El nacionalismo es un fenómeno a la vez poliédrico y de contornos difusos. Hay, sin embargo, un conjunto de parecidos familiares que autorizan una aproximación desde el ángulo normativo. Estas páginas se centran en la vertiente oscura, arguyendo que las consecuencias de las políticas de base nacionalista tienen que ver con un cierto número de factores que inciden en la acción colectiva y que guardan relación con el tema de la identidad. Después de justificar el enfoque, se trata: 1) de ciertas particularidades de la retórica nacionalista, 2) del bajo coste relativo de la movilización desde el marco nacionalista y de la preponderancia de la variante étnica y 3) del papel de las emociones negativas. Unas consideraciones sobre las eventuales vías de salida cierran el artículo.
1. Una mirada unitaria a un fenómeno diverso
Se encomendó inicialmente a estas páginas la tarea de proponer un balance general de los nacionalismos. Si nos atenemos a la denotación de ‘general’, el repertorio de temas relevantes –nación, nacionalidad, región, etnia, pluralismo, identidad, autonomía, autodeterminación, secesión, independencia, diáspora, asimilación, minorías, cultura, lengua, irredentismo, fronteras, marcadores, balcanización, sentimiento, construcción nacional, limpieza étnica, chovinismo, etnocentrismo, xenofobia, ciudadanía, comunidad, federalismo, historia, patria, pueblo, religión, elección étnica, globalización, conflicto, tierra, sangre, multiculturalismo, simbólica…–, de los paradigmas en juego –perennialismo, modernismo, etnosimbolismo, postmodernismo…–, y de las disciplinas competentes –todas las sociales y algunas de las humanas– , por aislar unas pocas dimensiones, la tarea se antoja ímproba desde la vertiente descriptiva, habida cuenta, además, de que no contamos con una teoría general ni con algo cercano a un enfoque unitario (v. X. Etxeberria). Para las intenciones de una aproximación valorativa, sin embargo, lo general resulta de una atención selectiva a ciertos parecidos familiares de los discursos, por un lado, y a la coloración de lo normativo, por otro. Para ilustrar lo primero basta la observación del Nóbel chino Gao Xinjiang en El libro de un hombre solo: “las viejas canciones nacionalistas son en todos los lugares iguales”. Para lo segundo, servirá de patrón de contraste el conjunto de valores que, siguiendo a Fred Halliday (Nations and Nationalism, 2000: 153-171), a su vez inspirado en E. Gellner, se asocian con la Ilustración. Estas dos consideraciones justifican el molde unitario que refleja el singular del título. En cuanto a la segunda parte, la locución ‘cono de sombra’ quiere expresar precisamente que lo que aquí se destaca es el lado oscuro imputable a, o relacionado con, la susceptibilidad de esta formación a derivas indeseables, algunas ciertamente no privativas; desde este punto de vista “afinidades enojosas” habría servido como título alternativo. Esta opción lleva dos corolarios implícitos. El primero se refiere a que son esas afinidades las responsables de las derivas y que, en la medida en que las prácticas nacionalistas se alejan de ellas, disminuyen correlativamente los riesgos; es lo que sugiere el título de la monografía del sociólogo M. Hechter –Containing Nationalism–, y la intención que inspira las invitaciones al postnacionalismo. El segundo alude a que no todo es oscuridad en el planeta nacionalista, como el lector tiene la oportunidad de comprobar en otras contribuciones de este dossier. Pero aunque la violencia –el aspecto más oscuro de las dimensiones oscuras– no sea en términos estadísticos la variable más representativa, su enorme significación social (Brubaker y Laitin, 1998), respalda el sesgo de este artículo.
