La Administración de George W. Bush parece estar dejando atadas y bien atadas las cosas ante la cada vez más probable derrota republicana en las elecciones de 2008. Esto es al menos lo que se desprende de las decisiones adoptadas en el curso de los últimos meses, marcadas por la urgencia y por la necesidad de contentar a los principales aliados del actual inquilino de la Casa Blanca: el sector petrolífero, el complejo militar y el ‘lobby’ sionista.
Con el precio del barril de crudo superando con creces los 75 dólares, el sector petrolífero ha sido uno de los más beneficiados por la guerra de Irak. Aunque si bien es cierto que la anarquía imperante en el país tras su ocupación ha impedido que las multinacionales norteamericanas se repartan el pastel energético iraquí, el hecho de que la cotización del barril se haya triplicado en el último lustro y que, a día de hoy, no parezca factible que el crudo descienda hasta los 25 dólares que marcaba en 2003 compensa con creces este contratiempo. Si a este factor le añadimos que Estados Unidos tiene bases militares no sólo en Irak sino también en Arabia Saudí, Kuwait, Bahrein, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, ‘casualmente’ los principales productores árabes de petróleo en el golfo Pérsico, entonces el motivo de satisfacción es aún mayor, puesto que se garantiza que el petróleo no volverá a ser empleado, como lo fuera tras la guerra de Yom Kippur en 1973, como instrumento de presión para que Estados Unidos modifique su política en la zona.
En su reciente gira por Oriente Medio, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, anunció un fuerte incremento de la ayuda militar norteamericana a sus aliados en la región, que en total recibirán 65.000 millones de dólares en la próxima década. El complejo militar estadounidense no parece tener tampoco razones para quejarse. El principal beneficiado será, como cabe imaginar, Israel, que recibirá una ayuda de 30.000 millones, un 25% más que en el periodo anterior. El primer ministro hebreo, Ehud Olmert, se ha apresurado a congratularse por este gesto que evidencia, según sus palabras, que «Estados Unidos está comprometido a garantizar la supremacía militar israelí en Oriente Medio». Arabia Saudí negocia, por su cuenta, un contrato de 20.000 millones que choca, como en anteriores ocasiones, con las reticencias de buena parte de la escena política americana, que considera contraproducente el mantenimiento de este ‘matrimonio de conveniencia’ entre Washington y Riad, dos regímenes que se encuentran situados en las antípodas. Egipto y el resto de las petromonarquías árabes también recibirán parte del pastel prometido: otros 15.000 millones. Para justificar estas ayudas, Rice ha echado mano de un noble propósito: «Impulsar las fuerzas de la moderación y apoyar una estrategia global que compense las influencias negativas de Al-Qaida, Hezbolá, Siria e Irán». Lo que es lo mismo: que la Casa Blanca considera factible matar moscas a cañonazos e interpreta que es posible debilitar a las huestes de Bin Laden y a los elementos ‘yihadistas’ con cazabombarderos.
No debe pasarse por alto que Oriente Medio es una de las zonas más militarizadas del planeta y concentra buena parte del gasto armamentístico mundial. De hecho, Israel ocupa el primer puesto en los gastos per cápita en defensa: en total, 1.551 dólares en 2003, por delante de Estados Unidos, con 1.419, y casi el doble de Arabia Saudí (que destina 789 dólares por habitante). El prestigioso Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) ha advertido de que la espiral armamentística no ha dejado de crecer en estos últimos diez años, en los que el gasto militar de la región prácticamente se ha duplicado (de los 40.000 millones de 1996 a los 72.000 de 2006). No cabe duda de que el anunciado incremento de la ayuda militar americana intensificará esta tendencia y, en consecuencia, detraerá gastos de otras cestas mucho más necesitadas, como la educación o la sanidad.
Por último, George W. Bush parece decidido a satisfacer las demandas del ‘lobby’ sionista. Como también ocurriera con otros presidentes en la recta final de su mandato, ha anunciado su voluntad de buscar una salida al conflicto palestino-israelí, quizás con la intención de pasar a la historia como el pacificador de Palestina y no sólo como el destructor de Irak. La captura de Gaza por Hamás en junio pasado despertó a la comunidad internacional de su amnesia y la convenció de la necesidad de retomar el proceso de paz antes de que Cisjordania corriera la misma suerte. Desde entonces se han prodigado los gestos para fortalecer al presidente Mahmud Abbas: se han liberado 250 de los 10.000 prisioneros palestinos, se han entregado 118 de los 700 millones de dólares que Israel retiene en concepto de aranceles e impuestos, se han concedido 80 millones más a las fuerzas de seguridad palestinas y, por último pero no por ello menos importante, se ha interrumpido el boicot contra el Ejecutivo palestino, vigente desde la victoria islamista en las elecciones de enero de 2006.
También la Administración norteamericana ha anunciado la convocatoria de una conferencia de paz para el próximo otoño, que tendrá como principal propósito crear un Estado palestino, en coherencia con el proyecto de dos Estados que convivan en paz y seguridad anunciado por el presidente Bush en 2003. El hecho de que esta iniciativa no se haya canalizado a través del Cuarteto, en el que están representados también la Unión Europea, las Naciones Unidas y Rusia, no es una buena señal, ya que muestra a las claras que, una vez más, Washington se inclina por el unilateralismo y pretende imponer una ‘pax americana’ favorable a Israel. La creación de un Estado palestino de mínimos, con unas fronteras provisionales y sin continuidad territorial, ahondará aún más el conflicto y podría dar nuevos argumentos para el estallido de una guerra civil entre los palestinos.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2007; © Bakeaz, 2007. Publicado en El Correo, 5 de agosto de 2007.