...que no hay rato hoy más entretenido ni más aprovechado que el de un bel parlar …entre tres o cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí es bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, vida de la amistad y empleo mayor del hombre. B. Gracián (1).

Al modo de los organismos complicados, las tertulias son atacadas de microbios más o menos virulentos. [...] necesitaríamos escribir un largo artículo para definir y clasificar otros parásitos no menos patógenos, a saber: el maldiciente, el matón, el latoso, el engreído, el pedigüeño, el chismoso, el protector, el político, etc. Todos ellos y otros más, a poco que se les tolere, tienen como ley marcial [...] la ‘virtud de disolver los grupos’. S. Ramón y Cajal (2).

Los seres humanos habitamos un mundo dual, el material –físicoorgánico–, por un lado, y el psicosocial –simbólico-institucional–, por otro. El lenguaje es un ingrediente fundamental del segundo y, como muchas otras categorías sociales, presenta un doble filo; así lo muestran las citas liminares. Con él podemos configurar un acuerdo o un concierto, pero también una alg rabía o una bronca; podemos utilizarlo para la solidaridad coral o para la exclusión tribal, fanática o sectaria. En la medida en que el dominio sociosimbólico constituye un segundo ecosistema para los individuos, las consecuencias para su bienestar reproducen las del ecosistema primario. Hay psicosistemas insalubres y otros saludables y análogamente podemos identificar personas tóxicas y balsámicas. Uno estaría tentado a señalar que, con la excepción de situaciones de crisis aguda, los indicadores de bienestar son más sensibles al sufrimiento simbólico (el desprecio, la humillación, el insulto) que al dolor físico; de la misma manera que el clima de relaciones interpersonales pesa más en el sentimiento de satisfacción en el trabajo que la naturaleza de la tarea.

Si el lenguaje es el medio universal del ecosistema específicamente humano, no hace falta vista de lince para concluir que la forma en que hablamos tiene consecuencias directas sobre la calidad de nuestras vidas. El título quiere reflejar una analogía entre el alimento y su contrapartida inmaterial. El adjetivo «sano» aplicado al habla tiene el mismo valor doble que su denotación literal: designa tanto las características del propio acto como las consecuencias que de él derivan –digamos, salutíferas o tóxicas–. Y una última distinción: podemos entender la cualificación del habla tanto desde el punto de vista interno del hablante –como una actitud que identifica un rasgo de personalidad, la competencia comunicativa– como desde el punto de vista sistémico –como un indicador de calidad de la cultura política dominante–. Es obvio que hay una retroalimentación entre ambos niveles; como en el caso del ruido, si en un local hay personas que gritan, las probabilidades de escucharse decrecen proporcionalmente para todos los presentes. A estas consecuencias inespecíficas o basales hay que añadir otras específicas o funcionales: cuando la interacción no respeta las buenas prácticas del juego limpio también los resultados concretos se resienten y afectan a la calidad de las decisiones. No hace falta moverse mucho para toparse con experiencias desagradables en las relaciones interpersonales o grupales –¿cuántos colectivos, también los dedicados a los fines más nobles no han sucumbido a una mala gestión del debate?–.

No se puede obviar, por último, en un tema como el que nos ocupa la contribución de algunos medios de comunicación; hay sobradas evidencias de que no pocos de ellos actúan como verdaderos agentes infecto-contagiosos de la cultura política. Para decirlo en palabras de Pierre Jourde, los dirigentes de tales medios «no son siempre o no solamente estúpidos. Son también criminales. Convenimos en que un alimento o un aire viciado pueden ser nefastos para el cuerpo. Hay representaciones que contaminan la mente» (3). Parece que se ha producido una confabulación entre la presión de los audímetros y el recurso a lo que los moralistas clásicos llamaban las bajas pasiones y que podemos traducir, por analogía, en emociones de bajo coste (4). Un ejemplo. Como último episodio hasta la fecha de uno de los hechos más ignominiosos –en el sentido del atropello simbólico referido antes–, el exportavoz del gobierno de Aznar se ha defendido de haber acusado de nazi al doctor Luis Montes escudándose en la toxicidad de la mediasfera: «El espectador de este tipo de programas ya sabe lo que va a ver… Este tipo de programa es una locura. Los debates funcionan así (...). Nos decimos lindezas. Nos piden que seamos vivos, locuaces, agresivos» (5). Uno piensa, ayudado por las asociaciones, en una combinación del argumento de la obediencia debida y de la banalización de la infamia. En todo caso es una muestra del círculo vicioso entre hablantes maldicientes y altavoces pestíferos, entre actores y estructuras.

