Los dos candidatos que contienden en la segunda vuelta de las presidenciales rusas mueven en estas horas sus peones. Aunque sería excesivo concluir que sus pasos se caracterizan por una estricta racionalidad, es innegable que uno y otro están haciendo lo posible por ganar terreno antes del día 3. Otra cosa son los tributos que de por medio se han visto obligados a pagar.

Es sabido en qué ha consistido la apuesta principal de Boris Yeltsin: consciente del innegable aprecio que la figura del ex-general Lébed suscita, Yeltsin ha decidido uncirlo a su carro. La irrupción de Lébed se ha traducido, por lo demás, en rápidas destituciones de personajes cuya impopularidad era evidente: el ministro de Defensa, Grachov, y los máximos responsables del aparato presidencial, Korzhakov y Barsukov. Es obligado recordar que la puesta en escena de esta operación se ha acompañado de rumores, probablemente instigados desde el propio poder yeltsiniano, de un golpe de Estado; en la opinión de muchos analistas, el presidente está interesado en recrear una situación, la de agosto de 1991, en la que no le pudo ir mejor. El problema es hoy que los presuntos agentes del golpe son yeltsinianos hasta la médula y que, en consecuencia, la escenificación tiene mucho de patético.

Yeltsin, por lo demás, procura hacer guiños hacia todos los lugares. Y al respecto no puede pasar inadvertido que el giro nacionalista que despunta en su aproximación a Lébed se ve completado con la asignación de un papel decisivo en la resolución de la crisis de Anatoli Chubais, el neoliberal otrora responsable de las privatizaciones. Si en Rusia hubiese un debate político racional habría que preguntarse cómo se casan semejantes apoyos y por qué las destituciones operadas no se produjeron hace bastante tiempo; del mimo modo que había que preguntarse si Lébed no es un oportunista más en la carrera por el poder: resulta difícil entender en virtud de qué criterio quien ha hecho de la lucha contra la corrupción su lema principal muestra semejante disposición a pactar con un presidente cuya identificación simbólica con el emergente poder mafioso es evidente.

La principal, y parece que débil, de las reacciones de Guennadi Ziugánov a semejante entramado ha sido la propuesta de un gobierno de gran coalición. Sobre el papel, semejante sugerencia da cuenta de una incipiente desesperación: si Ziugánov tuviese clara su condición de triunfador en la segunda vuelta de las presidenciales, en forma alguna podría explicarse esa propuesta. Al igual que su rival, Ziugánov busca allegar votos de sectores de la población que estiman que su victoria produciría graves alteraciones en el panorama del país. Conviene tener presente, de cualquier modo, que la oferta de Ziugánov ha estado planeando sobre toda la campaña electoral y que se ve favorecida por una subterránea identidad programática en ámbitos decisivos entre los dos contendientes del momento.

Las cosas así, no es difícil describir los tributos que los candidatos en liza pueden verse obligados a pagar. Por lo que a Yeltsin respecta, y a menos que acabe por enfrentarse con Lébed, parece condenado a asumir un papel de relativa marginalidad. En estos días no ha faltado quien ha sugerido que parece como si fuese Lébed, y no Yeltsin, quien disputa la presidencia. Esto aparte, el todavía presidente se ha visto privado de su guardia pretoniana y ha sentado las bases –vía el agotamiento de las reservas federales de divisas– de una próxima y hondísima crisis económica. Impulsado, en fin, por una extraordinaria moderación, Ziugánov puede topar con graves divergencias entre sus partidarios, al igual que puede encontrarse maniatado para introducir cambios de relieve en el derrotero del país.

Con semejante panorama, no puede sorprender que, pese a los resultados de las encuestas, que otorgan a Yeltsin una cómoda ventaja, las espadas sigan en alto. No está claro cómo encarará el todavía presidente el último tramo de la carrera electoral, no es sencillo calibrar a dónde irán a parar los votos recibidos por los candidatos descartados y tampoco sabemos a ciencia cierta cuáles serán los efectos de un crecimiento en la abstención y en el voto contra los dos candidatos en liza. Aún así es significativo que, ante los abusos sin cuento de Yeltsin, sean muchos los corresponsales extranjeros que, pese a no ser precisamente sospechosos de simpatías por Ziugánov, han acabado por ver en el dirigente comunista la opción menos mala. Su percepción es exactamente la contraria de la que rezuman la mayoría de los diplomáticos y, entre nosotros, casi todos los analistas políticos.

Carlos Taibo es director del programa de estudios rusos
de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1996; © Bakeaz, 1996.
Publicado en El Correo, 28 de junio de 1996.

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