En los últimos años hemos asistido a un cierto proceso de adulteración de lo solidario. La falta de referentes políticos, morales e incluso ideológicos ha llevado a que numerosas personas de buena fe hayan querido canalizar unos sentimientos éticos y ciudadanos a través de instrumentos nuevos, ajenos a las crisis por las que atraviesan partidos políticos e instituciones públicas. Es así como las Organizaciones No Gubernamentales han proliferado a diestro y siniestro de la mano de unos medios de comunicación que, sin profundizar en causas y procesos estructurales, les han otorgado un protagonismo social y un cúmulo de valores en muchos casos discutibles. Todo ello en perjuicio claro de aquellas otras organizaciones realmente comprometidas en su trabajo, preocupadas por actuar con rigor y desde posiciones críticas y a través de las cuales miles de personas dejan lo mejor de sí mismos en pos de un mundo más justo y más humano. Debemos empezar a separar el polvo de la paja, precisamente porque creemos que hay que seguir utilizando las palabras y los conceptos con propiedad, sin falsearlos y sin encubrir intereses y conductas espurias. Justamente porque creemos y reivindicamos el significado del término ONG en toda su limpia dimensión, ausente de la perversa utilización que con frecuencia se realiza del mismo.
Nadie puede negar la extraordinaria labor que en la construcción de una sociedad más justa y solidaria vienen desempeñando, así como su compromiso hacia los más necesitados por medio del trabajo generoso de muchas personas, en contraposición a una sociedad presidida por valores muy distintos, como el beneficio, la rentabilidad y la riqueza.
Pero el discurso políticamente correcto está impidiendo entrar a debatir actitudes y comportamientos de unas organizaciones formadas –no lo olvidemos– por las mismas personas que componen la sociedad, algo que a veces parece ignorarse, frente a ese discurso maniqueo alentado por los medios de comunicación que las presenta formadas por un nuevo tipo de gladiadores incorruptibles, ajenos a las prosaicas necesidades del resto de los mortales. De esta manera, todo lo que lleve el marchamo ONG parece asegurar una limpieza ética y una ausencia de intereses que está dando pie a que bajo su amparo y denominación florezcan todo tipo de negocios, chiringuitos y comportamientos moralmente imprecedentes y en absoluta contradicción con lo que la sociedad espera. Así las cosas, este batiburrillo en el que todo cabe en un mismo saco lesiona gravemente aquellas otras organizaciones preocupadas verdaderamente por ejercer una labor crítica, rigurosa y comprometida con nuestra sociedad, recalcando su condición de no gubernamental.
Pocas veces se cae en la cuenta del verdadero significado del término No Gubernamental, esto es, ajeno a los poderes públicos y a los estamentos oficiales e independiente de ellos para poder llevar a cabo, como hemos dicho, una labor crítica, rigurosa e independiente, incluso incómoda para el Estado. Todo ello choca con la tendencia actual de sustentar el grueso de sus recursos de fondos públicos (no olvidemos que quien paga, manda), condicionando así seriamente su compromiso en la crítica y denuncia de unas estructuras políticas, económicas y sociales que están en la base de los procesos de pobreza y desigualdad social contra los que luchan la mayor parte de las ONG, llevándolas a actuar bajo la aceptación resignada de que estamos en el mejor de los mundos posibles, abandonadas a los criterios puros del mercado. Nos encontramos así con que todo vale, lo mismo medrar para obtener más y mayores subvenciones, que subastar la raqueta de Aznar o reunir en Marbella a los ociosos más señalados de la prensa del corazón acompañados de vendedores de armas y narcotraficantes en pos de causas tan intachables como la lucha contra el cáncer o la ayuda a los pobres, objetivos que parecen abrir todas las puertas y lavar por igual conciencias y bolsillos.
En el mismo sentido, resulta sorprendente la emergencia de una nueva casta de ‘managers’ al frente de algunas de estas organizaciones, nuevos ‘yuppies’ de la solidaridad, carentes de escrúpulos éticos y morales a la hora de acaparar espacios; acumular sueldos, dietas y honorarios; y patrimonializar esas mismas organizaciones para su provecho y beneficio personal. Estos ‘mandarines’ de las relaciones internacionales tienen la curiosa particularidad de saber de todo, dar charlas e impartir cursos de una variedad tan amplia de temas y especialidades que asombraría al propio Leonardo da Vinci, aunque eso sí, preferentemente en aquéllos que mejor paguen. Todo ello les lleva a acumular artículos y tribunas de opinión donde los disparates son numerosos y variopintos, escaseando el rigor investigador y la aportación intelectual.
Consecuencia de todo ello es una asimetría en actitudes y comportamientos, una falta de la coherencia con la ética que se predica y de la que se vive. Así, no se tienen reparos en enjuiciar y criticar con dureza a responsables políticos, mientras que ellos mismos nunca podrán ser valorados por el mismo rasero ya que trabajan para una ‘oenegé’ y ello impide reproche alguno. Estos procesos de oligarquización en los que están inmersos ciertas organizaciones, están dañando esa cultura ética de la solidaridad que debería realmente presidir su comportamiento. Únicamente y en la medida en que se actúe bajo estas pautas se estará legitimando para exigirlas a los demás, un axioma que no parece importar hoy en día a muchos de los sujetos que mencionamos. Lo contrario no son sino sofisticados procesos de mercantilización amparados en fórmulas sociales para obtener beneficios personales, revestido todo ello de falsos progresismos.
Sin duda, todos ganaremos en legitimidad moral frente a la sociedad y también frente al Estado si entre nosotros mismos comenzamos a generalizar nuevas pautas éticas, coherentes con lo que decimos y de los que vivimos. Y el territorio de la solidaridad y del internacionalismo, el mundo de las ONG, es un espacio de primer orden a la hora de ponerlas en práctica.
Carlos Gómez Gil es sociólogo e investigador en temas de Cooperación y Desarrollo de Bakeaz.
© Carlos Gómez Gil, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 6 de enero de 1998.