Sabido es que en Rusia existe una rara unanimidad en lo que atañe a una ampliación, la de la OTAN, que es objeto de rechazo desde todas las posiciones políticas. Cinco son al menos las razones que explican el rechazo.
En primer lugar, es común que los portavoces rusos sugieran que la OTAN apenas ha cambiado, de tal suerte que sus antecedentes –las inercias– limitan poderosamente su capacidad de movimiento actual. En este marco, y tal y como sucedía en el pasado, la ampliación de la Alianza está llamada a generar una nueva línea de confrontación que dará al traste con cualquier proyecto de seguridad compartida y, en consecuencia, multiplicará las señales de inestabilidad. En la visión rusa, la OTAN no se propone de modo alguno a salvaguardar a países presuntamente amenazados; antes bien, aspira a fortalecerse a sí misma. De manera más singular, quienes desde la Alianza Atlántica señalan que hay que preservar la OTAN de la incertidumbre que caracteriza hoy al mundo europeo oriental, en modo alguno pueden pretender que su designio es estrictamente defensivo. La ampliación de la Alianza, muy al contrario, se ve impulsada por el visible e impresentable deseo de aprovechar la momentánea debilidad de la gran potencia rival.
Pero, y en segundo lugar, en Rusia se hace valer también una generalizada sensación de aislamiento y marginación. Aunque en 1991 se impuso en el país un proyecto claramente occidentalizante, el eco son que éste fue recibido en el mundo occidental ha venido a fortalecer la impresión de que sólo se respeta aquello que se teme. El entorno internacional, por lo demás, no ha hecho sino profundizar en la herida: sólo un país, Bielorrusia, mantiene una sólida relación con Moscú que, de manera significativa, no puede contar, en cambio, con un respaldo pleno de Ucrania, aun cuando haya recibido mensajes tranquilizadores de parte de pequeños estados como Eslovaquia o Moldavia. La CEI se convierte así en un asidero en el que es de esperar que se multipliquen las presiones de Rusia.
Un tercer elemento de relieve es el deterioro experimentado por la situación militar. Al doble retroceso estratégico registrado por Rusia en los últimos años –pérdida del parachoques de seguridad en la Europa Central en 1989, independencias de Ucrania y Bielorrusia en 1991–, parecen llamados a sumársele los efectos de la ampliación de la OTAN. Al respecto, se subraya, por ejemplo, que si tras el acuerdo de reducción de fuerzas convencionales en Europa firmado en 1990 la desventaja de Rusia para con la OTAN era de 1 a 2,8, la ampliación de esta última la situará en 1 a 3,7. Agreguemos que Occidente se ha mostrado poco flexible a la hora de renegociar ese mismo acuerdo: éste no sólo ha dejado desguarnecido el distrito familiar del Cáucaso, sino que facilita de forma ostentosa una acción eficaz de dispositivos convencionales capaces de inutilizar parte del arsenal atómico ruso. Todo lo anterior suscita graves problemas de reorganización en unas fuerzas armadas que, como es sabido, se encuentran en una situación muy precaria, algo que en la visión rusa aconseja postergar, por añadidura, la firma del acuerdo START-2.
Hay otro elemento, el cuarto, que influye significativa en el derrotero de los hechos: el debate político que se desarrolla en Rusia. Desde 1993 es difícil negar que en el país se ha reflotado un discurso nacionalista en virtud del cual Rusia parece abocada a heredar el sustrato imperial de la URSS de antaño. En la visión de muchos analistas la política occidental en modo alguno ha sido un freno para ese proceso. La ampliación de la OTAN es, muy al contrario, un mal regalo para los sectores moderados en Rusia y un obsequio inesperado para quienes reclaman, por ejemplo, una mayor presión sobre Bielorrusia, Ucrania o las repúblicas del Báltico.
A menudo se ha subrayado una última dimensión importante en la política de Moscú con respecto a la OTAN: Rusia ha dedicado los dos últimos años a imponer un sinfín de obstáculos a esa ampliación con la vista puesta, acaso, en levantarlos una vez se hayan pactado contraprestaciones económicas. En virtud de la experiencia acumulada –la URSS hizo otro tanto en los años finales de la perestroika–, los dirigentes rusos saben que semejante conducta suele dar sus resultados y es lógico que, dada la precaria situación económica del país, apuesten premeditadamente por ella.
Este último elemento, que conduce a una política caracterizada por un notable pragmatismo, probablemente nos sitúa en el camino de comprender por qué y cómo Rusia acabara por aceptar una ampliación , la de la OTAN, que a buen seguro no desea. La conciencia de que esa ampliación es inevitable ha puesto ya en marcha varios mecanismos que conducen, prosaicamente, a limitar sus consecuencias más negativas y, allí donde sea posible, a obtener algún beneficio material. Conviene recordar, de cualquier modo, que al amparo de este tipo de acuerdos no suelen zanjarse los contenciosos de fondo, tanto más cuanto que la mayoría de las razones que explican las reticencias rusas frente a la ampliación de la Alianza Atlántica parecen llamadas a consolidarse en los próximos años.
Carlos Taibo es director del Programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 1997; © Bakeaz, 1997.
Publicado en El Correo, 16 de marzo de 1997.