2. Politización de la epistemología
Circulaba en los años de la guerra de Bosnia este chiste: Un periodista extranjero pregunta a un paramilitar serbio apostado en las colinas que dominan Sarajevo: “Por qué dispara usted contra sus antiguos vecinos?” “Porque los turcos nos derrotaron y humillaron en Kosovo”. “Pero eso ocurrió hace 600 años”, replica el periodista. “Ya, pero nos hemos enterado ahora”. Desde el punto de vista de su elaboración doctrinal el nacionalismo forma parte de los discursos autofundantes, es decir, que tienen la fuerza, como los relatos teológicos, de crear realidades por el mero hecho de enunciarlas, ejemplificando así la función pragmática del lenguaje. En The Philosophy of Nationalism recoge P. Gilbert una definición según la cual “una nación es, en frase seductora, una comunidad política autodefinida”. El ingrediente pragmático apunta a dos aspectos, el primero –nominalista– ya ha sido señalado, el segundo es del orden de la voluntad y descansa en el hecho de que “El deseo es autovalidante” (Appiah, Ética de la identidad). En la conocida definición de Anderson –“comunidades imaginadas”– convergen ambos vectores. Importa señalar que el que se trate de construcciones mentales no les priva de eficacia; de ahí la paradoja también apuntada por Anderson: el contraste entre el valor epistemológico de los materiales doctrinales y su fuerza política.
Hay al menos dos aspectos del nacionalismo deudores de este carácter autofundado y autorreferencial. El primero es la enojosa y plural compañía de la circularidad, séquito habitual de los sistemas de pensamiento cerrados. Voy a señalar a título de ejemplo dos manifestaciones de esta particular afección. La primera es la que Halliday denomina “falacia de la cultura autógena”, según la cual existen comunidades discretas, compactas, que permanecen inalteradas y resistentes a la hibridación a lo largo de tiempo –una tesis fehacientemente desautorizada por el antropólogo Fredrik Barth–, que establecerían una especie de frontera cultural natural –valga el oxímoron– que inhabilitaría a los alógenos para juzgar los productos propios. (El procedimiento se completa con la descalificación de los autóctonos críticos, que vienen a ser considerados, por asimilación con los anteriores, malos nacionales, autófobos o traidores). Así que sólo tienen derecho a emitir juicios los buenos patriotas –valga el pleonasmo–. De donde resulta que: 1) no es posible una ética ni una ideología transfronterizas, 2) nadie puede expresar opiniones críticas sin riesgo de ser expulsado de la comunidad, 3) ni desde fuera ni desde dentro pueden ponerse en tela de juicio los dogmas fundamentales de la identidad colectiva. Las organizaciones internacionales de derechos humanos se enfrentan a menudo a una versión particular de esta falacia, que consiste en la desautorización por los estados de las críticas que reciben en virtud de un patrón ético específico, como los presuntos valores asiáticos en el caso de China y otros países de la zona o la negativa de EE UU a aceptar la jurisdicción del TPI. La segunda es la contrarrecusación proyectiva, una expresión pedante para el castizo “y tú más”, que ilustraré con un ejemplo de un artículo de opinión, por otra parte muy valioso (El País, 11/07/07): “No hay peor particularista que el que es incapaz de reconocer su propia particularidad”.
El segundo aspecto constituye una suerte de reacción extrema al reconocimiento de esta debilidad. Puesto que los productos de estos discursos son del orden de la convención, sus promotores se esfuerzan en esconder ese carácter con diversos expedientes: naturalización, mitologización, sacralización, antiquitas y otras variantes de acumulación de capital simbólico (v. I. Sáez). Se trata de dar a las convenciones el título de verdades, como observa Robert E. Goodin (en el colectivo, The Morality of Nationalism). En virtud de tal empeño ciertos contenidos desafían las reglas de la lógica y desde una posición sustentada en lo que se podría denominar verdades orgánicas. De modo que nos encontramos con dos desenlaces igualmente indeseables: el esencialismo o politización de la epistemología, por un lado, y el relativismo o epistemologización de la política, por otro; y según el último nada es bueno y malo en sí mismo, no hay criterios transversales de valoración, y, en consecuencia, se objetará la denominación de criminales a los que son de los “nuestros”, por graves que sean sus acciones. La colusión de política y epistemología explica la preferencia de los ideólogos nacionalistas por lo que podríamos llamar soportes pantalla –trampantojos–, que les permiten expresar sus contenidos enmascarando la circularidad. Sin duda el más solicitado de todos es un material de textura histórica y de intención ad probandum, que debo limitarme a mencionar.
