Entre los intelectuales analizados en el ‘Primer Encuentro sobre memoria y víctimas del terrorismo’ celebrado estos días en Bilbao, el testimonio de Primo Levi nos ha permitido reflexionar, desde lo trágico de su vida y de su muerte, sobre el horror que supuso el exterminio de tantos inocentes durante el régimen nazi. Su alegato lo es contra la injusticia, contra la vergüenza, contra la pasividad de todo un pueblo. A pesar de ello, Primo Levi deja una puerta abierta a la piedad.

En la introducción del libro ‘Los hundidos y los salvados’, Levi se refiere a las matanzas nazis como de unas proporciones y crueldad exageradas, tanto es así que los alemanes tendían a rechazarlas por su propia enormidad. El pueblo alemán suponía lo que estaba ocurriendo, pero tan sólo pensarlo producía un dolor horrible; su mecanismo de defensa fue ignorarlo, negar su propia existencia.

Este mismo argumento lo hemos visto repetido durante más de tres décadas de violencia terrorista en el País Vasco. Muchas personas han mirado para otro lado y han justificado, minimizándolo, el horror y la sangre. “¡Bah! No es para tanto, eso son exageraciones. Aquí se vive muy bien, si no te metes en líos aquí no sufre nadie. ¡Que no se metan!”

En sus textos, Primo Levi hace un concienzudo análisis sobre estas consideraciones extendidas entre el pueblo alemán. Y lo cruel para mí, como vasco, es encontrar analogías con la situación de mi país. Si bien es cierto que en este momento las víctimas del terrorismo ven reconocido su sufrimiento, no lo es menos que todavía significativos sectores de la ciudadanía vasca pretenden compaginar ese reconocimiento a su condición de víctimas con cierta justificación de los victimarios al categorizarlos como agentes inmersos en una lucha, equivocada, pero lucha al fin y al cabo, contra el Estado español.

Las víctimas de cualquier conflicto son quienes mueren, quienes ven destrozada su familia, quienes deben superar difíciles procesos de duelo (en el País Vasco en muchas ocasiones rodeadas de situaciones de sangrante impunidad por parte de los causantes del horror y de sus afines ideológicos), y quienes, llegado el momento, han de afrontar procesos de reconciliación e incluso de perdón para con sus victimarios. Lamentablemente, y dependiendo de conveniencias económicas o políticas, las víctimas de ETA han sufrido su proceso de duelo en el ámbito privado, en silencio, y en la mayoría de ocasiones marcadas por el estigma.

No han sido agentes sociales públicos, pues no convenía a las políticas de socialización del país. Las víctimas han sido categorizadas durante décadas como seres desviados, no eran del grupo, por lo tanto se reducían a seres devaluados o menospreciados. Su actividad, fundamentalmente su llanto, debía reducirse a los ámbitos privados pero nunca podía ser pública.

Levi nos recuerda, acusador, la posición de la población alemana que sospechaba lo que ocurría con los judíos pero que no quiso implicarse activamente en su defensa. La propaganda nazi había hecho bien su trabajo. A las víctimas previamente se les había despojado de su condición humana. Se procuraba que sufrieran lo que Vercors denominaba ‘la muerte del alma’. En Euskadi durante décadas hemos convivido con este mismo fenómeno. La posible víctima era hostigada, se la insultaba llamándola española o fascista (es curioso cómo en esta tierra se aplica el término fascista por parte de quienes se comportan como totalitarios, es decir, por parte de los verdugos a quienes serán sus víctimas), se pintaba su nombre o una diana en su portal, se realizaban concentraciones frente a su despacho laboral o delante de su domicilio. Así hasta que finalmente era asesinada. Incluso después de muerta, se profanaba su tumba o se gritaba a sus allegados, riéndose de ellos. El ejemplo del grito “¡Ordoñez jódete!” es una impresionante muestra de ello.

Josu Elespe, hijo de un asesinado nos aporta esta reflexión: “Sirva como ejemplo la actuación de los parlamentarios vascos cuando se cerró el Diario Egunkaria. Una gran mayoría de parlamentarios aparecieron en sus asientos leyendo ese periódico en solidaridad con los trabajadores. Pero no nos engañemos, no hicieron lo mismo con el Diario Vasco cuando mataron a Oleaga o con El Mundo cuando asesinaron a López de Lacalle. Les afectó más, se sintieron más cercanos con el cierre de este periódico que con el asesinato de dos personas”.

En no pocas ocasiones, ‘un atributo’ que sirve para ‘estigmatizar’ a un tipo concreto de poseedor puede confirmar la más absoluta normalidad en otro. Así el hijo de un periodista asesinado por ETA puede sufrir risas, insultos o desprecio de sus compañeros de clase. Por el contrario el terrorista que asesinó a su padre será alabado en los comentarios de recreo como un héroe, su fotografía adornará las pancartas que se cuelguen en las fiestas y al regresar al pueblo será recibido con vítores y nombrado hijo predilecto. La misma crueldad compartida que nos define Levi: “[…] la verdad es que la escasa difusión de la verdad sobre los ‘lager’ constituye una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán, y la demostración más clara de hasta qué grado de vileza lo había reducido el terror hitleriano. Una vileza que se había convertido en hábito, tan profunda que impedía a los maridos hablar con sus mujeres, a los padres con sus hijos. Vileza sin la cual no se habría llegado a las mayores atrocidades, y Europa y el mundo serían hoy distintos”.

Fueron tratadas como apestados, como parias que no merecían ser nombrados. Fueron muertos invisibles y silenciados en una sociedad rica, opulenta y orgullosa de su grado de bienestar y de desarrollo; en la que quienes hemos vivido con comodidad no hemos sido los más beligerantes con el horror.

Las víctimas a través de sus narrativas nos hablan de memoria, de superación del dolor y de deseos de justicia, entendida ésta en su sentido plenamente democrático. Se trataría de recuperar algo preciado como es su dignidad, dignidad que al ser recuperada no hace sino evidenciar la indignidad de los victimarios.

Éste debe ser nuestro objetivo, nuestro esfuerzo y también, no lo olvidemos, el cimiento ético sobre el que, un día, podrá erigirse el perdón.

Me uno al deseo elevado por Primo Levi, “¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros para que en este mundo preñado de amenazas, ésta [la pasividad y la falta de compromiso ante el horror], al menos, desaparezca?”

Jesús Prieto Mendaza es antropólogo, profesor colaborador de las universidades de Deusto y Salamanca y miembro de Bakeaz.

© Jesús Prieto, 2009; © Bakeaz, 2009. Publicado en El Correo, 24 de abril de 2009.

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