El nacionalismo es, por un lado, un fenómeno socialmente muy variado, del que hay que detectar las “convergencias” que dan razón de lo que es. Y, por otro, es un fenómeno confrontado con mucha frecuencia con prejuicios valorativos cargados emocionalmente, que empujan a moldear las definiciones para acomodarlas a ellos.
Cuando se habla de algo, conviene comenzar en general por definirlo, a fin de evitar confusiones. Pero la tarea puede mostrarse a veces (casi) imposible. Es lo que pasa con el nacionalismo. Por un lado, es un fenómeno socialmente muy variado, del que hay que detectar las “convergencias” que dan razón de lo que es. Y, por otro, es un fenómeno confrontado con mucha frecuencia con prejuicios valorativos cargados emocionalmente, que empujan a moldear las definiciones para acomodarlas a ellos. A pesar de lo cual creo que es necesario el intento de definición, aunque el resultado no sea el de una categoría nítida –por cierto, con sus riesgos de dogmatismo– sino el de un claroscuro que, de todos modos, nos sirva para dialogar. Ese intento tendría que estar presidido por la lucidez respecto a los propios prejuicios (pro o antinacionalistas, pro un nacionalismo frente a otro), así como por la honestidad moral dispuesta a la imparcialidad crítica razonable. El lector juzgará, espero que también con lucidez respecto a sus prejuicios, si he logrado aplicarme mi propia medicina. En cualquier caso, soy muy consciente de que mi definición implica opciones discutibles, que es lógico que se sometan a debate.
Nacionalismo en sentido estricto
Considero oportuno entender por nacionalismo en sentido estricto aquella opción política que: a) defiende expresamente o acepta de buen grado que las naciones son el sujeto decisivo de soberanía política: “derecho a decidir”, “derecho de autodeterminación”; b) legitima, en consecuencia, el objetivo político de construcción y pervivencia de las naciones como entidades soberanas; c) y lo encarna en la afirmación y consolidación política de la nación considerada propia.
Estos rasgos se clarifican con estas observaciones: a) no se incluye en este nacionalismo estricto a aquellas corrientes que, aun denominándose formalmente así, se consideran de hecho autonomistas o regionalistas, esto es, propugnan un autogobierno en territorios vistos como pertenecientes a una unidad mayor de la que no cuestionan la soberanía política última; b) el que el nacionalismo propugne que esta soberanía política reside en la nación a la que se remite, no presupone que quiera vivirla necesariamente en forma de independencia estatal; puede querer ejercerla en marcos de Estados (con)federados, pero a los que da un consentimiento libre que puede retirar; c) en buena lógica, un nacionalista debería aceptar con equidad –respetar e incluso apoyar si es el caso– que lo que quiere para su nación los demás lo quieran para las suyas, pero los nacionalismos que jerarquizan entre naciones, autojustificando estrategias de dominio, también son nacionalistas; d) sobre los modos posibles de ejercicio de la soberanía se habla luego.
El nacionalismo remite a las naciones
El nacionalismo remite, pues, a las naciones. No ya concebidas como meras colectividades humanas definidas por su común ascendencia y por rasgos culturales compartidos –sentido antiguo de nación– sino vistas como entidades políticas estrictas –sentido moderno, tanto en el marco de la ilustración como del romanticismo–. Se trata de entidades ligadas al menos a estos cinco supuestos: a) un territorio que se considera propio –que cabe reclamar cuando lo ocupan extraños–; b) una soberanía política que se ejerce en él –o que se aspira a ejercer cuando hay dominación externa–; c) una conciencia–sentimiento de pertenencia común como connacionales –que el nacionalismo fomenta y de la que se alimenta, delimitando además los criterios de pertenencia–; d) unos rasgos culturales que singularizan la identidad; e) una historia que constituye a la colectividad nacional en sujeto colectivo que asumiendo una herencia se proyecta hacia el futuro.
