Este año se ha conmemorado el cincuenta aniversario de la constitución de Israel (14 de mayo de 1948), que dio origen al conflicto más largo de este siglo y supuso, según Georges Corm, la implosión de Próximo Oriente. El nuevo Estado, que fue rápidamente reconocido por EE UU y la URSS, y admitido en la ONU, era el fruto envenenado de la ambigüedad política británica, capaz de prometer, al mismo tiempo, el establecimiento de una entidad árabe independiente a Husayn, el sharif de La Meca si se rebelaba contra Estambul (Lawrence de Arabia en 1915) y una patria judía en Palestina a la Comisión Sionista de Londres (declaración Balfour de 1917).
El mandato británico de Palestina (1922) favoreció la inmigración judía, pero fue incapaz de evitar el creciente enfrentamiento entre árabes y judíos. Después de la Segunda Guerra Mundial, el descubrimiento del horror del Holocausto y el problema de los desplazados favorecieron la adopción de un Plan de Reparto de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro judío, aprobado por la ONU en 1947 (resolución 181) con el voto favorable de los países europeos, EE UU y la URSS, la abstención de Gran Bretaña y China, y la oposición de los países musulmanes e India. Finalmente, la contestación de la presencia británica –el Irgun de Menahen Begin atenta en 1946 contra el hotel Rey David, sede de las fuerzas británicas: 91 muertos– precipitó el final del mandato y la proclamación unilateral del Estado de Israel, que dio origen a la primera guerra árabe-israelí. Al acabar ésta el 19 de enero de 1949, Israel controlaba un tercio más del territorio previsto en el Plan de la ONU –donde quedaron unos 180.000 árabes– y trasladaba la capital a Jerusalén, mientras la primera diáspora palestina –900.000 refugiados– se dirigía hacia Gaza, bajo administración egipcia, y Cisjordania, anexionada por Jordania.
Las sucesivas guerras árabe-israelíes modifican progresivamente la situación inicial y hacen de Próximo Oriente una de las regiones más conflictivas del mundo. Hasta la guerra de 1956, se identifica a Israel como un pueblo que ha sido capaz de vencer todas las dificultades, regresar a la patria añorada y construir un socialismo en libertad. La irrupción del socialismo árabe en Egipto (golpe de los Oficiales Libres de 1952) y la alianza de Tel Aviv con las viejas potencias coloniales, Francia y Gran Bretaña, en la guerra de 1956 cambian la imagen internacional de Israel, que ve con temor el surgimiento del Movimiento Nacional Palestino y de Al-Fatah (1959), la llegada al poder del partido Baas en Siria (1963) e Irak (1963 y 1968), y la aproximación a Moscú de sus vecinos árabes. En 1967, Israel se convierte en el país agresor y desencadena la Guerra de los Seis Días para interponer nuevos territorios entre los países árabes y su espacio vital. La guerra dará origen a una nueva diáspora palestina, que provocará tensiones en Jordania (Septiembre Negro de 1970) y en Líbano, y a la aparición de los territorios ocupados, donde reside la combativa población palestina de la diáspora de 1949: Sinaí, Gaza, Cisjordania, los Altos del Golán y Jerusalén Este.
A finales de los 60, Washington pretende afianzar su hegemonía en la región y obtener el reconocimiento de Israel por los países árabes. La resolución de la guerra de 1973 apunta en esa doble dirección. Los Acuerdos de Camp David (1978) sientan el principio de paz a cambio de territorios –El Cairo recupera el control del Canal de Suez y la península del Sinaí, e Israel obtiene la seguridad en sus fronteras occidentales–, suponen la definitiva adscripción de Egipto a la política de Washington y el reconocimiento de Israel por el principal país árabe del momento. Desde entonces, ni la expulsión de Egipto de la Liga trabe (1979-1987), ni la guerra civil de Líbano (1975-1991), ni las sucesivas intervenciones del Ejército de Israel (Tsahal) en este país (1978, 1982, 1996), ni el fin de la guerra fría, ni la renuncia de la OLP a la lucha armada –en 1982, el sitio de Beirut había obligado a trasladar la sede a Túnez–, ni la Intifada –insurrección de 1987 en Gaza y Cisjordania, donde la población se enfrenta al Tsahal con piedras– han hecho variar este principio.
Sin embargo, fue necesaria una nueva guerra, la del Golfo (1991), en la que no participó Israel, para hacer posible, bajo los auspicios de Washington, la Conferencia de Paz de Madrid (octubre de 1991), los Acuerdos de Oslo (firmados en Washington en septiembre de 1993) y la Declaración de Washington (julio de 1994), que supusieron el reconocimiento de Israel por Jordania y la Autoridad Nacional Palestina (ANP), y el establecimiento de un régimen de autonomía limitada en Gaza y en una pequeña parte de Cisjordania, es decir, soberanía palestina sobre las principales ciudades de población palestina (no se ha cumplido en Hebrón), soberanía compartida en las poblaciones rurales de población palestina (el Tsahal puede intervenir si cree amenazada la seguridad de Israel) y soberanía de Israel en el 70% del territorio restante (incluido el valle del Jordán), donde vive el 10% de la población palestina.
A pesar de las acciones terroristas de uno y otro signo –los atentados de Hamás y la Yihad islámica, las acciones de Hezbollah, la masacre de Hebrón en febrero de 1994– y de la desafortunada intervención de Simon Peres en el Líbano (abril de 1996), el proceso de paz se desarrolló a buen ritmo en los primeros años: mayo de 1994, firma en El Cairo del acuerdo Gaza-Jericó, que permitió el regreso a Palestina de la OLP y de Yaser Arafat; julio de 1994, Arafat llega a Gaza; septiembre de 1995, firma en Washington del denominado Acuerdo de Oslo II, que regula y amplía la autonomía palestina; enero de 1996, victoria electoral de Arafat y de Fatah. Sin embargo, la victoria del Likud en mayo de 1996 supuso un duro golpe para el proceso de paz. La necesidad de soportes parlamentarios hace a Netanyahu especialmente sensible a la presión de los colonos –no sólo se resisten a abandonar sus enclaves en Hebrón y en Jerusalén Este, sino que han conseguido ampliarlos– y a la de los grupos religiosos ultraconservadores. La sucesión de crisis –túnel de los asmoneos, septiembre de 1996; Hebrón, enero-febrero de 1997; nuevo barrio judío de Har Homa en Jerusalén Este, febrero-abril de 1997; etcétera– han provocado la paralización del proceso que, hasta el momento, no ha conseguido reactivar ni la mediación europea ni norteamericana.
A cinco años de la firma de los Acuerdos de Oslo, la situación es más preocupante que nunca, pues al bajo nivel de vida de los territorios bajo control de la ANP y la insuficiencia de los acuerdos alcanzados –soberanía muy limitada y territorialmente reducida, no solución del tema de los refugiados y del Estatuto de Jerusalén, etcétera–, se añade la desesperación de ver que tampoco se cumple lo acordado. De la maratón negociadora de Wye Plantation surgió un principio de acuerdo –cesión de un 13% de Cisjordania y desarme de los colonos judíos a cambio de que la ANP garantice la seguridad y aplace la proclamación del Estado palestino– para desbloquear el proceso de paz y evitar un nuevo fracaso de la Administración Clinton. A pesar del acuerdo, la situación puede convertirse en insostenible a medida que Arafat se quede sin argumentos políticos y los extremistas de ambos lados continúen rechazando violentamente el acuerdo.
Antoni Segura i Mas es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona y colaborador de Bakeaz.
© Antoni Segura i Mas, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 4 de noviembre de 1998.