Hay otros fenómenos tributarios de la epistemologización. El primero es el de la propia inestabilidad de las convenciones perceptible en el problema que Y. Tamir ha denominado de las muñecas rusas. Pues, en efecto, si una unidad disputa las convenciones de otra en virtud de cierto criterio, el proceso puede replicarse en un nivel inferior porque cualquier fragmento de territorio “por pequeño que sea, incluye entre sus habitantes a miembros de otras naciones”. El otro, asociado con la sobrecompensación, es de signo contrario: la querencia de estas construcciones por el género de los grandes relatos, aquellos que justifican el matar y morir por la causa. Y un tercero, más trivial, de orden estilístico: la propensión a lo kitsch en los discursos y en las liturgias, a los clichés del agravio elegíaco y de los orgullos épicos, a las mayúsculas y a los superlativos; tan superlativamente representados en la literatura del nacionalcatolicismo, en el Memorándum serbio, en la retórica de los colonos judíos y de los neoconservadores inflamados.
3. El camino fácil
“La primera amenaza real a los intereses británicos ha convertido en patrioteros a nueve de cada diez socialistas británicos”, escribe Orwell en Mi guerra civil española. La constatación ilustra la aserción del serbio Danilo Kis veinte años antes de la descomposición de Yugoslavia: “El nacionalismo es la línea de menor resistencia, el camino fácil”. Otros han hablado de “programa por defecto”. Lo que subyace a tales apreciaciones remite a la facilidad con que se activa este marco en situaciones complicadas, en contextos de estructura de oportunidad confusa o cambiante, o como ideología de sustitución. De lo primero tenemos un ejemplo trivial en el realce del componente nacionalista en las movilizaciones por las disfunciones en los trenes de cercanías catalanes a finales de 2007 y otro dramático en el fervor nacional desatado en EE UU tras los atentados del 11-S, lo último resulta bien patente en aquellas regiones afectadas por la implosión del comunismo. Yugoslavia es un caso de manual. Recordemos que hasta el 95% de la población serbia rechazó en referéndum en abril de 1998 la mediación internacional en la crisis de Kosovo, que 10 años después ha dejado de ser serbio. Recordamos mejor que un 85% de los israelíes aprobaron la ofensiva contra Gaza a principios de este año, que ha revelado ya la profunda deshumanización de los invasores y ha merecido el calificativo de crímenes de guerra por instancias de la ONU. Precisamente la actitud de la población israelí durante la guerra suscitó una carta del eminente psicopolitólogo Daniel Bar-Tal que apunta al meollo de este epígrafe: “Vemos una y otra vez que requiere años y esfuerzos convencer a la gente de la importancia de la paz, pero basta un tiempo sumamente breve para convencerla de la necesidad de la guerra. Y resulta todavía más difícil establecer consideraciones morales”. La observación confluye con el tópico de la relación entre nacionalismo cívico/patriotismo y étnico/nacionalismo (v. M. Toscano). Al respecto el especialista Walker Connor asegura que cuando ambas almas han entrado en conflicto ha prevalecido la segunda. De nuevo el ejemplo reciente de Israel (v. M. Margalit) revalida el aserto: la mayor parte de los estudiantes de instituto optaban por los partidos de derecha y extrema derecha (militarismo) a pesar de que siguen cursos de ciudadanía. Allí también el currículo nacionalista _ ha prevalecido sobre los valores cívicos (J. Feldman, en _Haaretz, 26/02/09). La ventaja comparativa del nacionalismo en términos de movilización de recursos da cuenta de un cierto número de fenómenos que sólo puedo enumerar: la postergación de los problemas cotidianos y las cuestiones sociales (la subordinación de los aspectos de clase y emancipatorios a los etno-nacionales), la sobrerrepresentación de las posiciones radicales, la creación de coaliciones virtuales cruzadas entre halcones colindantes en detrimento de los moderados respectivos o el favoritismo endogrupal que desde la reivindicación del derecho a la diferencia aboca a la diferencia de derechos (a la excepcionalidad étnica implícita en el anatema contra el “café para todos”). Daré unos ejemplos: 1) la erupción de un inflamado patriotismo pesquero hispano-canadiense en la guerra del fletán de la primavera de 1995, 2) la prevalencia de la simbología y el lenguaje del radicalismo abertzale en el conjunto del espectro nacionalista vasco, 3) el criterio para la selección de eventos deportivos noticiables en los medios de comunicación –ilustración de ese nacionalismo banal, imperceptible para las audiencias a pesar de los gritos de energúmenos que a menudo acompasan las hazañas de la tribu, que hace equivaler el interés de un evento al derramamiento de gotas de sudor hispánico–, 4) la recientes protestas de trabajadores británicos bajo el lema Job British Workers Firtst.
