Los bombardeos de la OTAN contra Serbia y Montenegro han vuelto a subrayar con dramática crudeza la irracionalidad de unas acciones militares que han burlado la escasa credibilidad del sistema de Naciones Unidas, demostrando con palpable claridad cómo las guerras afectan a la población civil.

Frente a sentimientos tan ambivalentes como el apoyo y solidaridad inequívocos hacia el pueblo albanokosovar, junto con un repugnante rechazo contra la represión genocida y racista del presidente Milosevic, observamos con perplejidad un sinnúmero de incongruencias alrededor de la catástrofe humanitaria televisada que estas semanas se está desencadenando en los Balcanes y que nos sitúa ante la realidad de unos hechos y unas políticas de las que debemos también sacar conclusiones. Reflexionar sobre todas estas paradojas supone una necesidad, ante tanta barbarie y tal cúmulo de sinsentidos a los que estamos asistiendo.

Europa como espejismo político. La tan cacareada construcción europea no es sino un club de opulentos países glotones, preocupados por incrementar sus mercados y subsidiar sus productos. Mientras nos informan con detalle de los precios protegidos del aceite o del número de litros de leche adquiridos a precios de garantía, nadie se ocupa de hablarnos de esos países excluidos y olvidados situados en los suburbios del viejo continente, sometidos a un abandono y a una miseria tan perversa como injusta. Europa negocia una Agenda 2000 de ayudas y subsidios para sus privilegiados miembros en tanto que en sus arrabales hay países que, como Albania, están abandonados a una economía de simple subsistencia. Al mismo tiempo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial negocian con Rusia créditos y reestructuración de deudas impagadas, necesarios para mantener a un país agónico, desangrado por un capitalismo salvaje y especulativo al que Europa le ha empujado sin miramientos.

Albania está dando una lección a Europa. Un país que no situábamos bien en el mapa, del tamaño de Galicia, ha ido desangrándose lentamente desde el año 1997 a raíz de las gravísimas crisis financieras provocadas por el derrumbe de las sociedades de usura piramidales que de un día para otro se tragaron el escaso ahorro de los ciudadanos más pobres de Europa, es decir, el 30% de su PIB. Entonces, Europa y la comunidad internacional no se movilizaron para ayudar a este país, a pesar de las violentas protestas que se generalizaron en sus ciudades y que acabaron con la vida de cerca de 2.000 personas. Ni la Unión Europea, ni las ONG, ni mucho menos las agencias de desarrollo de Naciones Unidas comprendieron entonces la necesidad de apoyar a una población desesperada y abandonada a la mayor de las pobrezas, cuya única esperanza era alcanzar las costas de Grecia e Italia.

De la misma forma que la Humanidad no avanzará sin reducir y eliminar el abismo entre el Norte y el Sur, una Europa económica y social en libertad no podrá construirse sin contar con todos los países, pueblos y naciones del continente. Lo demás es puro espejismo de economistas y políticos.

Destrucción frente a desarrollo. El cinismo y la falsedad de los gobernantes occidentales queda en evidencia al reducir sus recursos internacionales para el desarrollo a los niveles más bajos de la historia, mientras que por el contrario son capaces de gastar en armamento cantidades astronómicas. Así, los países occidentales han ido reduciendo sus presupuestos de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) hasta mínimos históricos, siendo capaces de gastar en pocos días en guerra, muerte y destrucción cantidades que multiplican por cien sus gastos anuales en ayuda, desarrollo y reconstrucción de países. Si, como veníamos oyendo, España no podía incrementar sus presupuestos oficiales para ayudar a los países más pobres por falta de recursos, ¿cómo se están sufragando los miles de millones de pesetas que está costando una participación en una guerra no prevista, y para la que no había partidas presupuestarias aprobadas?

En lugar de apoyar a las agencias de desarrollo hemos fortalecido estructuras militares, invirtiendo en armamento recursos necesarios para alimentar a una parte importante de la Humanidad, al tiempo que debilitábamos y desacreditábamos las escasas estructuras políticas internacionales de diálogo que con esfuerzo se crearon después de la segunda guerra mundial. Definitivamente, el ser humano no aprende de sus propias lecciones.

La interesada utilización del humanitarismo. Asistimos a una perversión del humanitarismo de fin de siglo que sirve para justificar y promover campañas de destrucción a cargo de la OTAN, al tiempo que encuentra en los ejércitos la coartada para su existencia. Las mismas razones humanitarias que justificaron un ataque militar a gran escala no sirven para mantener con dignidad a estos cientos de miles de personas en sus necesidades más básicas, proponiéndose incluso su diáspora por todo el mundo, a miles de kilómetros de sus casas y aldeas, mediante programas de acogida absurdos que deben de llenar de carcajadas al propio Milosevic.

Y España no podía ser menos. Gobernantes de todos los niveles se han lanzado a una carrera electoralista por demostrar que ellos son los más solidarios, y que van a dar a estos refugiados lo que niegan durante todo el año a los miles de refugiados e inmigrantes en sus calles y ciudades. Cuando se niega la ayuda y los papeles a decenas de miles de inmigrantes en todo el Estado, se quiere hacer electoralismo con unas personas expulsadas de sus casas y de sus pueblos por la fuerza de las armas, a las que se debe devolver lo antes posible a Kosovo, precisamente para impedir lo que se dice querer evitar con las acciones militares en curso.

El recelo occidental hacia el Islam. En Europa seguimos teniendo un pavor medieval hacia el Islam, un miedo tan profundo como atávico que demuestra nuestra ignorancia y desconocimiento del mundo musulmán. Si esas mujeres y esos ancianos que hemos visto caminar descalzos en un éxodo infame a través de montañas repletas de nieve, escapando de una muerte segura del ejército serbio, hubieran sido católicos en lugar de musulmanes, seguramente la Europa judeocristiana y el poderoso Vaticano, así como las potentes ONG católicas internacionales, se habrían volcado en socorrer, apoyar y proteger a estas personas, en lugar de someterlas a la desidia que durante estos diez años han tenido que soportar.

Mientras Europa y Occidente no entiendan y se aproximen al mundo musulmán, seguiremos atizando conflictos, guerras e incomprensiones en nuestras prósperas fronteras; unos conflictos ante los que no podemos seguir impasibles, como sucede con Argelia, recontando muertos pero nutriéndonos de su gas y su petróleo. La moral europea tiene que ir más allá de una simple moneda, retomando los ideales de razón y fraternidad de hace dos décadas.

Carlos Gómez Gil es sociólogo e investigador de Bakeaz.

© Carlos Gómez Gil, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 14 de mayo de 1999.

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