Es ya tópico señalar que la nación así entendida es autodefinida, autoconstruida, imaginada, por quienes la postulan. Personalmente, prefiero hablar de que es autoconfigurada a partir de elementos sociales objetivos. En cualquier caso, el que sea autodefinida –elemento subjetivo– no supone en sí irrealidad, ni es en sí moralmente negativo: dependerá de cómo se realice la autoconstitución –que, por cierto, está presente en el conjunto de creaciones humanas–. Respecto a esto, hay que dejar constancia de que los nacionalismos han tendido mayoritariamente a ignorar el elemento de construcción contingente de la nación, lo que ha tendido a inclinarles no sólo al esencialismo y perennialismo –éstos sí irreales–, sino a fanatismos violentos; pero en sí no forma parte del nacionalismo asumir este perennialismo –es compatible con la conciencia de la contingencia de las naciones–.
El nacionalismo se dice en plural
Ha quedado ya apuntado que los rasgos con los que acabo de definir a la nación y al nacionalismo pueden vivirse de maneras diferentes, dando lugar a formas diferentes de nacionalismo. Dicho de otro modo, el nacionalismo se dice en plural. Pueden resaltarse en él al menos las variantes siguientes, que presento como “tipos ideales”, esto es, consciente de que en la realidad se dan mezclas y modulaciones diversas.
En primer lugar, cabe distinguir entre nacionalismo culturalista y nacionalismo biologicista. Para el primero, lo que define en última instancia a los connacionales es su pertenencia a una cultura nacional: relativizan de ese modo la ascendencia común, entendiendo que una nación puede tener ascendencias biológicas diversas y haciendo posible tanto la integración de personas con ascendencia diferente (inmigrantes), como la salida de la nación de quienes lo desean. Subraya así el elemento electivo que no hace determinista el elemento adscriptivo inicial ligado normalmente al nacimiento y la primera socialización. El nacionalismo biologicista hablará también de una cultura nacional, pero para él el elemento de adscripción definitiva y permanente es el nacimiento: reforzadamente cuando se remite al ius sanguinis, más flexiblemente cuando se remite al ius soli.
En segundo lugar, centrados en la cultura nacional, podemos hablar de nacionalismos densos o tenues. El primero propugna una cultura nacional densa, insertando en ella cosmovisiones, formas de vida e incluso creencias religiosas que exige a los connacionales como expresión de fidelidad, reduciendo severamente su autonomía. El segundo integra en la cultura nacional los principios y valores presentes en los derechos humanos y define lo específico de la misma con elementos que no obstaculizan las dinámicas fundamentales de la autonomía personal (lengua, historia, ciertas instituciones y costumbres no coaccionantes, etc.); cuando aparecen tensiones –inevitables– trata de afrontarlas en el marco de la indivisibilidad de estos derechos.
En tercer lugar, cabe distinguir entre nacionalismos abiertos y cerrados. El nacionalismo cerrado lo es desde dos puntos de vista: porque tiene criterios rígidos de adscripción a la nación que imposibilitan especialmente toda entrada de “extraños”, pero a veces también salir de ella desde elecciones personales; y porque en los temas de distribución de bienes defiende una solidaridad cerrada, esto es, centrada exclusivamente en los connacionales (puede incluso protagonizar una explotación directa de otras naciones o estimular esquemas internacionales de distribución dolorosamente injustos, aunque los edulcore con ayudas ridículas y arbitrarias). El nacionalismo abierto, en cambio, plantea de modo contrapuesto esos dos puntos de vista: por un lado, asume que desde la elección, poniendo condiciones razonables, resulte posible entrar en la propia nacionalidad y salir de ella; y por otro lado, aunque viviendo una solidaridad específica intranacional, especialmente para proteger lo que le define como nación, está abierto a una solidaridad internacional que busca garantizar a todos los humanos los bienes con los que puedan cubrir dignamente sus necesidades y actualizar sus capacidades.
En cuarto lugar, recordando la característica de la soberanía nacional, hay nacionalismos que propugnan sólo la autodeterminación ad extra, frente a las otras naciones, haciéndola compatible con diversas formas de absolutismo interno del poder político. Otros, en cambio, entienden que la autodeterminación ad extra sólo queda éticamente justificada cuando está acompañada de la autodeterminación ad intra, esto es, cuando los connacionales disfrutan de autonomía personal y desde ella deciden democráticamente.