4. La movilización de emociones de bajo coste
“Este tesoro de odio que es en ocasiones el único recurso de un pueblo, del que saca en los días de peligro las energías de la salvación suprema, ese odio lo habíamos atesorado durante la invasión”. Así describe Paul de Saint-Victor en 1872 su disposición anímica tras la derrota francesa del año anterior. Concluye Barbares et Bandits con este consejo a los franceses: “para vencer al enemigo sepamos odiarle. Detestar a Prusia es amar a Francia. Este odio no es sino el reverso de amor más grande y más excelso”. El tema de la identidad, que no se ha podido abordar, justifica esta toma de posición categórica, irreconciliable, porque las cuestiones en torno a la identidad no son divisibles (Dahrendorf, Hirschman). Oigamos a Sabino Arana: “un trapo de colores y una línea imaginaria marca el comienzo del odio”. El poder de la retórica nacionalista que inquietaba a Anderson y que hacen del nacionalismo “la ideología más poderosa del mundo” (Barry), su carácter inercial, que subrayaba Kis, encuentran respuesta en el terreno de la psicología colectiva: la ventaja del nacionalismo descansa en su poder para movilizar emociones baratas. El odio es un recurso ilimitado y fácil de explotar, como ilustraba la observación de Bar-Tal. La psicología social ha establecido que el mero trazado de una divisoria desencadena procesos de discriminación. Son las emociones las que explican la relación entre las percepciones y las conductas, las que dan cuenta de la propiedad de profecía autocumplida de los asertos nacionalistas. La enunciación de una amenaza real o ficticia contra el grupo activa el reflejo defensivo. La amenaza es mucho más autovalidante que el deseo porque, como afirma Maaluf en Identidades asesinas, la realidad del miedo es independiente del grado de verosimilitud de la amenaza. De ahí el poder movilizador de lo que denomino retóricas de expoliación (las expresiones inagotables del tópico del destino robado: agravios, irredentismo, complejo obsidional, deudas históricas, mater dolorosa, victimismo, y esa forma insidiosa de reacción, deudora de la falacia de la cultura autógena, que se plasma en el “no nos entienden”, cuando una particular reivindicación no ha sido atendida…). Y sabemos que la más alta resonancia emocional es producto de la activación de los ingredientes autorreferenciales. “La identidad es lo que hace hervir la sangre, lo que hace que la gente cometa actos abominables contra sus vecinos. Es el combustible que utilizan los agitadores para prender fuego a países enteros” (I. Buruma, The New York Review of Books, 11/04/02). La convicción de matar para defender la identidad amenazada protege la buena conciencia de los criminales y de quienes se sienten solidarios de sangre con ellos (Maaluf). Las guerras de religión, las cruzadas históricas o metafóricas son el mejor ejemplo de la movilización de emociones negativas, del poder oscuro del odio sagrado. La violencia nacionalista tiene que ver con el enrolamiento de una afectividad enalbada.
5. ¿Identidades dialógicas?, ¿patriotismos cosmopolitas?
No todos los nacionalismos han sucumbido a la violencia pero buena parte de los episodios más crueles se han cometido bajo sus pendones. La reivindicación de la diferencia presupone una distribución desigual de los bienes morales y una posición privilegiada para el grupo en cuestión. De forma más o menos explícita, las construcciones nacionalistas incorporan una cláusula de preeminencia (elección divina y/o superioridad racial étnica o de otro tipo, excepcionalidad…) como han señalado entre otros A. Smith, B. Cauthen, D. Akenson, F. Halliday, I. Berlin o A. Margalit. Un grupo aspira a distinguirse si está seguro de que lo que postula como privativo es más valioso. De ahí la sobrevaloración de la identidad grupal y de ahí, también, por sus corolarios esencialistas y organicistas, la queja recurrente sobre la pérdida de la identidad (en vez de la expresión más sociológicamente plausible de ‘cambio de identidad’, según observa Appiah). Como escribe Klemperer (LTI) desde la experiencia del fundamentalismo étnico nazi: “Se ha dicho que el ideal humanista preservó a los románticos… de sacar la conclusión lógica de la conciencia de ser, en cuanto germanos, un pueblo elegido. No obstante, la conciencia nacional, sobrecalentada hasta alcanzar el grado de nacionalismo y chovinismo, reduce a cenizas ese escudo protector. El sentimiento de cohesión de la humanidad se pierde del todo; el pueblo propio contiene todo aquello que posee valor real para la humanidad”. La afirmación de la superioridad propia allana el camino para considerar a los demás seres más o menos superfluos.
