En los días inmediatamente anteriores a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales ganó vigor en Rusia una idea medianamente sorprendente: Guennadi Ziugánov, el candidato comunista, podía estar interesado en perder las elecciones, siempre y cuando su distancia con respecto a Yeltsin, en términos de votos, fuese muy ajustada. Con una derrota por dos o cuatro puntos porcentuales, Ziugánov podía presentarse como el vencedor moral, tanto más habida cuenta de la campaña orquestada contra él en los medios de comunicación y de las presuntas irregularidades, bien que marginales, en el recuento de los votos. Derrotado por dos veces, Ziugánov no se vería en la obligación de dirigir el país en los meses venideros, que se anuncian extremadamente duros y parecen llamados a desacreditar al presidente recién ratificado. Ziugánov se dispondría a aguardar, en suma, otra ocasión más propicia.

Pero Yeltsin ha ganado con una ventaja de votos sensible, que invalida la mayor parte de la argumentación anterior. Se miren las cosas como se miren, Ziugánov ha fracasado, atrapado en su general ambigüedad y en su escaso carisma. Estas dos circunstancias han demostrado ser armas de doble filo: el candidato comunista no ha podido –no ha querido– buscar mayor definición, algo que a buen seguro le ha perjudicado en la segunda vuelta. Ha sido víctima, por otra parte, de su escasa presencia en unas elecciones que exigían el concurso de una figura simbólicamente connotada, y no, simplemente la aportación de un personaje público respetado. Claro que no puede olvidarse, como hacen tantos analistas, que a la hora de dar cuenta del fracaso del candidato comunista es menester invocar, en lugar prominente, la suciedad de la campaña, los maniqueos argumentos esgrimidos por el presidente reelegido y, también, las enormes dificultades económicas que ha tenido que arrastrar, al parecer, Ziugánov.

La paradoja del momento está, sin embargo, en el otro bando: el triunfo de Yeltsin no ha permitido solventar, muy al contrario, ninguna de las incógnitas. Y entre éstas hay que empezar mencionando, cómo no, la de la propia salud del presidente. Sólo hay una certeza para los meses inmediatos: en el otoño cobrará cuerpo una tesitura económica extremadamente delicada, producto de circunstancias varias como la reducción operada en la reserva federal de divisas, una agudísima crisis fiscal y una eventual quiebra del sistema bancario.

En el ámbito estrictamente político son dos los horizontes que en estas horas se manejan. Conforme al primero, Yeltsin podría asumir funciones de cariz meramente representativo y encomendar la dirección del país, de hecho, al ex-general Lébed o al todavía primer ministro Chernomirdin. De acuerdo con el segundo, una vez recuperado de sus dolencias, Yeltsin retomaría el pulso de los acontecimientos y, probablemente, entraría en colisión con Lébed. El comportamiento del presidente en los últimos años ofrece numerosos ejemplos de este tipo de rupturas, estimulado ahora por un hecho material evidente: una vez superado el escollo de las elecciones, Yeltsin no tiene ya una necesidad perentoria del apoyo de Lébed. Agreguemos, por si poco fuera, que los dos personajes en cuestión parecen exhibir notorias diferencias de opinión en materias sensibles. Frente a los criterios comúnmente defendidos por el presidente, Lébed se ha mostrado partidario de forjar un gobierno de coalición en el que estarían presentes los propios comunistas y se ha atrevido a sugerir que en adelante podría ser el Parlamento el que se encargase de designar al primer ministro, apuesta que implica una clara distorsión del sistema hiperpresidencialista trenzado por Yeltsin. El futuro del primer ministro Chernomirdin no parece claro, tanto más cuanto que su relación con determinados grupos de presión económicos lo aleja de Lébed.

Así las cosas, con tantas incógnitas y de tan diverso orden, en modo alguno puede descartarse la posibilidad de unas elecciones anticipadas. Es difícil, de cualquier modo, que el candidato hoy derrotado, Ziugánov , llegue a ellas en buenas condiciones. Mucho más sencillo se antoja que, habida cuenta de la magnitud de su derrota, se abra camino, dentro de su partido y en su coalición de apoyo un abierto cuestionamiento de la figura de Ziugánov. También en este lado del espectro está lleno de incógnitas el futuro.

Carlos Taibo es director del programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1996; © Bakeaz, 1996. Publicado en El Correo, 5 de julio de 1996.

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