Extremos positivo y negativo del nacionalismo
El lector ha podido constatar que la precedente clasificación no es meramente descriptiva, sino que tiene un fondo moral. Si agrupamos ahora las distinciones precedentes en dos columnas, una expresando la dimensión moral positiva y otra la negativa o al menos peligrosa, nos aparece este resultado:
Por un lado, tenemos el nacionalismo que se define como culturalista, tenue, abierto, con asunción de autodeterminación ad intra además de ad extra. Se trataría en este caso de un nacionalismo democrático –desde el estrictamente liberal hasta el marcadamente social–, al que repugna la violencia impositiva. A algunos les gusta hablar aquí de nación y nacionalismo cívicos, frente a los que serían étnicos y “por tanto” incívicos. Por mi parte considero más correcto distinguir entre nacionalismo etnocívico y nacionalismo etnoincívico, porque toda asunción de la nación y del nacionalismo tiene una ineludible dimensión étnica (en el sentido de cultural), aunque varíe, cuestión decisiva, el cómo de la misma.
Por otro lado, tenemos el nacionalismo biologicista, denso, cerrado, que reclama la autodeterminación ad extra ignorando o incluso reprimiendo la autodeterminación ad intra. La tendencia al fanatismo, a la exclusión y a la violencia impositiva –al etnicismo incívico– en este nacionalismo es fortísima.
Los nacionalismos realmente existentes se mueven entre los dos extremos positivo y negativo aquí marcados. La variedad, según cómo se combinen las variables de cada columna, es inmensa. Piénsese, por ejemplo, en el nacionalismo quebequés, el de ETA, el catalán, el liderado por Bush o ahora por Obama o el que lideró Gandhi o el representado por Hitler, el dominante en Noruega, el franquista, el de los partidos españoles actuales de implantación estatal, el de ciertos pueblos indígenas –con variaciones entre ellos–, el escocés, el cubano de Castro, el israelí y el palestino en sus variedades, el que ha comandado la división entre Chequia y Eslovaquia y el que ha incentivado la división de la ex Yugoslavia; piénsese en cómo lo nacional actúa en Suiza o en Bélgica o en Georgia, etc., etc. Esto significa que no conviene emitir un juicio de valor generalizado sobre el nacionalismo, porque en él anidan tanto fuerzas constructivas como destructivas: el juicio de valor habrá que emitirlo sobre cada nacionalismo concreto y en cada momento histórico concreto.
De todos modos, a la vista de los graves y muy reales riesgos de las versiones negativas del nacionalismo, puede defenderse no tanto elegir el buen nacionalismo frente al malo, cuanto elegir la superación del nacionalismo, postulando algún modo de postnacionalismo (a la manera de Habermas y otros). No me toca entrar aquí en esta cuestión. Simplemente me limito a indicar que puede resultar muy conveniente y fecundo avanzar más en un diálogo realmente abierto que tenga como referencia, a la vez, la realidad –sin olvidar nunca a las víctimas– y los criterios de ética política, entre quienes defienden estas propuestas y quienes piensan que, al menos en la actual situación de conciencia política dominante en los colectivos humanos, lo que corresponde es purificar moralmente el nacionalismo, hasta situarlo, incluso, en el horizonte «cosmopolita» –sin que deba verse en ello una contradicción–.
Distinguir entre sentimiento y comportamiento
Probablemente, los protagonistas de algunos de los ejemplos concretos de nacionalismo que he citado antes protestarían, por entender que no se encuadran en él, que no son nacionalistas. Para aclarar esta cuestión propongo distinguir entre sentimiento y comportamiento y, dentro de éste, entre comportamiento de consentimiento pasivo y comportamiento de elección directa y explícita. Apoyándonos en esta distinción, podemos abrir una nueva vía para la tipificación de los nacionalismos, en la que aparecen los que llamaría nacionalismo fáctico, latente-tranquilo y combativo.
El nacionalismo en su sentido más estricto es el nacionalismo combativo, el que persigue de modo explícito la consolidación de la nación y va acompañado de una manifiesta y no negada carga emocional –sentimiento de pertenencia–. Esta carga: a) puede adquirir grados diversos de intensidad; b) caben en ella expresiones diferentes respecto a los miembros de otras naciones –desde la empatía hasta el odio–; c) puede ser priorizada de modo unilateral en la construcción de la identidad personal –identidades simples nacionalistas– o articulada con otros sentimientos de pertenencias políticas y no políticas –identidades complejas–. El nacionalismo combativo se hace manifiesto cuando se percibe a la nación en proceso de construcción o amenazada, o cuando se le asigna una “misión” de dominio hacia el exterior. El que haya tantas variables posibles nos muestra que este nacionalismo combativo sólo será legítimo e incluso fecundo cuando: a) respeta los criterios de justicia en sus relaciones con los demás; b) fomenta una adecuada política de los sentimientos que hace que éstos sean vividos con formas positivas, con intensidades moderadas y con enmarques en identidades complejas.
