La última confrontación árabe-israelí, que se libra estos días en Líbano, no es más que un episodio más de la guerra contra el llamado terrorismo de corte islamista, decretada por la Administración de Bush tras los ataques del 11 de septiembre. Poco importa que, en este caso, no sean las fuerzas armadas estadounidenses las que ejecutan en persona el ataque, pero es evidente que existe un claro vínculo entre lo que ocurre en Irak, Palestina y Líbano, escenarios en los que se libra una desigual guerra sin cuartel contra lo que habitualmente se cataloga como grupos islamistas radicales que, en realidad, poco o nada tienen que ver entre sí. En todos y cada uno de los casos, la desproporción de los medios empleados para hacer frente a los islamistas está consiguiendo exactamente lo contrario de lo deseado, ya que, a pesar de su indiscutible superioridad militar, no se puede decir que Estados Unidos haya conseguido impulsar su proyecto del Gran Oriente Medio, destinado, supuestamente, a implantar la democracia en el mundo árabe, ni, mucho menos, mejorar su imagen, sin duda en su peor momento desde que, en el curso de la primera guerra mundial, comenzó a mostrar su interés por esta región.

El hecho de que en el caso libanés y palestino sea Israel el que lleva la batuta en la guerra contra el terrorismo islamista no debería considerarse un hecho baladí, ya que pone en evidencia que Washington y Tel Aviv comparten una misma visión sobre la coyuntura internacional y, sobre todo, un mismo planteamiento sobre la manera de afrontar los potenciales peligros que les amenazan. El recurso a la guerra preventiva parte de la premisa de que es necesario anticiparse al enemigo y golpearle incluso antes de que consiga desarrollar armas de destrucción masiva o establecer vínculos con organizaciones terroristas. Es oportuno señalar que esta doctrina fue recogida por primera vez en la Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana de 2002, pero desde años atrás los diferentes ‘lobbies’ proisraelíes en Washington habían lanzado una campaña propagandística para conseguir su aprobación.

Desde entonces ha sido empleada, indistintamente, por Estados Unidos e Israel para justificar sus campañas militares en Oriente Medio. El empleo de una fuerza militar absolutamente desproporcionada para hacer frente a un enemigo difuso ha tenido nefastas consecuencias, como la devastación gratuita de Irak, Gaza y, ahora, Líbano, justificadas en nombre de la sacrosanta lucha contra el terrorismo islamista. No obstante, los verdaderos propósitos son bien distintos: dominar una zona de vital importancia por su riqueza energética y doblegar cualquier intento de cuestionamiento de la hegemonía norteamericano-israelí. El hecho de que el bombardeo de aeropuertos, centrales eléctricas, puertos, carreteras, depósitos de agua, autopistas e, incluso, mezquitas se haga en el nombre de la libertad y la democracia es especialmente repulsivo, al igual que el que se intente justificar como guerra contra el terrorismo la destrucción de decenas de aldeas y el éxodo forzado de 750.000 personas del sur libanés, que, probablemente, nunca podrán volver a sus hogares, pues simplemente ya no existen.

Ante esta escandalosa situación, la llamada comunidad internacional ha decidido mirar hacia otro lado y aceptar como suyos los argumentos del agresor, quien considera que, en su lucha contra Al-Qaida, Hezbolá o Hamás, todo vale, incluidos los castigos colectivos contra una población civil que, en el último medio siglo, nunca ha estado tan desprotegida y expuesta a los abusos de los ocupantes como ahora. El acuerdo franco-estadounidense para plantear una resolución de cese de hostilidades como paso previo al alto el fuego es una prueba más de la decadencia de las Naciones Unidas, que, en lugar de reclamar el estricto cumplimiento de las decenas de resoluciones que Israel viene incumpliendo de manera sistemática en las últimas décadas (entre ellas la 242, la 338, la 425 o la 1397, por citar tan sólo algunos ejemplos), presionan al Gobierno libanés para que acepte las condiciones impuestas por Israel, que ni tendrá que hacer frente a sus responsabilidades tras hacer retroceder el reloj del tiempo quince años atrás, cuando el país fue devastado por una cruenta guerra civil, ni, lo que es más sangrante, deberá renunciar a lanzar nuevos ataques contra el país de los cedros ni tampoco retirar sus tropas, que ocupan ya una vasta franja por debajo del río Litani. En este sentido, cabe señalar que la nueva resolución del Consejo de Seguridad nace muerta, puesto que es completamente inviable.

Así las cosas, no nos debe extrañar que Hezbolá, a pesar de las considerables bajas sufridas estas semanas, haya salido relativamente airosa del lance, puesto que ha sido capaz de hacer frente a uno de los ejércitos mejor pertrechados del mundo, lo que la ha convertido en un icono para las masas árabes, cansadas de beber el amargo cáliz de la derrota desde hace décadas. En este sentido, no es una buena noticia que Hezbolá se convierta en modelo para nadie, ya que muestra a las claras la creciente radicalización de una juventud árabe que, hastiada de los métodos totalitarios de los regímenes árabes y de la falta de libertades imperante, considera que la única salida al callejón sin salida en el que se encuentran es arrojarse con los ojos cerrados a los brazos de una milicia que preconiza un retorno al Islam más retrógrado.

Lo más grave de todo es que, al menos en el corto plazo, las voces laicas y liberales del mundo árabe, que las hay, han sido completamente silenciadas por el fragor de la batalla. Mientras su defensa de los valores democráticos se identifique con el proyecto hegemónico estadounidense-israelí (y, por consiguiente, con las prisiones de Guantánamo y Abu Ghraib y con las matanzas de Gaza y Qana), poco, por no decir nada, pueden hacer para dejarse oír.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos 
de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006. Publicado en El Correo, 13 de agosto de 2006.

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