En estas horas en las que el conflicto de Kosovo ha alcanzado unas dimensiones trágicas difícilmente rebajables, nada sería más grave entre nosotros que dar por buenos los efectos de una omnipresente etnificación del lenguaje. La satanización de los serbios, de los croatas o de los albaneses, como si entre todos ellos no hubiese un sinfín de posturas distintas, es una dramática distorsión de la realidad.

Es verdad que el fenómeno remite muchas veces a una simple importación. Por lo que cuentan, para muchos serbios, y en particular para las clases medias de Belgrado, los albaneses son gentes primitivas que se dedican a “cortar madera y transportan carbón, comen tomate y pan, duermen en el suelo y ahorran hasta el último centavo para ver de comprarse una esposa”. Para muchos albaneses, y en el otro lado del espejo, los serbios están “genéticamente abocados a la conquista y a la opresión, siempre se hallan ávidos de poder y de tierras, y sólo ceden cuando alguien exhibe la fuerza”.

Resulta lamentable, sin embargo, el olvido de los vínculos que, pese a todo, existen entre las comunidades presentes en Kosovo. En la lengua que hablan los serbokosovares está presente hasta un 20% de palabras albanesas, y cabe suponer que algo semejante ocurre, con palabras serbias, en el albanés hablado por los albanokosovares. Los albaneses y los serbios de Kosovo comparten, por otra parte, un sinfín de elementos folklóricos comunes, y ello hasta el punto de que muchas de las canciones más populares entre los serbios de Kosovo incorporan elementos albaneses y turcos.

Un sacerdote serbio, el padre Sava, ha tenido el coraje de defender, desde su monasterio de Deoan, en Kosovo, a las víctimas de la limpieza étnica y no dudó en su momento en recibir a quien a la sazón era el portavoz del Ejército de Liberación de Kosovo, Adem Demaoi. El propio superior de Sava, el obispo Artemije, aunque menos claro en su comportamiento y en sus manifestaciones, no ha dejado de tener problemas con Belgrado por su actitud genéricamente abierta.

Han sido numerosos, y por lo demás fructíferos, los esfuerzos de aproximación alentados por grupos religiosos kosovares, unas veces de manera independiente y otras en virtud de iniciativas internacionales. Tampoco han faltado relaciones fluidas como las establecidas por las Mujeres de Negro de Belgrado o como las derivadas de otra organización con sede también en la capital serbia: el Centro de Derecho Humanitario.

No tenemos razón alguna para concluir que gentes como las que acabamos de invocar son una absoluta rareza, y tampoco hay motivos para aceptar sin recelo la carga emotiva que lleva aparejada un término, kosovozacija, que en serbocroata es sinónimo de lo que en el mundo occidental se entiende por balcanización. El ascendiente, en suma, del movimiento de desobediencia civil imperante durante años –y acaso dominante todavía hoy– no puede desaparecer de la noche a la mañana en Kosovo, y ello pese a que la inercia belicista se ha llevado, a buen seguro, muchas cosas y ha generado, del lado albanokosovar, una insorteable censura en lo que se refiere a la emisión de críticas con respecto al Ejército de Liberación.

Y es que los datos que dan cuenta de cruces, mestizajes e influencias –de una convivencia creativa, en suma– no faltan. Al fin y al cabo, serbios y albaneses pelaron en el mismo bando, en 1389, en la demasiado recordada batalla de Kosovo Polje.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 24 de abril de 1999.

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