A raíz del último atentado de ETA, el autor se duele de «la cultura concebida desde la exclusión, desde la negación de una realidad plural y diversa, desde el arrinconamiento cómplice del universo de relaciones que cohabitan en el interior de la misma cultura vasca, que construye y cambia su identidad cada minuto que pasa»

Las culturas tienen enemigos peligrosos, esto es más que evidente, pero ninguno tan fulminante como su propio etnocentrismo trasladado a límites que pueden rozar la paranoia.

La bomba que ha destrozado una parte importante de la sede de EITB (muy cerca se localizan también otros muchos medios de comunicación) es la última demostración de este fanatismo necrófilo; posibilidad destructiva que ya se podía vislumbrar en el último comunicado de la banda publicado en el diario ‘Gara’. Después de repasar en profundidad el mencionado panfleto, ésta sería una de las conclusiones a las que podríamos llegar: El nacionalismo desbocado de un grupo, que en sus orígenes tuvo unas aspiraciones justificadas en el deseo de no ver aniquilada su propia identidad como pueblo, se ha convertido en acción asesina contra quienes no forman parte de su proyecto étnico-cultural. No deseo en este momento detenerme en el componente socialista de esa supuesta ideología, puesto que considero absolutamente demostrada la incompatibilidad de la primigenia filosofía internacionalista, inherente al socialismo, con la concepción neofascista que se hace de la cultura vasca como bloque único y monolítico sin posibilidades de mestizaje o interacción desde otros parámetros lingüísticos o de identidad.

Estos talibanes vascos conciben la vasquidad como una abstracción que separa al sujeto de su entorno plural, para recolocarlo en el lugar elegido por ellos, el único lugar posible, el espacio del ser vasco. Esta visión egocéntrica y excluyente de la identidad vasca es la que permite otorgar al que no es portador de los marcadores étnicos exigidos la consideración de inferior, incluso de infrahumano; con lo que su destrucción, sea ésta física o social, no es una gran pérdida para el grupo corporativo, que es en realidad en lo que se convierte automáticamente la comunión vasca auténtica. Esa comunidad, uncida por una cierta unidad de destino en lo universal, que decide que la llamada ‘Y’ vasca es una opción del imperialismo español para conquistar a los idílicos Asterix y Obelix vascongados, y que por lo tanto debe atentar contra la vida y los bienes de los empresarios adjudicatarios de las obras; o que EITB no favorece la construcción nacional vasca, que desde su visión reduccionista de la cultura ha de estar sólo al servicio de la gran Euskal Herria.

La alteridad o la diferencia, para estas mentes distorsionadas, es vista como un ‘no-yo’, como algo absolutamente ajeno, extraño y peligroso; es en definitiva lo contrario, la oposición total e irreconciliable al yo.

Tan sólo desde esta perspectiva, que necesitaría para su neutralización además de medidas policiales asistencia psiquiátrica, se puede valorar todo este estúpido horror.

Decían nuestros sicarios locales que Josu Jon Imaz representa la línea más españolista de este pueblo, olvidando estos avezados analistas que en determinadas ciudades y provincias, podríamos poner por ejemplo Álava, deberían fusilar en las cunetas a más del 75% de la población, por ser de facto enemigos de su concepción de pueblo vasco y portar, sin aparentes problemas, al menos dos identidades. Imagino que el hecho de que la radio y la televisión pública vascas tengan programas en castellano, el que muchos de sus tertulianos no sean abertzales y el que no inicie sus telediarios con el canto del Eusko Gudariak sobre el fondo verde de los prados en los que ondea el ‘arrano beltza’ ya los hace merecedores de los ataques de la mafia local. Pues esto es realmente en lo que se está convirtiendo aquel movimiento con el que durante los años setenta tuvimos cierta comprensión, desde el restablecimiento de la democracia sus acciones llevan tan sólo esa dirección: convertirse en la ‘onorata societá’ vasca.

Precisamente la ‘cosa nostra’, como nos aclara perfectamente Giussepe Carlo Marino, surge como un movimiento de liberación contra los abusos de los caballeros templarios expulsados por Saladino de Jerusalén. Con el paso del tiempo ese movimiento va degenerando para convertirse en el horrible grupo de asesinos sanguinarios que han sumido a Sicilia y amplias partes de Italia en la ley del silencio, la ‘omertá’, introduciendo la corrupción y el miedo que desde hace décadas está socavando la economía y la credibilidad de la otrora pujante Italia.

Y así, con un comunicado similar al que reivindicó hace poco el cobarde asesinato de Azpeitia, reivindicarán también esta gloriosa y valiente acción que nos hace hoy un poco más libres.

Decía M. Batjin que para vivir es necesario ser inconcluso, abierto a todas las posibilidades y fundamentalmente receptivo a los diferentes. Es en ese debate dialógico donde se produce enriquecimiento, es en contacto con la otredad y con su aceptación donde se erige mi yo verdadero. De allí que eso a lo que llamamos identidad deba entenderse como un fenómeno de frontera, como algo que ocurre en el umbral de intersección entre el yo y el otro, en el encuentro exotópico con la realidad.

Quienes no efectúen ese ejercicio de empatía y de puesta en el lugar del otro jamás podrán acercarse a una perspectiva real de la propia cultura. Estarán, simplemente, ensimismados y reducidos por su mismidad.

La mismidad vasca. La que no acepta deserciones en su cosmovisión del grupo. La que no categoriza como perteneciente al espacio del nosotros a quien no pertenece a la comunión abertzale. La misma mismidad. La misma que Batjin describió como «fragmentos de identidad lanzados sobre el otro».

La cultura concebida desde la exclusión, desde la negación de una realidad plural y diversa, desde el arrinconamiento cómplice del universo de relaciones interculturales que cohabitan en el interior de la misma cultura vasca, que construye y cambia su identidad a cada minuto que pasa.

Maldito sentimiento de identidad ensimismada y cerrada. Metralla de mismidad, balas de mismidad, las mismas que se llevaron por delante la vida de Ignacio Uria Mendizabal, las mismas que este fin de año han destrozado la sede de la televisión de todos.

Desde mi humilde condición de invitado ocasional de ETB 1 en Miramón desde hace ya tres cursos, un abrazo solidario a todos los trabajadores y directivos de la cadena pública vasca. Los mismos que consiguen programa tras programa que yo, entre ellos, me encuentre como en mi propia casa.

Jesús Prieto Mendaza es antropólogo, profesor colaborador de las universidades de Deusto y Salamanca y colaborador de Bakeaz

© Jesús Prieto Mendaza, 2009. Publicado en El Correo, 02 de enero de 2009.

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