Israel celebra esta semana el sesenta aniversario de su independencia. Los palestinos, mientras tanto, rememoran la ‘nakba’: la catástrofe que significó la pérdida de sus tierras, la expulsión de dos de cada tres personas de sus hogares y la completa destrucción de su sociedad. Han pasado ya sesenta años, pero ningún atisbo de esperanza se vislumbra en el horizonte a pesar de que las negociaciones, tan habituales como improductivas, prosiguen su camino.

Durante décadas, los gobiernos israelíes repitieron hasta la saciedad que no existía un interlocutor palestino con el que negociar. Antaño, los palestinos sencillamente «no existían», como categóricamente señaló Golda Meir. Cuando no se pudo ocultar durante más tiempo la evidencia, pasaron a ser tachados por Menahem Begin de «terroristas y nazis», lo que evitaba la enojosa tarea de reconocer al enemigo y negociar con él.

Aunque frecuentemente se tiende a pasar por alto, los dirigentes palestinos, tanto de los Territorios Ocupados como de la diáspora, pusieron sobre la mesa decenas de iniciativas de paz desde la guerra de los Seis Días. Ya en 1968 el entonces alcalde de Hebrón, Muhamad Ali al-Yaabari, ofreció a David Ben Gurion el reconocimiento de Israel a cambio de la aplicación del Plan de Partición de las Naciones Unidas, que preveía el establecimiento de un Estado palestino que conviviese pacíficamente con Israel. Poco después, un grupo de notables se comprometió ante Moshe Dayan a aceptar las conquistas territoriales judías en la guerra de 1948 a cambio de un Estado sobre Gaza y Cisjordania con Jerusalén Este como capital.

Iniciativas similares siguieron planteándose en los años siguientes, pero fueron indistintamente descartadas por los gobiernos israelíes que, independientemente de su signo, coincidieron en la necesidad de marginar al actor palestino y crear una serie de hechos consumados para evitar el surgimiento de un nuevo estado entre Israel y Jordania. A pesar de sus diferencias, tanto el Partido Laborista como el Likud (y ahora su híbrido Kadima) defienden un sionismo a ultranza que busca anexar la mayor cantidad posible de territorio palestino. No es de extrañar pues que, en el pasado, unos y otros descartasen cualquier eventual retirada y, en el presente, se empecinen en colonizar cuanta más tierra mejor. También los partidos ultraortodoxos y ultranacionalistas son reacios a una devolución del territorio por considerar, tal y como afirmara un célebre rabino en 1967, que «Dios nos ha dado esta tierra y, en consecuencia, quienquiera que intente expulsar a los judíos de ella es un enemigo de Dios y debe ser castigado como corresponde», amenaza que llevaron a la práctica con el asesinato de Isaac Rabin en 1995.

Mientras que el actor palestino fue inclinándose progresivamente por la negociación (entre otras razones por su derrota militar tanto en el Septiembre Negro como en la guerra civil libanesa), los partidos sionistas israelíes se aferraron al sueño del Gran Israel (crecidos por su fortaleza militar y por el inquebrantable respaldo estadounidense). En la Declaración de Argel de 1988, todas las formaciones de la OLP aprobaron un plan de paz basado en la construcción pacífica de un Estado palestino sobre el 20% del territorio y la aceptación de un Israel sobre el restante 80%. La respuesta no se hizo esperar e Isaac Shamir consideró que «la convención de las organizaciones terroristas de Argel reiteró sus posiciones básicas: continuar el terrorismo y destruir a Israel».

Aunque es cierto que en la década de los noventa se acarició la posibilidad de un compromiso histórico, lo cierto es que nunca se venció la tradicional desconfianza que israelíes y palestinos se profesaban mutuamente. Cuando Ehud Barak, entonces primer ministro, fue incapaz de vender el esquema autonómico de Oslo como una independencia en Camp David, se apresuró a acusar a los palestinos de ser el producto de una cultura en la cual «decir mentiras no es inapropiado. Al contrario que en la cultura judeo-cristiana, en la que mentir causa sufrimiento, la verdad es vista por ellos como algo irrelevante».

No pocos analistas internacionales aprovecharon el fracaso de Camp David para desempolvar la célebre frase del antiguo canciller Abba Eban: «Los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad», que resumía en pocas palabras uno de los mitos más extendidos del conflicto de Oriente Medio. Mucho más tajante, Ariel Sharon manifestó tras los atentados del 11 de septiembre: «No hay ni un solo palestino que tenga la capacidad y la valentía necesaria para negociar. Por eso no habrá negociaciones con los palestinos sobre cuestiones políticas». Partiendo de estas premisas, no debe extrañarnos que la paz siga siendo inalcanzable.

Hoy en día, los partidarios de la paz son conscientes de que existen en ambas sociedades importantes focos de resistencia a cualquier solución negociada. Consideran, además, que la actual repartición de fuerzas impide la conclusión de un acuerdo mínimamente equilibrado, por lo que interpretan que las conversaciones entre Ehud Olmert y Mahmud Abbas están condenadas al fracaso. Debe tenerse en cuenta, también, que ninguno de los contestados líderes carece del margen de maniobra necesario para alcanzar un acuerdo antes de que George W. Bush abandone la Casa Blanca, tal y como acordaran en la Cumbre de Anápolis. Mientras Olmert es investigado por diversos casos de corrupción, Abbas parece haber malgastado su capital político, toda vez que la agresiva colonización se intensifica mientras las condiciones de vida de la población se deterioran hasta extremos difícilmente imaginables, en especial en Gaza. Así las cosas, sólo los vendedores de humo o los ilusionistas siguen repitiendo, sin el menor atisbo de rubor, que la paz está a la vuelta de la esquina.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2008; © Bakeaz, 2008.
Publicado en El Diario Montañés, 19 de mayo de 2008;
Las Provincias, 21 de mayo de 2008;
La Verdad, 22 de mayo de 2008.

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