dos grupos islamistas radicales mantienen una enemistad mortal debido a que el primero está integrado por musulmanes suníes de la escuela ultraortodoxa wahhabí, mientras que el segundo está formado por musulmanes chiíes de tendencia filoiraní. Mientras que Al Qaeda se ha distinguido por sus brutales atentados contra objetivos civiles occidentales en todas las partes del mundo, Hezbolá ha circunscrito sus acciones al Líbano y se ha granjeado su fama por su efectividad en la lucha contra las tropas israelíes, a las que expulsó del sur libanés en el año 2000 tras más de dos décadas de ocupación. Al actuar en Jiam, un feudo chií, y contra la FINUL, que garantiza la vigencia del alto el fuego, Al Qaeda lanza un claro envite a Hezbolá, que ha sido incapaz de prevenir un atentado claramente perjudicial para sus intereses.

A la luz de todas estas circunstancias, deberíamos preguntarnos en qué medida este ataque afecta a la misión de la FINUL en general y a la contribución española –la tercera en importancia, con 1.100 de los 13.000 efectivos internacionales– en particular. Todo parece indicar que el atentado terrorista del pasado domingo no se trata de un hecho aislado y que, en el futuro inmediato, se repetirán sucesos de esta índole. La resolución 1701 del Consejo de Seguridad reforzó a la FINUL como medio para evitar un nuevo choque entre Israel y Hezbolá, ya que se interpretaba que la presencia de efectivos europeos ejercería un efecto disuasorio sobre los contendientes. Pero no contó con que dicho despliegue tendría un ‘efecto llamada’ para los grupos ‘yihadistas’, situados en la órbita de Al Qaeda. El Líbano, definido por Corm como «un Estado blando e inconsistente, siempre atrapado en las redes de las influencias y las rivalidades de las potencias entre sí», podría transformarse en una pieza más del tablero en el que Al Qaeda desarrolla su estrategia desestabilizadora y las tropas internacionales, que dicho sea de paso están en misión de paz y no de guerra, constituyen un nuevo objetivo para el terrorismo ‘yihadista’.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos 
de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2007; © Bakeaz, 2007.
Publicado en Las Provincias, 28 de junio de 2007.

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