Son conocidos los datos que están en el origen de la actual crisis en Kosovo. Diez años atrás, en 1989, el ascenso de una modalidad agresiva de nacionalismo en Serbia tuvo una de sus manifestaciones centrales en un hecho: el Gobierno de Belgrado, con Milosevic a la cabeza, abolió la condición autónoma de la provincia de Kosovo, en la que el 90% de la población era albanesa. El parlamento kosovar fue disuelto, la enseñanza en albanés prohibida y se instauró una ley marcial cuyos efectos se han hecho notar hasta hoy.

A lo largo de ocho años la respuesta de la mayoría albanesa ha consistido en el despliegue de un formidable movimiento de desobediencia civil. A su amparo se organizaron, en la clandestinidad, un sistema sanitario y otro educativo. Obligado es recodar que la condición, admirable, de ese movimiento no violento apenas se veía acompañada de resultados palpables: Belgrado mantenía en pie, sin fisuras, una gigantesca maquinaria represiva, mientras la comunidad internacional, como tantas veces, miraba hacia otro sitio.

En los últimos meses han sido dos los cambios operados en el escenario. El primero afecta a la actitud de muchos albaneses, que han empezado a sopesar, y seriamente, la idoneidad de la violencia como eventual respuesta a la agresión; el Ejército de Liberación de Kosovo es la principal demostración de vigor de una opción que ha ido ganando terreno. El segundo, de entidad algo más difusa, lo aporta un endurecimiento en las políticas de Belgrado, que no sería sino el resultado de las querencias de una opinión pública en la que la moderación ha perdido activos. Bueno es recordar, sin ir más lejos, que el pasado otoño se disputaron la presidencia de Serbia los candidatos del partido de Milosevic y de una formación política de corte parafascista como es el Partido Radical de Seselj. Además, el grueso de la oposición serbia mantiene, en lo que a Kosovo respecta, posiciones muy similares a las de las dos modalidades de nacionalismo agresivo que contendían en esas elecciones presidenciales.

Es verdad, con todo, que si los estímulos para la confrontación son muy poderosos, no faltan elementos que pueden rebajar la tensión. Uno de ellos lo proporciona, del lado serbio, la percepción de a dónde han conducido las aventuras militares de los últimos años. Otro llega de la mano del eventual efecto disuasorio que sobre la política de Belgrado podría ejercer la amenaza de un endurecimiento del embargo económico internacional. Del lado albanés, en fin, no puede prescindirse del ascendiente que aún conserva ese movimiento de desobediencia civil al que nos hemos referido.

La confrontación tiene, de cualquier modo, difícil remedio siquiera sólo sea porque ninguna de las soluciones que se manejan proporciona una satisfacción razonable a las partes en conflicto. El mantenimiento del statu quo, por lo pronto, se antoja tan inmoral como imposible: la situación actual es, por sí sola, un estímulo permanente para el acrecentamiento de tensiones. Los otros horizontes imaginables –cada uno de ellos con sus dobleces– son tres:

a) Devolver a Kosovo su condición de 1989. Si resulta difícil que, las cosas como están, el Gobierno serbio transija al respecto, mucho más lo es que las fuerzas políticas albanesas acepten semejante cierre en falso de la crisis. Esto aparte, conviene subrayar algo que se olvida: la Yugoslavia hoy existente es una federación en la que los flujos centralizadores son mucho más poderosos que los que se registraban diez años atrás, de tal suerte que no es sencillo imaginar qué es lo que supondría para Kosovo la recuperación de la perdida condición de provincia autónoma. El proceso bien podría ser una genuina farsa.

b) Convertir a Kosovo en una de las entidades que integran la Federación Yugoslava, en pie de igualdad con Serbia y Montenegro. Esta es acaso la propuesta más interesante de cuantas se manejan, no en vano daría alguna satisfacción a las demandas de unos y otros. De nuevo es obligado recordar, sin embargo, que ningún dato invita a concluir que Belgrado ha tomado en serio en algún momento tal perspectiva. Esto aparte, y como quiera que la propuesta implicaría, en buena lógica, un reconocimiento del derecho de Kosovo a abandonar la citada Federación, lo más fácil es que Serbia –amenazada ya por incipientes movimientos de secesión en Montenegro– la rechace con rotundidad.

c) Reconocer abiertamente el derecho de autodeterminación de Kosovo, algo a lo que se niegan tanto Belgrado como las principales instancias internacionales. No debe olvidarse que entre las consecuencias posibles del ejercicio de ese derecho se contarían un Kosovo independiente –sin duda es, hoy por hoy, la opción mayoritaria entre los kosovares– y una futura integración en el estado-nación albanés. Por razones fáciles de entender, la propuesta no goza de apoyo alguno en Belgrado. Que nuestras potencias la miren con tan malos ojos es, por desgracia, un indicador luminoso de su escaso compromiso con fórmulas que permitan que sean las gentes de a pie quienes tomen las decisiones.

La perspectiva de una eventual internacionalización del conflicto, a través ante todo de una intervención de Albania, hace que la situación sea todavía más compleja. Las posibilidades de que ese horizonte se haga valer parecen, sin embargo, escasas, de tal suerte que no hay que darle demasiado crédito a las alarmistas declaraciones de los políticos albaneses. Las palabras de éstos responden más bien al doble pero inocuo designio de cubrirse las espaldas ante su opinión pública y de ejercer una tibia disuasión sobre Serbia. Albania tiene demasiados problemas y cuenta con una magra capacidad militar para encarar un conflicto abierto. Esto aparte, la élite política albanesa del momento guarda relaciones poco cordiales con los clanes dominantes en Kosovo, mucho más próximos a quien hasta hace un año fue el presidente albanés: Berisha. Una intervención de Albania le vendría como anillo al dedo, por cierto, a Serbia: recibiría inmediatamente una condena internacional que colocaría en segundo plano los desmanes de Belgrado y vendría a ratificar el derecho de éste a ocuparse en libertad de sus asuntos internos.

Desde mucho tiempo atrás los problemas de información con respecto a lo que ocurre en Kosovo son muchos. Aunque en buena medida ello se debe a la política represiva desplegada por el Gobierno serbio, la sociedad albanesa sigue siendo bastante opaca. Nada de ello justifica, sin embargo, la miseria de una UE que hoy, tan tarde, parece dispuesta a ocuparse de un conflicto del que se desentendió en 1989 y al que ninguna atención ha prestado durante un largo decenio de represión nacional. Sólo los más ingenuos o los más interesados, se avienen a esperar hoy lo mejor de esa fantasmagórica unión que, monedas únicas y espacios económicos al margen, forman nuestros países.

Carlos Taibo es director del programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma 
de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 27 de marzo de 1998.

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