Dialogar y debatir

El hablar sano se desenvuelve en unas coordenadas bien distintas. Frente a los accidentes que describe el ejemplo, el ámbito propio del debate es un espacio protegido por fronteras normativas. Por eso se trata de una institución muy valiosa que requiere mantenimiento. El debate es una modalidad del diálogo; es éste un procedimiento discursivo en el que cada cual puede plantear sus tesis y ofrecer sus argumentos en pie de igualdad con sus interlocutores. Es la interdependencia lo que define el debate, una interdependencia que expresa acciones compartidas: la negociación, la transacción, el trato, la concesión. En Grecia, filósofos, dramaturgos, retóricos e historiadores se valían del artificio narrativo dramático para articular debates morales, lo que les permitía ofrecer varios flancos sobre un mismo asunto (6). Frente al carácter a menudo monológico de los relatos (7), en la dramatización son más improbables las posiciones invariables y las premisas etnocéntricas. El intercambio es la norma y de él depende la calidad de un resultado siempre abierto, a diferencia del guión a menudo prefigurado de los relatos. El debate es una invención ingeniosa que logra integrar dos procesos básicos de la interacción-humana: la cooperación, que se expresa en la aceptación de las reglas de juego y la regla de la reciprocidad, y la competición, que asegura el avance mediante la selección de las mejores propuestas. Es igualmente el punto de encuentro entre lo social, como antítesis del egoísmo particularista, y lo individual, como antítesis de la despersonalización organicista. El debate florece allí donde se logra este delicado y precario equilibrio entre heterogeneidad y acercamiento, la armonía de la coincidentia oppositorum o concordia discors. El debate implica una base consensual, por cuanto el salir airoso requiere la aprobación del rival y para ello es imprescindible persuadirle para que atienda a los argumentos. A la vez, convoca a las dimensiones constitutivas de los seres humanos: la emocional, responsable inmediata del sentimiento de bienestar y con capacidad de cortocircuitar las otras; la racional, con sus componentes lógico-cognitivos necesarios para la argumentación, y la cívico social, con sus ingredientes interactivos en el proceso y de calidad de los resultados en el producto.

El debate comparte con el juego el supuesto de que no puede desenvolverse en ausencia de reglas, pero a diferencia de él tiene un cometido externo al propio juego para el que la competición es un medio. A su vez se diferencia de la negociación en que no se halla constreñido por las posiciones preestablecidas de las partes sobre un contencioso particular. El foco del debate es la cuestión o el tema, dilucidar sus entresijos con vistas a esclarecer las premisas y facilitar el camino hacia la conclusión.

Prima en él la función representativa del lenguaje. Su objetivo no es tener razón sino ayudar a resolver problemas. El sociólogo M. Weber hablaba de la funesta manía clerical de querer tener siempre razón. El usar la razón del primer cometido tiene que ver con las neuronas, el tener razón del segundo con la testosterona o la teología. Aquí el camino termina en la infalibilidad del dogma revelado o en los sistemas cerrados de las ideocracias. Allí el camino no termina nunca porque discurre por el continente del escepticismo metodológico propio de la exploración racional, una actitud derivada de la creencia de que el conocimiento no es sino la condición interina de la ignorancia. El criterio para el progreso en el debate es la calidad de los argumentos respectivos en cuanto pasos hacia la verdad por el camino del arreglo o compromiso; el disenso se limita al desacuerdo entre ideas pero no afecta a la consideración de la persona. La idea de tolerancia tiene su origen en este compromiso. En la disputa o la discordia, en cambio, domina el enfrentamiento personal, la enemistad. Y los argumentos se seleccionan como armas arrojadizas. Una parte del arte del debate consiste en mantener separados los dos campos, evitando la personalización.

Se ha dicho que el foco del debate es la cuestión y no la persona; cuando hablamos de cuestiones personales lo que se dirime no corresponde al orden del debate. Es la distancia emocional la que determina que la discusión discurra por su cauce legítimo. Podemos hablar, en la acepción del profano o sujeto paciente de la prescripción, de una cláusula omeprazol que previene –aislando al órgano del amor propio– contra las irritaciones emparentadas del narcisismo (personal) y el sectarismo (grupal). Para lo último, la máxima de Cajal: «Es muy difícil ser muy amigo de los amigos, sin ser algo enemigo de la justicia» (8).

