Se anuncia el advenimiento de la era de la reconciliación y tiene lugar, diez años justos después de su homónima, una Conferencia Internacional de Paz para celebrar los nuevos tiempos. Estas líneas quieren iluminar algunos recovecos de su trastienda.

Walter Kemp, experto de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) y ajeno al evento, asegura que «desmantelar las mentes es tan importante como desmantelar las armas»; A. Solzhenitsin manifestó al volver del exilio: «la reconciliación nacional es una gran tarea y muy necesaria, pero no puede haberla sin una limpieza mental». En ‘Hijacking America’, Susan George explica cómo un puñado de ‘think tanks’ neoconservadores ha impuesto su hegemonía cultural en Estados Unidos. En el pasado III Encuentro sobre Memoria y Víctimas del Terrorismo, Luisa Etxenike apuntaba al confusionismo del lenguaje y la desnaturalización del sentido de las palabras en el País Vasco.

El llamado ‘tercer espacio’, promotor de la conferencia mencionada, ha ocupado una posición central en el escenario vasco y, en el falible razonar de quien escribe, no es ajeno a la confusión reinante. En palabras de Jonan Fernández, el concepto ‘tercer espacio’ designa a «una mayoría social que se caracteriza[ba] por rechazar la violencia, no aceptar el inmovilismo, querer superar la polarización y defender el diálogo». Para actuar como tal «no es necesario ni pedir permiso, ni esperar que te lo concedan». De aquí –imperativo de brevedad obliga– se desprenden dos características definitorias: 1) es autodesignado y autoproclamado, lo que tendrá consecuencias en cuanto al contenido del rol incorporado de mediador; 2) abraza la pretensión de representar a la sociedad vasca en su conjunto, y para ello se sirve de artilugios acumuladores de potencial de legitimación: observatorios, encuestas, consultas, firmas, avalistas, etc. Entre los motivos de su influencia destacan dos: 1) el haber proporcionado una imagen social autocomplaciente –«la sociedad vasca se ha movilizado masivamente contra ETA»– muy alejada de lo que ha demandado la presencia cotidiana del terror, y, especialmente, 2) un arte de la acrobacia dialéctica capaz de combinar unas formas edulcoradas, a base de pluralismo, diálogo e inclusión, con un contenido que guarda evidentes afinidades electivas con el esencialismo etnorradical; se recurre para ello a un retorcimiento del sentido, que aboca a la confusión porque maltrata la semántica; la estrategia del calamar, en suma, encaminada a difuminar, desvirtuar, ofuscar, ‘brouiller les cartes’. El oxímoron de una imparcialidad tan declaradamente partidista, como muestra su adhesión a Lizarra y en general a las iniciativas en pos de la ‘unión sagrada’ soberanista, es un indicio. Dos elementos cabe resaltar al respecto. Uno es la pulsión niveladora, dirigida a establecer simetrías, equidistancias, paralelismos y equivalencias, tanto en la victimación como en el sufrimiento o la representación –«igualdad para materializar todos los proyectos políticos»–. El otro es el anclaje en el paradigma identitario del ‘conflicto’ con sus corolarios: victimismo, derecho a decidir y a la consulta… Los dos últimos convergen: no hay un perfil diferencial para las víctimas del terrorismo, englutidas en la masa amorfa del conflicto fundacional. Los hechos no desmienten esta visión: no constan iniciativas de alcance desde este sector a favor de las víctimas de ETA o las asociaciones vinculadas a ellas.

Desde el punto de vista de la acción colectiva, el tercer espacio ha desempeñado su papel fundamentalmente como una fuerza de contramovilización, tendente a proteger al movimiento radical de la acción del Estado de derecho: sus protestas contra la ley de partidos, avalada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, o ante las detenciones de líderes destacados así lo apuntan. La acrobacia dialéctica permite que quienes tan firmemente se opusieron a las medidas judiciales y policiales que han llevado a ETA a su virtual extinción utilicen hoy este estado de cosas como ‘leitmotiv’ para nuevas exigencias. El «final ordenado», facturado desde Arantzazu, equivale a un tablero «sin vencedores ni vencidos» (nacionalismo radical) y, por tanto, donde «todo el mundo… [piense] que ha ganado» (J. Powell, impulsor de la conferencia). Se trata de pasar página y de emborronar la huella de la abominación. Los muertos, amputados, huérfanos y aterrorizados no son motivo de escándalo; sí lo es, para el mediador estrella también convocante de la conferencia –además de «increíble» y «contraproducente»–, la condena de Otegi.

Los denominados mediadores, expertos y actores asociados se comportan en buena medida como ventrílocuos que replican los argumentos de sus patronos, y cumplen con el guión tradicional del nacionalismo radical: la búsqueda de legitimación por la vía de la cooptación de apoyos internacionales. La mediatizada conferencia bien puede ayudar a arropar la desnudez de ETA, evitando la vergüenza de «que se rinda incondicionalmente» (B. Currin), y, sobre todo, a servir de trampolín electoral a la nueva coalición. Nada de ello contribuye a lo que debería ser, ‘mutatis mutandis’, un proceso equivalente a una desnazificación. La «liberación cognitiva» –la limpieza y el desarme de las mentes–, necesaria para una reconciliación con justicia, no se producirá mientras perduren los sofismas que amparan la complacencia retrospectiva, la indulgencia con el presente y el peaje de la página en blanco como condición de futuro.

Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas y miembro de Bakeaz.

© Martín Alonso; © Bakeaz, 2011.

Publicado en El Correo, 18 de octubre de 2011.

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