Si los nostálgicos de la etapa soviética abundan en Rusia, no parece que los que se remontan a tiempos anteriores sean, en cambio, muchos. Así las cosas, las adhesiones que despierta el último zar, de muerte tan lejana en el tiempo, se antojan livianas y, en el mejor de los casos, alcanzan a una escueta minoría de la población cuya identificación con la monarquía de antaño busca más el símbolo fácil que el asentimiento meditado y pleno. Ni siquiera la peripecia final de la familia real, tras las revoluciones de febrero y octubre de 1917, suscita hoy en Rusia el mismo interés que se revela, películas y libros de por medio, en el mundo occidental.
Claro que si lo anterior parece un retrato fiel de lo que ocurre en estas horas, nadie se halla en condiciones de predecir lo que está llamado a ocurrir en el futuro. Y al respecto es obligado subrayar, cómo no, que la desesperación que acosa a capas enteras de la sociedad rusa bien puede traducirse en una activa demanda de símbolos compensatorios. Que uno de ellos lo acabe aportando la familia real de antaño es tanto más fácil cuanto que los otros símbolos que se ofrecen en el mercado –la democracia, el consumo, el presidente o el imperio– han ido devaluándose.
La reacción provisional de la mayoría de los rusos no ha sido otra que un vivo rechazo de todo aquello en lo que han depositado alguna ilusión. A los ojos de algunos especialistas, lo que despunta es, una vez más, un espíritu anárquico que –cargado de razones– recela de los poderosos y espera muy poco, en particular, de los políticos. Provisionalmente puede afirmarse que esta imagen negativa alcanza también al último de los zares y a sus eventuales sucesores, aun cuando no se manifieste con la misma crudeza cuando de lo que se trata es de sopesar las virtudes y los defectos de un personaje histórico más alejado en el tiempo: Pedro el Grande.
Para explicar la desidia con que, en términos generales, es acogida la figura de Nicolás II, hay que invocar, con todo, otro hecho: no parece que el presidente Yeltsin, y con él el establishment político actual, se haya mostrado muy propicio a este tipo de rehabilitaciones. A Yeltsin le espantan los competidores, por simbólica que pueda ser la condición de éstos, tanto más cuanto que en los últimos años, y conforme a alguna fuente estrambótica, habría sopesado seriamente el horizonte de restaurar la monarquía en su persona. Las cosas como fueren, quien ha hecho de la contestación de la época soviética el elemento central de sus políticas muestra poco interés y un sinfín de reticencias por el monarca destronado en 1917.
Para que no se diga que la realidad rusa es simple y carece de sorpresas, ahí están, sin embargo, algunos de los más significados grupos de presión que operan en el marco del Partido Comunista y que, mal que bien, parecen empeñados en levantar la bandera del último zar. Aunque algo hay de literatura –de exageración– en la imagen de la conspiración entre rojos y marrones, lo cierto es que no faltan los datos que recuerdan cómo, al calor de un nacionalismo cada vez más pujante que hace de rancias historias y de viejas creencias el fundamento de una comunidad renovada, han cobrado cuerpo sutiles aproximaciones entre los pequeños grupos monárquicos y determinados sectores de un Partido Comunista cada vez más lejos de la retórica del internacionalismo proletario.
Agreguemos, en fin, que existe una diferencia fundamental entre el estado de la cuestión monárquica en Rusia y su condición en otros países de la Europa central y oriental. Mientras en Rumania, Bulgaria, Albania o la propia Yugoslavia los candidatos a los tronos respectivos tienen nombres y apellidos, en Rusia la disputa relativa a la compleja herencia de los Románov permanece abierta. Al amparo de esta disputa no es mucho lo que sabemos, por otra parte, sobre las querencias políticas –y entre ellas una apuesta por una monarquía constitucional o una puja por las delicias de la monarquía semiabsoluta de otrora– de esos candidatos. Aunque, vistas las cosas con otros ojos, semejante acumulación de incógnitas bien puede ser una inopinada ventaja para la causa de la monarquía en Rusia: ayuda a ocultar, por lo pronto, que tampoco los monarcas tienen solución alguna para los ingentes problemas del país.
Carlos Taibo es director del programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 17 de julio de 1998.