Los símbolos, políticos, religiosos o de otro género, trazan divisorias entre grupos sociales. Percibimos como diferentes a los grupos sociales porque se rodean de arsenales simbólicos distintos. En el caso de las comunidades políticas, las banderas, escudos o himnos nos sirven para distinguir a Euskadi de Cantabria, a Alemania de Francia. Dichos símbolos forjan –y son reflejo de– una identidad colectiva que, indefectiblemente, gira alrededor de la delimitación de fronteras entre «ellos» y «nosotros», de esa dialéctica potencialmente diabólica entre exclusión e inclusión.

Otro de los símbolos por excelencia de toda comunidad política son las festividades, esas fechas señaladas en rojo en todo calendario y que declaran una moratoria en la cotidianeidad para recordar de forma colectiva acontecimientos del pasado y, de paso, estrechar el vínculo grupal en el presente. Hoy, por doquier, la religión es la principal fuente para fijar festividades. Sin embargo, en sociedades secularizadas y aconfesionales, como la vasca y la española, no deja de denotar resabios anacrónicos el hecho de que la mayor parte de las festividades tengan que ver con el cristianismo.

Y en estas llega el Día de Euskadi-Euskadiko Eguna. La declaración del 25 de octubre como jornada feriada pone fin a una anomalía que hacía de Euskadi la única comunidad autónoma sin día para celebrarse a sí misma, porque el Aberri Eguna, salvo un breve paréntesis durante la Transición, en que contó con el concurso del PSOE o el PCE, ha sido desde su estreno en 1932 una jornada de y para nacionalistas. Su reconocimiento como fiesta oficial hubiese supuesto asimilar el imaginario simbólico de Euskadi con el nacionalista, después de que la ikurriña y el Eusko Abendaren Ereserkia, ambos de impronta sabiniana, fueran sancionados como bandera e himno de Euskadi, respectivamente. Pero ¿está bien cogida la fecha del 25-O? En un contexto secular de guerras banderizas, ¿conviene tensionar a la sociedad vasca con una batalla simbólica más?

Todos los países albergan en sus calendarios jornadas en las que se concentran acontecimientos de particular relevancia para su devenir histórico. La primera ocurrencia es accidental, las siguientes se buscan. El 25-O es un claro ejemplo desde que, en 1839, y como consecuencia de la primera guerra carlista, los Fueros fuesen confirmados «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía». Sabino Arana dictó al nacionalismo la lectura oficial de la efeméride cuando escribió: «El año 39 cayó Bizkaya definitivamente bajo el poder de España. Nuestra Patria Bizkaya, de nación independiente que era, con poder y derecho propios, pasó a ser en esa fecha una provincia española, una parte de la nación más degradada y abyecta de Europa». Desde entonces, esa «malhadada Ley española del 25 de octubre» es leída por el nacionalismo como sinónimo de pérdida de la edad dorada.

Para el nacionalismo vasco, pues, la fecha, adquirió un tono luctuoso. La ratificación en referéndum del Estatuto de Gernika el 25 de octubre de 1979 añadió nuevos matices. Para el PNV el Estatuto suponía una victoria parcial en el tránsito al «gran día», el de la recuperación de la independencia originaria. Para el no nacionalismo, en cambio, el Estatuto era una estación de llegada (sujeta a reajustes) que merecía ser fijado en el calendario festivo como el hito que era, pues resolvía de forma satisfactoria el marco de relación con España. La fecha renacía, pues, lastrada por lecturas irreconciliables.

Los símbolos, para que cumplan su función integradora, han de ser interpretados de forma unívoca por el mayor número posible de afectados. Es obvio que el 25-O no se ajusta a este cometido. Los reiterados intentos por sancionar oficialmente la fecha, impulsados ya desde 1986 por los socialistas, nunca fructificaron por la negativa nacionalista, hasta que, en abril de 2010, la fecha fue confirmada como Día de Euskadi en el Parlamento Vasco, con los votos favorables de PSE-EE, PP y UPyD, y la oposición del nacionalismo al completo y EB. Los años anteriores, el PNV había abigarrado la fecha con más simbolismo. De forma elocuente, el lehendakari Ibarretxe escogió el 25-O de 2003 para presentar su proyecto de nuevo estatuto; en 2008 volvió a densificar la fecha con su pretendida consulta en referéndum de su proyecto estatutario. No menos significativo, aunque anecdótico, fue el hecho de que en 2010 el ya exlehendakari hiciese coincidir la defensa de su tesis doctoral con esa jornada.

Patxi López accedió a la Lehendakaritza con el propósito de atenuar la sobrecarga identitaria en la sociedad vasca. Contradiciendo este propósito, entre sus primeras iniciativas figuró iniciar los trámites para proclamar el 25-O como fiesta oficial. Al hacerlo, obvió que, si un símbolo da lugar a interpretaciones contrapuestas y se presta como arma arrojadiza para la batalla identitaria, es señal de que no es el indicado y que conviene buscar en otros caladeros de la historia fechas con un mayor potencial aglutinador.

Sea cual sea la fecha escogida, la festividad del País Vasco tiene que ser capaz de suscitar un consenso lo más amplio posible. Nunca llegará a ser absoluto, porque su visión religiosa de la política incapacita al nacionalismo radical para alcanzar compromisos en aspectos que afecten al núcleo duro de su universo simbólico. Acorde con el pulso de la sociedad, habrá de ser una jornada de origen no religioso, que guarde relación con algún hito histórico positivo y que goce de una lectura lo más unívoca posible. Las opciones se reducen, entonces, a tres: optar por una fecha con el perfil señalado, renunciar a celebrar fecha festiva alguna (tres décadas sin ella nos han enseñado que es algo prescindible) o someter el 25-O a los vaivenes que marquen las mayorías parlamentarias de cada momento.

Jesús Casquete es profesor de Historia de la Teoría Política de la UPV/EHU y miembro de Bakeaz.

© Jesús Casquete, 2011; © Bakeaz, 2011.

Publicado en El Correo, 25 de octubre de 2011.

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