Ahora hace más de veinte años, la irresponsable descolonización española, el irredentismo territorial marroquí y la habilidad de Hassan II, que aprovechó muy bien la agonía del dictador e hizo de la marroquinidad del Sáhara un argumento de apoyo a la Corona, abocaron a gran parte del pueblo saharaui a la guerra y al exilio, dando lugar al conflicto de mayor duración del Magreb. Su triple condición de conflicto de soberanía, de guerra fría y de hegemonía favoreció su prolongación y envenenó las relaciones intermagrebíes.
En la década de los ochenta, la ampliación de la CEE a los países mediterráneos europeos (Grecia, España y Portugal), la grave situación económica y social heredada por Chadli Benyedid en Argelia y la distensión entre Washington y Moscú contribuyeron a desactivar el conflicto en sus vertientes de guerra fría y de hegemonía. En este sentido, resultó decisiva la necesidad de los países magrebíes de compensar la ampliación de la CEE, con quien realizan entre las dos terceras y las tres cuartas partes de su comercio, con una mayor unidad de acción en sus relaciones con Bruselas. Sin embargo, la convergencia magrebí era imposible mientras los dos principales países de la región no restablecieran sus relaciones diplomáticas, rotas en 1976 a raíz del conflicto del Sáhara. Además, Benyedid precisaba de la aproximación a Marruecos y de las inversiones americanas para consolidar su reforma política y económica: explotación de nuevos yacimientos de gas y petróleo y construcción de un gaseoducto, que había de pasar necesariamente por Marruecos, para exportar su producción a Europa. Tras dos encuentros entre Hassan II y Benyedid, el proceso de aproximación y la convergencia magrebí maduran rápidamente. La cronología no deja lugar a dudas: mayo de 1988, restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Rabat y Argel, agosto de 1988; Marruecos y el Frente Polisario aceptan el Plan de Paz de la ONU, lo que supone, implícitamente, que Rabat reconoce como interlocutor al Frente y que Argelia admite que la única solución del conflicto no es necesariamente la independencia; enero de 1989, Hassan II recibe a una delegación de alto nivel del Frente Polisario; febrero de 1989, los cinco países del magreb crean la Unión del Magreb Arabe.
A partir de entonces, la situación evoluciona con rapidez. En 1991, se llega al alto el fuego y empieza a aplicarse el Plan de paz, que prevé la celebración de un referéndum de autodeterminación en el que la población del Sáhara Occidental decidirá entre la independencia o la integración en Marruecos. Los criterios de saharauidad para participar en dicho referéndum se basan en el censo español de 1974 (73.497 personas), el único disponible, pero el último informe de Javier Pérez de Cuellar (diciembre de 1991) introduce una actualización abusiva: podrán participar los miembros de tribus mencionadas en el censo de 1974 que demuestren que residieron en el territorio seis años seguidos o doce de alternos con anterioridad a esa fecha, lo que da pie a miles de solicitudes de miembros de tribus del sur de Marruecos y se ha convertido en el principal obstáculo técnico para llegar a un acuerdo.
En agosto de 1994, se inician las tareas de identificación de la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (Minurso). Dieciséis meses más tarde, cuando se ha procedido a la identificación de 60.112 personas, el proceso se interrumpe ante la avalancha de solicitudes procedentes del sur de Marruecos que el Frente Polisario no está dispuesto a aceptar. En esos momentos, parece que el Plan de Paz ha fracasado, la Minurso reduce su presencia en el territorio y traslada a Ginebra la base informática que contiene los datos de la identificación. Sin embargo, la voluntad de construir una zona de libre comercio en el Mediterráneo (Declaración de Barcelona), las inversiones americanas en el sector de hidrocarburos argelino y la evolución de las crisis de Argelia, la necesidad de una transición política en Marruecos y el fracaso de la diplomacia magrebí, europea y de la ONU para lograr un acuerdo entre las partes favorecen la mediación de Washington, interesado en evitar una nueva desestabilización en la región. A pesar de los obstáculos interpuestos por Rabat (Ley de regionalización de 1997), la entrada en escena de James Baker (verano de 1997) fuerza los acuerdos de Houston y reactiva el proceso de identificación.
Como en otras ocasiones, la mediación americana se ha hecho imprescindible y los 135.667 identificados habidos hasta el 6 de julio de este año hacen el proceso irreversible. Hoy por hoy, parece seguro una nueva intervención de Baker para forzar una solución a las 65.000 solicitudes sobre las que no hay acuerdo, pues, como razona el Frente Polisario, su aceptación distorsionaría totalmente el significado del referéndum ya que supondría la inclusión de miles de miembros de tribus del sur de Marruecos y elevaría el número de identificados a más del triple de la base censal de 1974. Así las cosas, la situación sólo puede desbloquearse mediante una negociación directa entre Marruecos (¿el hombre fuerte de la negociación será el nuevo primer ministro, el socialista Yussufi, o el hombre de confianza del rey y ministro de Interior, Dris Basri?) y el Frente Polisario, en la que Baker deberá conseguir la cuadratura del círculo: un acuerdo favorable a Marruecos pero, al mismo tiempo, aceptable por el próximo congreso de un Frente Polisario sometido a fuertes disensiones internas (la última, la dimisión y las críticas de Baba Mustafá Sayed, representante en Canadá y hermano del fundador y mártir del Frente). Habrá acuerdo previo y referéndum porque estas son las condiciones del pax americana y cuando se inicie la repatriación de los refugiados de Tindúf será imposible dar marcha atrás. Como en Palestina, sólo restará estar atentos al cumplimiento de los acuerdos y velar por los intereses de una población a la que el tiempo le ha robado todas las esperanzas, menos la del retorno y la libertad.
Antoni Segura i Mas es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona y colaborador de Bakeaz.
© Antoni Segura i Mas, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 1 de agosto de 1998.