Al respeto, son fácilmente reconocibles los dos perfiles extremos de interlocutores aludidos; el balsámico, que asegura el mantenimiento de un clima de baja temperatura idóneo para la focalización en el tema, y el tóxico, que enturbia e inflama la atmósfera favoreciendo la focalización personal. No hace falta insistir en el coste personal y grupal que comporta la presencia de contaminantes psicosociales en suspensión. En ocasiones hacen imposible el umbral que asegura la interacción cooperativa. Es bien conocido que en el ejercicio del debate confluyen lógicas de diverso tipo y que cada una impone su propio código. Si el acaloramiento toma la delantera, aumentan las probabilidades para una lógica de la hostilidad, de machacar al adversario. El enconamiento alimenta el ciclo agonístico con independencia de la naturaleza o importancia de la cuestión que lo motivó. El lema: al enemigo ni agua. Es preciso insistir en que la lógica amigo/enemigo es ajena al espíritu del debate, pese a que las reminiscencias de la metáfora bélica destiñan a veces sobre el léxico utilizado al respecto.

Aunque no queda espacio más que para la enumeración, vale la pena reseñar un puñado de condiciones que contribuyen a configurar un espacio fructífero para el debate: laicidad axiológica, falibilismo, pluralismo, individualismo moral, reciprocidad, meteorología emocional templada, competencia, claridad y compromiso sin dogmas. Importa señalar que el ámbito normativo del debate lo es por partida doble, como se pone de manifiesto en esta reflexión de K. Popper: Es extraordinario que [tales principios del debate] sean epistemológicos y, al mismo tiempo, sean también éticos. Porque implican, entre otras cosas, tolerancia: Si yo puedo aprender de usted, y si yo quiero aprender en el interés por la búsqueda de la verdad, no sólo debo tolerarle como persona, sino que debo reconocerle potencialmente como a un igual; la unidad potencial de la humanidad y la igualdad potencial de todos los seres humanos es un prerrequisito para nuestra voluntad de dialogar racionalmente. De mayor importancia es el principio según el cual podemos aprender mucho de la discusión; incluso cuando no nos lleva a un acuerdo. Porque un diálogo racional puede ayudarnos a que se haga la luz sobre los errores, incluso nuestros propios errores. Todo lo anteriormente expuesto demuestra que los principios éticos forman parte de la misma esencia de la ciencia (9).

Un recurso inestimable

El disenso cooperativo que conforma la lógica del debate es una institución fundamental para la esfera pública. Ackerman considera el diálogo como obligación primaria de la ciudadanía en cuanto imperativo pragmático de orden superior (10). Frente a la atmósfera intoxicada por el ruido, la crispación y el sectarismo, el debate reglado asegura una sociosfera bien oxigenada, saludable y sostenible (no de suma cero). Detallaba al principio cuán lejos nos encontramos de ello; acaso no le faltaría plausibilidad a una hipótesis sobre el síndrome de emisión enferma, en analogía con el referido a edificios. Tenemos una telepatología que se ocupa de las aplicaciones terapéuticas de la telemática, pero nos hace falta otra que investigue el potencial patógeno de ciertos contenidos y, sobre todo, de ciertas formas alentadas en algunos medios. Sin necesidad de aplicar cuestionarios sofisticados sabemos que ciertos comportamientos adolescentes, algunos de alto riesgo, son inexplicables sin la mediación de esta socialización televirtual.

Volviendo a la activa, las cualidades del debate derivan del hecho de que acumula las aportaciones de cuatro dimensiones: estructura formal –las reglas básicas: observar turnos, ser respetuoso, atenerse al tema, evitar los argumentos ad hominem…–, racionalidad instrumental –es un medio para obtener decisiones mejores que las individuales–, actitud moral –el interlocutor es una persona dotada de dignidad– y entorno cívico –una esfera pública igualitaria y protectora–. En palabras de B. Russell: «Donde no existe la democracia la mentalidad gubernamental es la de los dueños con respecto a los dependientes; pero donde existe la democracia es la de la cooperación en igualdad de condiciones, lo que implica la afirmación de la opinión propia hasta cierto punto, pero no más allá» (11).

