Hoy se está haciendo común recelar del pacifismo. El aniversario del asesinato de Gandhi –un gran pacifista– un 30 de enero es una buena ocasión para confrontarse con tal recelo. Una advertencia de entrada: el pacifismo debe ser identificado con lo que ha sido y es el movimiento por la paz en su complejidad, dentro de los «nuevos movimientos sociales». Así situado, resultan manifiestos en él, a la hora de definirlo, rasgos como los siguientes.
En primer lugar, el pacifismo no supone ignorancia de los conflictos violentos ni cesión ante ellos. Al revés, implica expresamente su afrontamiento, en vistas a que se resuelvan o transformen en modos tales que traigan una paz que suponga la máxima humanización posible de todos los implicados en el conflicto. En segundo lugar, lo que el pacifismo aporta de específico frente a otros modelos de gestión de conflictos es la búsqueda de coherencia plena entre medios y fines, la apuesta por utilizar medios para la paz que sean también pacíficos. En tercer lugar, no apunta a la mera paz negativa, la propia de situaciones en las que no se da la violencia física directa. Recela incluso de ella, en la medida en que con frecuencia supone violencias latentes, que deben ser desveladas y afrontadas. Y en cualquier caso, se plantea una concepción positiva de paz: la que supone la máxima reducción posible de la violencia física directa, de la violencia estructural –la que está encarnada en estructuras económicas en especial, pero no sólo– y de la violencia cultural –la que anida en los esquemas culturales de justificación de la violencia–. Creo que estos tres rasgos pueden asignarse claramente a ese pacifismo que ha ido sintetizando su versión como confrontación con los procesos belicistas en acto y en potencia con su versión como resistencia no violenta a las diversas formas de opresión humana.
Desde estos supuestos pasan a ser infundadas algunas acusaciones que se le hacen. En primer lugar, no arrincona la libertad en nombre de la paz, puesto que toda ‘paz’ que implica sometimiento a cualquier forma de opresión es estado de violencia. En segundo lugar, tampoco apuesta por una paz que ignore las desigualdades sociales, que soslaye la justicia, puesto que, en ese caso, lo que domina es la violencia estructural. Por último, no sueña con una idílica armonía que haya hecho desaparecer el conflicto entre los humanos, dado que considera que la conflictividad forma parte de nuestra condición; su horizonte es, más bien, el de una sociedad en la que estamos en constante proceso de aprender a desactivar las derivas violentas de los conflictos y a gestionarlos de modos tales que sean ocasión de creatividad.
Hay otras acusaciones que merecen más atención. En la primera, clásica, se señala que el pacifismo puede estar muy bien intencionado, pero, en realidad, por sus recelos ante el uso contundente de la coacción legítima pública, tanto a causa de su purismo en los medios pacíficos como de su deseo de integrar al violento en los procesos de humanización, acaba dejando espacios para que la violencia se siga ejerciendo. El pacifismo, ciertamente, tiene que asumir el reto de su eficacia para que las victimaciones se reduzcan lo más posible. En concreto, tiene que afinar más para distinguir aquellas coacciones que no deben ser calificadas como violencias en sentido estricto –las que propiamente no destruyen– de aquellas otras que entran ya en el terreno de la violencia. De todos modos, quienes hacen esta crítica de ineficacia no deben ignorar los relevantes progresos que se han hecho en el pacifismo no violento, inventando y practicando modos de acción que se muestren eficaces en la contención de la victimación.
La segunda de las acusaciones tiende a subrayar que el pacifismo no da suficiente relevancia ni reconocimiento a las víctimas. Para empezar, habría que matizar la acusación. Las víctimas están muy presentes en él desde la perspectiva del futuro: lo que persigue decisivamente es que no vuelva a haber víctimas. Además de ello, en bastantes de las iniciativas pacifistas, están también muy presentes en el presente –valga la redundancia–, en la medida en que son las propias víctimas de determinadas opresiones las que luchan organizadamente contra éstas a través de estrategias no violentas. Pero es cierto que en el movimiento pacifista no se ha cultivado suficientemente de modo expreso la atención al pasado de la victimación, a esas víctimas que reclaman reconocimiento y memoria. La propia insistencia en evitar la violencia ha podido focalizar la atención en el futuro y en los violentos, por supuesto, para que dejen de serlo. En la medida en que esto haya sido así, deberá ser corregido: el futuro de paz tiene que integrar el pasado y, para ello, la presencia y protagonismo de esas víctimas son decisivos. No nos jugamos aquí únicamente plenificar lo que puede ser el pacifismo, nos jugamos también el que éste sea plenamente acogedor de los derechos de las víctimas.
Xabier Etxeberria es profesor de Ética de la Universidad de Deusto y miembro de Bakeaz.
© Xabier Etxeberria, 2010; © Bakeaz, 2010. Publicado en El Correo, 30 de enero de 2010.