La escena palestina se encuentra cada vez más cerca del abismo. El hecho de que un día se hable de la formación de un gobierno de Unidad Nacional y al día siguiente se advierta sobre el eventual estallido de una guerra civil así lo demuestra. La principal razón que explica la anarquía que impera en los Territorios Ocupados es la desesperación creciente ante el estrangulamiento que padece la Autoridad Palestina tras el ascenso al poder de Hamás. Desde entonces, la comunidad internacional ha congelado la transferencia de fondos al Ejecutivo islamista, lo que ha vaciado las arcas palestinas, y ha situado al borde del colapso a la sociedad en su conjunto. Baste recordar que los cerca de 150.000 funcionarios, mayoritariamente vinculados a Fatah, llevan seis meses sin percibir sus salarios, hecho que coloca en una situación de extrema vulnerabilidad a más de medio millón de personas que dependen directamente de sus ingresos. Si a esta circunstancia le añadimos el férreo cierre impuesto a los territorios palestinos, aislados del exterior y encerrados tras el muro de separación, entonces podemos hacernos una idea de la gravedad de la situación.
A medida que pasa el tiempo, es cada vez más evidente que las dos grandes formaciones palestinas están perdidas en un laberinto. Hamás, que en enero logró una abrumadora victoria en las urnas, no ha conseguido cumplir sus promesas electorales ni tampoco mejorar la situación de la población. Todo parece indicar que las rentas de las que vive, fruto de diez años de pertinaz oposición al proceso de paz, están a punto de agotarse, y que existe un creciente malestar ante su incapacidad para salir del callejón sin salida en el que ha metido a la cuestión palestina. La organización islamista no lo tiene fácil, ni mucho menos. Si continúa dando muestras de pragmatismo (incorporación al juego político, participación en las elecciones y mantenimiento de la tregua, a excepción del secuestro del soldado Shalit), todo invita a pensar que, tarde o temprano, caerá en la tela de araña tejida por Israel. Una eventual aceptación de las tres condiciones impuestas por la comunidad internacional –abandono del terrorismo, reconocimiento de Israel y aceptación del marco de Oslo– podría aliviar parcialmente la situación y favorecer el retorno de la comunidad internacional a la zona, aunque también tiene sus riesgos, puesto que Israel, como ya hiciera con Fatah en los últimos años de vida de Arafat, exigirá una nueva batería de concesiones –detención de presuntos terroristas, desarme de las milicias y abandono de sus credenciales islamistas para empezar– como paso ineludible para valorar una eventual reanudación del proceso de paz. En el caso de que decida, como ha hecho hasta ahora, exigir cierta reciprocidad –reconocimiento de Israel a cambio de la aceptación israelí de un Estado palestino independiente–, se encontrará con el boicot de una comunidad internacional que pretende, a toda costa, hacer fracasar el proyecto islamista y volver a la situación en la que Fatah mantenía el monopolio de la política palestina.
Este análisis, que comparten varias cancillerías europeas, pasa por alto que tampoco Fatah tiene la capacidad, por sí sola, de cambiar las tornas. A lo sumo, un retorno de Fatah al poder, bien como parte de un gobierno de emergencia o después de la celebración de elecciones anticipadas, conseguiría apaciguar la situación durante algunos meses y mejorar ligeramente las condiciones de vida de la población, aunque tarde o temprano las diferencias entre dos proyectos políticos antagónicos volverían a aflorar y se oiría hablar de nuevo de guerra civil. Lo que parece no comprender la comunidad internacional es que la piedra angular del problema es la ocupación israelí y su pretensión de colonizar la mayor cantidad posible de territorio antes de que se vea abocada a aceptar una solución definitiva. Esta política de ‘hechos consumados’ se viene aplicando desde hace cuatro décadas, tiempo en el cual los gobiernos israelíes, independientemente de su orientación política, siempre han echado balones fuera, planteando más y más demandas a los palestinos con el pretexto de alargar ‘sine die’ la negociación sobre el futuro de los Territorios Ocupados.
La estrategia de la Administración de Bush no difiere demasiado de la planteada por los estrategas israelíes. Aunque pretende evitar el estallido de una nueva intifada que desestabilice aún más la región y que complique todavía más la traumática posguerra iraquí, lo cierto es que su aproximación al problema se centra en las cuestiones de seguridad y en la lucha contra el terrorismo. Al considerar que una implicación diplomática norteamericana podría contribuir a reforzar a Hamás, la Casa Blanca ha apostado por una estrategia de contención y apaciguamiento: mejora paulatina de las condiciones de vida de la población palestina y canalización de las ayudas internacionales a través de la Presidencia de la Autoridad Palestina, lo que, al menos en teoría, debería ayudar a Mahmud Abbas y a su partido Fatah a recobrar el terreno perdido en estos últimos años. Como ocurriera en Irak y Líbano, Bush podría estar apostando de nuevo por el caballo perdedor, ya que no tiene en cuenta que, en la actualidad, cualquier signo de dependencia de Washington puede ser interpretado como una muestra de debilidad y, en consecuencia, convertirse en un regalo envenenado para el presidente palestino.
Antes de que sea demasiado tarde y la situación llegue a un punto de no retorno, la Unión Europea debería tomar cartas en el asunto, distanciándose de Estados Unidos si la situación lo requiriese. La improductiva Hoja de Ruta, aprobada en 2003 tras meses de arduas negociaciones entre los miembros del Cuarteto, tan sólo fue un intento norteamericano de cortocircuitar cualquier iniciativa diplomática europea. Bruselas no puede continuar por más tiempo intentando que Washington asuma una posición más equilibrada ante el conflicto palestino-israelí; de lo contrario, terminará pagando también en Palestina los platos rotos de la doctrina ‘neoconservadora’, como ya hace en Afganistán y Líbano.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006. Publicado en El Correo, 25 de octubre de 2006.