El año que acaba de empezar está llamado a ser, por varios conceptos, el año de la OTAN. Baste con recordar que, si los pronósticos se cumplen, en 1997 se verificará la plan integración de España en la estructura militar de la Alianza, que en julio se producirá la incorporación a ésta de algunos países de la Europa central y que todo hace pensar que en los próximos meses no faltarán problemas y disonancias con Rusia.
Pese a todo lo anterior, no parece que entre nosotros se esté discutiendo en serio acerca de lo que la OTAN es y significa en estas horas. Más bien parece como si, bajo el influjo de un proceso ineluctable, se nos quisiera hurtar un debate que a menudo conduce a conclusiones molestas. Podríamos resumirlas en dos: si por lado la OTAN no ha cambiado tanto como algunos desearían, por el otro es obligado recordar que algunas de las transformaciones experimentadas por la Alianza no son necesariamente para bien. Y si hay que adelantar una explicación para una y otra apreciación, bien podría ser la que sigue: la OTAN no asumió cambios de relieve entre 1989 y 1992 porque no dio crédito a las transformaciones que se estaban produciendo en el Este y prefirió pensar que tenían carácter meramente cosmético. Una vez que, a partir de 1993, la crisis sin fondo del Este fue un hecho evidente, y con ella la desaparición del Pacto de Varsovia y el repliegue de la URSS, reapareció con fortalezas el fantasma de la amenaza rusa, algo que a la postre contribuyó a frenar de nuevo eventuales cambios en la Alianza Atlántica.
Pero intentemos analizar con mayor detalle las mutaciones, presuntas o reales, operadas en el marco de la OTAN. Es verdad, que la Alianza prescindió en su momento de la llamada doctrina de la defensa adelantada en provecho de fuerzas más pequeñas y flexibles; que suprimió sus armas nucleares tácticas –las de más corto alcance– o que asumió reducciones en los restantes tipos de disposiciones nucleares.
Pero no es menos verdad que todos esos cambios se produjeron antes de la disolución del Pacto de Varsovia, circunstancia que obliga a no vincularlos con un notorio esfuerzo de adaptación a un entorno distinto. Ninguna de las decisiones invocadas alteró de forma significativa un entramada general marcado, pese a los acuerdos de control de armamentos por la disuasión nuclear y sus tributos; muchas de las reglas del juego de la guerra fría de antaño han conservado una buena parte de su vigor.
También es cierto, en segundo lugar, que desde hace dos años la OTAN es una organización europea cuando se trata de operar a la manera de un gendarme regional –con el imprescindible poyo, eso sí, de infraestructuras norteamericanas–, pero se presenta en cambio como atlántica cuando están en juego misiones de mayor relieve. Semejante mutación adaptativa puede proporcionar una mayor eficacia, pero no parece reflejar, en modo alguno, la irrupción de nuevos valores. Muy probablemente, lo anterior debe relacionarse con otro hecho, el tercero: desde hace un lustro la OTAN ha asumido la necesidad de desarrollar lo que en la jerga al uso se llaman acciones fuera de área. En virtud de esta doctrina, junto a la permanencia –bien que cautelosa y remozada– de las amenazas tradicionales, y singularmente de la rusa, se aprecian otras procedentes del sur. Para hacer frente a estas nuevas amenazas se desarrollan ambiciosas fuerzas de actuación rápida. Tras este cambio, que no lo es precisamente para mejor, se vislumbra en muchos casos el proyecto de una Europa fortaleza, cerrada a la influencia de un sur convertido en un magma deforme y hostil.
Digamos, en fin, que la incorporación a la OTAN de un puñado de estados de Europa central –el cuarto gran cambio, por ahora sólo anunciado, de los últimos años–, es una operación más que delicada. Aunque resulta fácilmente comprensible, y compartible, la inquietud de la opinión pública placa, checa o húngara en lo que respecta al riesgo de una eventual agresión rusa–o a una reubicación en una zona de influencia controlada por el gigante europeo oriental–, no puede olvidarse la otra cara de la cuestión: la ampliación que nos ocupa a buen seguro llenará de contento a los halcones en Rusia, y con ellos al complejo industrial-militar, y bien puede generar indeseables consecuencias.
El hecho de que los intereses de Moscú sean a menudo equívocos, no parece justificar en plenitud una ampliación en la que son ostensibles los elementos que nada tienen que ver con la seguridad compartida o con el acrecentamiento de la confianza. Más bien parece que nos hallamos ante un nuevo estímulo para que rebroten los signos de la confrontación de antaño.
Por todo ello, bueno sería que entre nosotros nos mostrásemos más propicios a discutir de manera razonada y tranquila cuestiones que, como éstas, son decisivas a la hora de perfilar la Europa que queremos.
Carlos Taibo es director del programa de estudios rusos de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 1997; © Bakeaz, 1997.
Publicado en El Correo, 22 de enero de 1997.