En segundo lugar, está el nacionalismo que he llamado latente–tranquilo. Es el que suele vivirse en situaciones de estabilidad consolidada de la nación: los ciudadanos y las instituciones se mueven en ésta como el pez que moviéndose en el océano “ignora” que está en él. Que a pesar de todo hay apuesta por la nación, que incluso hay sentimiento nacionalista fuerte –aunque en el nivel preconsciente–, se hace patente cuando surge un conflicto que afecta a la nación. Entonces lo dormido se hace manifiesto y se pasa incluso al nacionalismo combativo, con las variables que he contemplado para éste.
Por último, tendríamos el nacionalismo fáctico, el implicado en un comportamiento ciudadano de tal tipo que de hecho afianza las tesis nacionalistas a favor de una nación concreta, aunque no se haya hecho una elección explícita a favor de ello y aunque no se vivan sentimientos especiales de pertenencia. Las motivaciones pueden ser múltiples: desde la pura conveniencia personal, al desapego motivado por las miserias de la referencia nacional. Y quizá convendría hablar más de colaboración fáctica con el nacionalismo que de nacionalismo fáctico. En cualquier caso, lo que pretendo resaltar es que propiamente sale del nacionalismo –deja de ser nacionalista en sentido estricto– aquél que tiene un comportamiento activo para acabar con el privilegio de las naciones en la configuración de lo político, no aquél que acepta con desinterés el actual statu quo, decisivamente nacionalista en la realidad mundial actual.
Para detectar estas formas de nacionalismo, un test muy adecuado es el de nuestra postura frente a la inmigración. Cuando nos parece normal que un ciudadano andaluz emigre a Madrid sin ningún control, mientras que consideramos legítimo controlar la entrada de un marroquí a Andalucía y reconocerle luego sólo ciudadanía parcial si le admitimos, estamos asumiendo de hecho la perspectiva nacionalista. Aunque quepan sus tres modalidades.
Naciones en intersecciones conflictivas
Las consideraciones precedentes nos muestran que el tema de la nación y los nacionalismos es complicado incluso presuponiendo naciones claramente delimitadas. Pero todo se complejiza mucho más cuando tenemos presente que lo que existe dominantemente son “naciones en intersecciones conflictivas”, ámbitos territoriales y poblacionales disputados por varias conciencias nacionales abiertas a pretensiones de soberanía última, en formas variadas y a veces muy complicadas.
Esto supone conflictos ciertamente delicados, abiertos a la posibilidad de la violencia. De los conflictos se dice que es importante que se resuelvan con estrategias no de suma cero (uno gana y otro pierde) o de suma negativa (pierden ambos), sino de suma positiva (ganan los dos). Cuando el conflicto es de recursos, es negociable, caben cálculos de reparto que den suma positiva. Cuando es conflicto de identidades, se nos presenta a priori como no negociable, como no sujeto a repartos que supondrían la negación de la identidad de alguno. La gran tentación es entonces idear estrategias de suma cero (yo gano, tú pierdes) –pueden ser violentas e ilegítimas, pero también democráticas y legítimas–, con las correspondientes frustraciones para el perdedor. Ante ello hay que reconocer que es difícil encontrar estrategias de resolución que impliquen suma positiva (que suele pedir no tanto “resolver” cuanto “transformar” el conflicto), aunque personalmente considero que las hay. De todos modos, no me toca entrar aquí en esta cuestión decisiva. Me limito, por eso, a apuntarla y a formular el deseo de que avancemos consensuadamente en la teoría de la democracia y en los contenidos del Derecho internacional para estas situaciones, de modo tal que se muestren adecuados para afrontar pacífica y justamente esta conflictividad en sus diversas variedades
Xabier Etxeberria es catedrático de Ética de la Universidad de Deusto.
© Xabier Etxeberria, 2009. Publicado en Crítica, 961, 20-24 (mayo-junio 2009).