Por todos es sabido que las tropas norteamericanas combaten en las movedizas arenas de Oriente Medio en varios frentes a la vez. Pese a que la situación en Irak y en Afganistán dista de mejorar, como prueban día tras día los ataques que sufren las tropas americanas, la Administración de Barack Obama ha amenazado con abrir un nuevo frente en Yemen, donde se plantea lanzar bombardeos selectivos contra posiciones de Al Qaeda en respuesta al reciente atentado contra un avión en Detroit. También el general David Petraous, jefe del Comando Central, ha anunciado que Estados Unidos ya cuenta con un plan de ataque contra las instalaciones nucleares iraníes.

Posiblemente estas declaraciones sólo busquen añadir más presión al régimen teocrático iraní, que atraviesa una de sus horas bajas desde la Revolución Islámica de 1979. La fraudulenta victoria electoral de Mahmud Ahmadineyad el pasado verano abrió la caja de truenos, desencadenando una serie de manifestaciones, la más reciente en el día de Ashura a finales de diciembre, brutalmente reprimidas por los ‘basij’, pero también acentuó la fractura entre las propias elites gobernantes. Todo ello no quiere decir, ni mucho menos, que el régimen esté a punto de colapsarse, como trata de hacer creer el campo neoconservador, que ha logrado recuperarse tras el ‘shock’ psicológico que representó la victoria electoral de Obama, retomando su discurso belicista y ejerciendo una intensa presión sobre la Casa Blanca para que desbarate el programa nuclear iraní por medio de un ataque aéreo.

No se debe pasar por alto que el pasado 31 de diciembre terminaba el plazo concedido por el Grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania) para que Irán enriqueciera su uranio en el extranjero y pudiera desarrollar un programa nuclear con fines pacíficos. Aunque el portavoz de la Casa Blanca señaló el 5 de enero que «la puerta todavía está abierta» para que Teherán acepte las demandas de la comunidad internacional, lo cierto es que la opción que cada vez se abre paso con más fuerza es la adopción de sanciones. La secretaria de Estado Hillary Clinton se ha mostrado partidaria de «presionar al Gobierno iraní, y en particular a la Guardia Revolucionaria», la guardia pretoriana del régimen que ha desempeñado un papel crucial en la represión de los manifestantes antigubernamentales y que, además, tiene un importante peso en sectores clave como las telecomunicaciones, el petróleo y la construcción.

Mientras tanto, no hay día que la prensa internacional no filtre, probablemente de manera intencionada, noticias que, llegado el momento, podrían ser empleadas como eventual ‘pistola humeante’ para justificar un ataque militar contra las instalaciones nucleares iraníes. Si hace unas semanas nos desayunábamos con que el régimen acogía a decenas de familiares directos de Bin Laden, después nos enterábamos de que Peter Moore, rehén británico recientemente liberado en Irak, había estado cautivo en territorio iraní. Mientras tanto, Israel, que considera a Irán como la mayor amenaza para su seguridad y aboga por un ataque contra sus reactores nucleares, ha anunciado que en breve repartirá máscaras de gas entre la población. Un reciente artículo del conservador ‘The Wall Street Journal’ señalaba que, desde la guerra de 2006, «Irán ha rearmado a Hezbolá con 40.000 misiles que podrían caer como una lluvia sobre las ciudades israelíes e, incluso, las ciudades europeas y las bases americanas en Oriente Medio si Irán llegase a ser atacado. Irán podría desencadenar ataques suicidas en Irak y Afganistán o, más ominosamente, activar células durmientes de Hezbolá en Estados Unidos para llevar a cabo ataques coordinados a nivel nacional».

¿Les recuerda algo esta cantinela? Sustituyan a Irán por Irak y este artículo podría encajar perfectamente con el clima de paranoia que precedió a la invasión de Irak en 2003, con los resultados por todos conocidos. No nos ha de extrañar que, en esta ocasión, algunos de los que entonces abogaron por el empleo de la fuerza hayan aprendido la lección y se muestren ahora mucho más cautos. En un reciente editorial, ‘The Economist’ se manifestaba radicalmente contrario a un ataque militar contra Irán, hecho que abriría un nuevo frente en la ya de por sí complicada guerra contra el terrorismo islamista que Washington libra en la zona. Para el semanario británico, «una acción militar estadounidense contra Irán sería un error. Un ataque militar no sólo tendría resultados militares inciertos, sino que además inflamaría la región al completo e, incluso, aquellos iraníes que le detestan se manifestarían a favor del propio Jamenei».

A pesar de que el presidente Barack Obama ha repetido en varias ocasiones que todas las opciones están sobre la mesa, lo cierto es que su Gobierno no tiene demasiadas cartas para presionar a Irán, además de las mencionadas sanciones y los actos de sabotaje que tienen un impacto limitado. Probablemente no le quede más alternativa que esperar a que el paulatino desgaste del régimen teocrático se acentúe en los próximos meses, proceso que podría acelerarse en el caso de que las fuerzas de seguridad intensifiquen la represión del denominado Movimiento Verde, dirigido por el reformista Mir Hosein Musaví. Lo que cada vez parece más evidente es que la solución del problema iraní vendrá de dentro, tal y como ocurrió con la revolución popular que destronó al Shah.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2010; © Bakeaz, 2010. Publicado en El Correo, 14 de enero de 2010.

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