La relectura de la Declaración de las Azores, a cinco años vista, da cuenta de la magnitud del despropósito de la intervención norteamericana en Irak. En dicha cumbre, los presidentes George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar coincidieron en que «la negativa de Sadam Hussein a cumplir las resoluciones del Consejo de Seguridad, que exigían el desarme de su capacidad nuclear, química y biológica y de sus misiles de largo alcance» les daba carta blanca para invadir el país. Para hacer más digerible esta ‘guerra preventiva’, la ofensiva bélica se acompañaba de cierto filantropismo: «El pueblo iraquí merece quedar libre de la inseguridad y la tiranía» para «disfrutar de libertad, prosperidad e igualdad en un país unido» y con un gobierno que «garantice el respeto de los derechos humanos y el Estado de derecho, como piedras angulares de la democracia».
Cinco años después de su invasión, Irak sigue lejos de ser un lugar seguro, como a diario nos recuerdan los kamikazes que se inmolan dejando tras de sí un reguero de muertos. Si hay algo en que coinciden todos los iraquíes, independientemente de su etnia o confesión, es que el precio pagado por enterrar a la tiranía baazista ha sido demasiado elevado. No existe un consenso en torno al número de víctimas iraquíes, aunque probablemente oscile entre los 151.000 estipulados por la Organización Mundial de la Salud y los 650.000 cifrados por la revista científica ‘The Lancet’. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, la limpieza étnica desarrollada en varios puntos de la geografía iraquí no tiene parangón en la historia reciente de Oriente Medio: cuatro millones y medio de personas (de una población de 27 millones) se han visto obligados a abandonar sus hogares, convirtiéndose la mitad de ellos en desplazados internos y la otra mitad en refugiados en los países vecinos (principalmente en Siria y Jordania).
Junto con la existencia de armas de destrucción masiva, el otro señuelo que la Administración de Bush ofreció a la comunidad internacional para que secundara su aventura imperial fueron los supuestos vínculos entre Irak y Al-Qaida. De hecho, la Declaración de las Azores afirmó: «Combatiremos el terrorismo en todas sus formas. Irak no debe volver a convertirse en refugio para ningún tipo de terroristas». Más bien ha ocurrido todo lo contrario, puesto que el régimen laico de Sadam Hussein había logrado impermeabilizar sus fronteras al fenómeno yihadista. Al albur de la intervención americana, Irak se ha convertido en un nuevo Afganistán al que acuden miles de yihadistas de todos los confines de la ‘umma’ para combatir a los ‘nuevos cruzados’ (según la terminología utilizada por el ideólogo de Al-Qaida, el egipcio Ayman Al-Zawahiri). A esta ‘yihad’ global, así como a la acción de los focos de resistencia baazistas, se debe el elevado número de víctimas entre las tropas de ocupación. Según el ‘Iraq Coalition Casualty Count’, 4.000 soldados americanos han perdido la vida en estos cinco años (a los que habría que sumar otros trescientos efectivos de la coalición internacional –incluidos once españoles–) y otros 30.000 han resultado heridos de diversa consideración.
El coste material de la ocupación militar también ha sido elevado. Según Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, estos cinco años de posguerra han costado dos billones de dólares a las arcas americanas. A la hora de evaluar las dificultades que atraviesa la economía estadounidense, al borde de la recesión según diferentes análisis, no debe pasarse por alto la incidencia de este elemento. En esta desalentadora coyuntura, los únicos beneficiados de la ocupación parecen ser precisamente los principales aliados del actual inquilino de la Casa Blanca, es decir, el sector petrolífero (el petróleo ha pasado de 26 dólares en 2003 a los 110 actuales), el complejo armamentístico (la ayuda militar norteamericana a la región superará los 65.000 millones de dólares en la próxima década) y el ‘lobby’ israelí (que ha logrado impulsar la colonización israelí del territorio palestino).
La situación es tan caótica que la propia supervivencia de Irak como Estado está en tela de juicio. La amplia autonomía de la que goza el Kurdistán iraquí se debe en gran medida al decidido apoyo prestado por Estados Unidos desde la década de los noventa, cuando estableció una zona de seguridad al norte del paralelo 36 protegida por su propia aviación. Hoy en día, el Kurdistán iraquí se ha convertido en un Estado dentro de un Estado: goza de plena autonomía dentro del nuevo marco federal y pretende explotar sus propios recursos petrolíferos. El separatismo kurdo no sólo inquieta a la población chií y suní, sino que también alarma a los países vecinos que, como Irak, acogen a importantes comunidades kurdas (especialmente relevantes en Turquía, pero también en Irán y Siria).
El proceso de desintegración en el que se halla inmerso Irak es terreno abonado para la rumorología, que, además, se ve alimentada por ciertos ejercicios de política-ficción de alta peligrosidad. Uno de ellos, aunque no el más reciente, es el artículo que el teniente coronel en la reserva Ralph Peters publicó en junio de 2006 en el ‘Armed Forces Journal’ con el expresivo título «Fronteras de sangre. ¿Cómo sería un Oriente Medio mejor?», en el que abogaba por instaurar un vasto Kurdistán Libre, así como por redibujar las actuales fronteras de Oriente Medio, establecidas por franceses y británicos en la época de entreguerras, siguiendo estrictamente criterios confesionales y étnicos, algo que desencadenaría un terremoto de incalculables consecuencias para la región.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2008; © Bakeaz, 2008. Publicado en El Correo, 20 de marzo de 2008.