Como contrapunto a estas derivas se han formulado diferentes propuestas. Taylor nos previene contra las identidades monolíticas y nos invita a preferir identidades dialógicas, postula un patriotismo abierto compatible con el cosmopolitismo. Otros se inclinan por lo que R. Máiz denomina un nacionalismo pluralista. En esa línea Maaluf propone un nuevo concepto de identidad. Pero, como señala Buruma, esas propuestas adolecen de vaguedad y no garantizan la viabilidad de la construcción de discursos no excluyentes desde el anclaje de un paradigma a la postre identitario. Halliday va en la misma dirección cuando recuerda que el nacionalismo no permite lealtades alternativas ni definiciones alternativas de la identidad. (Esto se refleja particularmente en la cuestión de género, un asunto que merece un tratamiento específico y del que sólo puede dejar aquí el botón de muestra de una constatación: las coaliciones de mujeres pacifistas salieron malparadas de los enfrentamientos étnicos yugoslavos, han quedado estranguladas en las tensiones israelo-palestinas recientes y no sobrevivieron al atentado de Barajas que puso fin a la tregua de ETA, me refiero al caso de la coalición transversal vasca Ahotsak). Es la posición que desde el sentido común defiende Claudio Magris al observar que “la identidad sólo es fértil cuando no se piensa en ella”. Estos y otros escollos han alentado la búsqueda de vías alternativas al nacionalismo canónico: arreglos consociacionales, federalismo (v. F. Requejo), lealtades supranacionales (v. C. Ares) como escala hacia el cosmopolitismo, o la superación histórica del nacionalismo (v. X. Aierdi).
Señalé al comienzo la opción por un enfoque normativo inspirado en el programa ilustrado. Vuelvo a ello con una recomendación de Appiah de ecos kantianos: hay que decidir si son las culturas y las naciones o más bien las personas las que merecen respeto, los sujetos de derechos. Glover insiste en esa tesis (en el volumen colectivo The Morality of Nationalism): “Un buen principio ilustrado sería: hay que tratar siempre a las naciones meramente como medios y nunca como fines en sí mismas”. Habría que insistir por tanto en el componente individual ilustrado de la educación frente a la preferencia colectiva por la cultura del romanticismo. En definitiva, los objetivos del nacionalismo no deben ser concebidos como bienes supremos, sino evaluados con el rasero de su contribución al logro de esos valores universales que por simplificar definimos como programa iluminista. Halliday resume este argumento de forma plástica: “Sugeriría que nos preguntáramos quiénes han sido, en las décadas pasadas, los más dignos de nuestro respeto y admiración, quiénes son realmente los héroes del siglo XX. Yo apuntaría que no son quienes sustentaron sus vidas y acciones en los principios del nacionalismo. Los héroes nacionalistas son quienes siguieron el camino fácil. Los grandes héroes son más bien aquellos que tuvieron el valor y la visión suficientes para poner en cuestión las ideas de su tribu y de su nación y, a riesgo de ser denunciados o de consecuencias aún más graves, de defender causas más inclusivas, más universales”. León Felipe lo condensó en dos versos: “poetas, nunca cantemos la vida de un mismo pueblo / ni la flor de un sólo huerto”. Quiero rendir homenaje, en línea con la sugerencia de Halliday, a Mujeres de Negro de Belgrado y de Israel, dos colectivos en sintonía con el espíritu ilustrado, objetoras a las consignas de la tribu identitaria, y que por eso mismo han sido tildadas desde los ‘suyos’ de traidoras, autófobas o brujas, amén de los insultos típicamente machistas que usted ya ha intuido.
Martín Alonso es profesor de Filosofía en el IES de Los Corrales de Buelna (Cantabria).
© Martín Alonso, 2009. Publicado en Crítica, 961 (mayo-junio 2009).