La suma de estas cuatro dimensiones hace del debate un instrumento de enorme valor, de modo que viene a constituir una suerte de competencia nuclear sobre la que se sustentan a la vez la educación en cuanto formación integral, la maduración de una conciencia cívica, la tolerancia como disposición para interactuar y la contribución a una estructura de oportunidad democrático-liberal de alto contenido social. Se configura así un círculo virtuoso en el que las actitudes de apertura dialógica favorecen entornos democráticos, mientras que éstos, por su parte, propician mediante una socialización en valores las aptitudes dialécticas. Estamos en los antípodas del círculo vicioso de las bajas pasiones.

Acaso todas estas consideraciones no sean más que ramificaciones de un supuesto único: que el fin del debate no es la derrota del contrario –estaríamos entonces en puro partidismo, sectarismo o intransigencia– sino el de descubrir el mejor camino, la visión más ajustada, la decisión más cualificada, lo mejor para el interés común. En el debate los argumentos no son armas arrojadizas sino hipótesis esperando una validación cruzada. No está ello lejos de la visión de Victoria Camps sobre la «comunidad de discusión» como medio para determinar el bien común (12). En un escenario de esta naturaleza debe primar la información sobre el ruido, el conocimiento sobre la información y la sabiduría sobre el conocimiento. Aceptar esta jerarquía impone exigencias de autocontención; en particular renunciar a los expedientes baratos de la demagogia y la instrumentalización de las emociones de bajo coste, de valerse de la estrategia del calamar hablando para confundir, de hacerse sitio mediante los codazos de la falacia. Como afirma Gorgias en su Elogio de Elena, devolviéndonos al inicio de esta reflexión, con la lengua podemos intoxicar el alma o alimentarla. La calidad del aire de la ciudad depende de cuál de esas opciones prevalezca. Debemos concebir, por tanto, el hablar sano como un recurso básico del repertorio de las personas y de las organizaciones (de la pareja, la consulta o el chat, a la comunidad de vecinos; de la clase o la tertulia televisiva al Parlamento).

Referencias bibliográficas

(1) Gracián, B. El Criticón. Madrid: Espasa, 1980; 398.

(2) Ramón y Cajal, S. Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias. Madrid: Pueyo, 1922; 165. Las 20 páginas del capítulo VI mantienen plenamente su vigencia y su frescura.

(3) Jourde, P. “La machine à abrutir”, Le Monde Diplomatique, août 2008.

(4) “Sí, que los más de los hombres eligen antes vivir en la hedionda pocilga de sus bestiales apetitos que arriba en el salón dorado de la razón”, B. Gracián, O.c.; 217.

(5) Miguel Ángel Rodríguez, El País, 05/04/2011.

(6) Blundel, M. W. Helping Friends and Harming Enemies. A Study in Sophocles and Greek Ethics. Cambridge: Cambridge University Press, 1989; 6-7.

(7) Alonso, M. Relatos exclusivos, políticas excluyentes. El patrón de Oriente Próximo, Bilbao, 2006; Cuadernos Bakeaz, 75.

(8) Ramón y Cajal, S. Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias. Madrid: Pueyo, 1922; 171.

(9) Popper, K.R. “El conocimiento de la ignorancia”. Discurso de investidura como doctor «honoris causa» de la Universidad Complutense, Diario 16, 01/11/1991.

(10) Citado en Etzioni, A. La nueva regla de oro. Comunidad y moralidad en una sociedad democrática. Barcelona: Paidós, 1999; 266.

(11) Russell, B. El poder en los hombres y en los pueblos. Buenos Aires: Losada, 1968; 225.

(12) Camps, V. El malestar en la vida pública. Barcelona: Grijalbo, 1996: 109, 180.

  • Este artículo se inspira en un trabajo más amplio escrito con María Pardo «Una ética para el debate. Condiciones, fondo y formas en el uso de la discusión», en prensa, Cuadernos Bakeaz n.º 100, Bilbao). Hay partes tomadas literalmente de él. Aquí añado la dedicatoria: Los autores quieren brindar estas páginas, en lo que tengan de valioso, al doctor Luis Montes y a la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública; por su contribución al capital social y al bienestar colectivo, en términos de los supuestos de calidad de la vida democrática tratados en el apartado 4.2.

Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas y licenciado en Sociología, Filosofía y Psicología.

© Martín Alonso, 2011.

Publicado en Salud 2000, 132, 18-20 (mayo 2011).

  • 2007 Escuela de paz es un proyecto de
  • / Diseño de Álvaro Pérez
  • / Desarrollado por eFaber