En vísperas de las elecciones en Bosnia se ha puesto de nuevo de relieve que la negociación que culminó en el acuerdo de Dayton exhibió vicios notorios. Las grandes potencias, en particular, olvidaron la existencia de un gobierno democráticamente elegido e internacionalmente reconocido –el bosnio–, colocaron en un plano semejante al suyo a presuntos criminales de guerra y ratificaron muchos de los resultados de las acciones militares que se hicieron valer sobre el terreno. El acuerdo de Dayton reconocía a los agresores y a sus proyectos etnicistas, algo que quedaba bien reflejado en las palabras del presidente bosnio, Alia Izetbegovic: “Hemos legitimado la república serbia y el ejército, que hasta ahora era un ejército de agresión y un ejército criminal, se ha convertido en un arma legal”.
En ese marco, es bien sabido que uno de los elementos centrales del proceso en curso es la organización de elecciones. Aunque el acuerdo de Dayton señala que el censo de 1991 será la fuente principal a la hora de elaborar el correspondiente listado de votantes, permite que los ciudadanos emitan su voto, con carácter excepcional, en un lugar distinto del recogido en el censo en cuestión. La interpretación común que esta concesión ha suscitado es la que apunta que, bajo la presión de los dirigentes serbobosnios, el procedimiento permitirá que los votos que nos ocupan, en modo alguno excepcionales, ratifiquen los resultados de la política de limpieza étnica.
Parece improbable que quienes no han podido retornar a sus lugares de origen ejerzan el voto en ellos, de la misma forma que es difícil imaginar que en las zonas limpiadas étnicamente se presente, o lo hagan en condiciones, candidatos que puedan resultar atractivos para los refugiados que no han regresado. No resulta sencillo imaginar, por ejemplo, que en ciudades limpiadas por el ejército serbobosnio, como Visegrad, Foca o Srebrenica, se presenten candidaturas proclives a defender los derechos de la población expulsada o, simplemente, genuinas listas multiétnicas.
Las garantías para que las votaciones sean secretas y se produzcan sin intimidades no parecen, por otra parte, suficientes. Otro tanto puede decirse en lo relativo a las libertades de expresión y de asociación. Por efecto del control ejercido desde Zagreb, la libertad de prensa es poco menos que nula en lo que hasta hace unas semanas se ha conocido como Herzeg-Bosna –la república croata–, y otro tanto sucede en la república serbia de Bosnia, donde el control corre a cargo del Partido Democrático Serbio (SDS) de Radovan Karadzic. Aunque en Sarajevo, Tuzla o Zenica perviven medios independientes, en el resto de las zonas en poder del Gobierno bosnio se hace sentir, también, la absorbente presión del gobernante SDA, el nacionalista musulmán Partido de Acción Democrática.
Lo ocurrido en la primavera pasada en Mostar es la mejor ilustración de los problemas –irregularidades censales, trabas para el ejercicio del voto de los desplazados, impugnación de resultados– que están llamados a presentarse en el ámbito electoral. Y no puede olvidarse que el ejemplo de Mostar revela el contenido de una diplomacia, la de la Unión Europea, que parece contentarse con soluciones a corto plazo aun a costa de asumir principios nada democráticos.
Con esta base no puede sorprender que entre los analistas se haya extendido una pesimista conclusión, en la que se da cita también la conciencia de la extrema precariedad de las instituciones que deben cobrar cuerpo en las próximas semanas. A menos que estalle una sonora sorpresa en las urnas, las elecciones perfiladas en Dayton parecen condenadas a reforzar la posición de los realistas, de las gentes que en todo momento se han mostrado partidarias de arrinconar los principios morales. Entre ellos figuras, en lugar señalado, dos de los principales instigadores del conflicto de Bosnia. Todo parece anunciar que los presidentes de Serbia y de Croacia sólo se han visto obligados a hacer concesiones en el terreno de la retórica, sabedores de que los flujos reales dibujados en Dayton, consolidados por el acuerdo, operan con claridad en su beneficio. Y esos flujos conducen a un horizonte que está en el trasfondo de la mayor parte de los movimientos asumidos por los gobiernos serbio y croata: el reparto de Bosnia.
Por si las miserias anteriores fueran pocas, hay que agregar una última. Los resultados de las elecciones puede llevárselos el viento si, como algunos estudiosos auguran, a partir de diciembre se produce una retirada de los contingentes internacionales. A nadie se le escapa que no hay casualidad alguna en el hecho de que las elecciones bosnias se celebren antes que las presidenciales norteamericanas; una vez pasadas éstas, el interés de la primera potencia planetaria puede desvanecerse rápidamente, y con él la mayoría de los precarios equilibrios urdidos por Estados Unidos.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 1996; © Bakeaz, 1996. Publicado en El Correo, 13 de septiembre de 1996.