En los últimos días, se han hecho sentir incipientes diferencias entre los gobiernos occidentales en lo que respecta a una cuestión de innegable relieve: la de si procede conceder ayuda económica a la Federación Yugoslava de hoy mientras ésta se halle encabezada por Milosevic y los suyos. A los ojos de muchos, la negativa a proporcionar ayuda al régimen yugoslavo de estas horas parece llamada a convertirse en instrumento central para propiciar el hundimiento de ese régimen.

Aparcaremos ahora la consideración de dos circunstancias, sin duda, importantes: si, por un lado, los problemas internos no estrictamente económicos –la eventualidad de la ruptura del Gobierno de coalición, las presiones de las Fuerzas Armadas, el riesgo de hundimiento de la frágil federación que integran Serbia y Montenegro– le sobran al régimen de Milosevic; si, por el otro, no faltan entre nuestros gobiernos quienes se han apresurado ya a rechazar la conveniencia, y la utilidad, de emplear presiones económicas.

Mayor interés tiene, muy probablemente, la mención de lo que se antoja inevitable: es difícil dar crédito a la idea de que nuestros empresarios van a renunciar al negocio de la reconstrucción de Serbia y Montenegro y van a abstenerse, por tanto, de presionar sobre los gobiernos para que éstos renuncien al despliegue de medidas de restricción de las relaciones económicas. Si así son las cosas, nos encontraríamos una vez más ante un escenario –extremadamente común en los tiempos que corren– en el que los intereses privados se imponen a las directrices políticas previamente trazadas.

Es más que probable que un fenómeno semejante despunte en relación con otro de los debates económicos vinculados al futuro de los Balcanes: el que anunciaba una rápida ampliación de la Unión Europea en esa conflictiva península. Sabido es que, cuando la guerra estaba en su momento supremo, se escucharon voces que reclamaban una aceleración inmediata de los procedimientos de adhesión a la UE de varias de las repúblicas ex yugoslavas. Al respecto, se sugirió también, por cierto, que no estaría de más la gestación, siquiera a título provisional, de una fórmula intermedia entre la adhesión plena y la mera colaboración.

Ahora que el conflicto empieza a desaparecer de las primeras planas de los periódicos, parece que las promesas de semanas atrás se han ido desvaneciendo. Es lícito suponer que su lugar dentro de bien poco será ocupado por mensajes que nos son mucho más conocidos, y, entre ellos, aquél que sugiere que la incorporación a la UE no remite en modo alguno a derechos innatos o a macroproyectos políticos, y sí a la rigurosa satisfacción de un sinfín de draconianos requisitos –desarrollo tecnológico, tamaño de la agricultura, infraestructuras, déficit público, tipos de interés…– que hoy están, visiblemente, fuera del alcance de la mayoría de las repúblicas ex yugoslavas.

Si nuestro diagnóstico no es equivocado, y en los próximos meses tenemos la oportunidad de comprobar cómo muchas promesas eran agua de borrajas, estaremos en la obligación de concluir que también aquí es el prosaico y mercantil discurso de la economía, y en modo alguno el designio de cumplir promesas que llaman a la solidaridad, lo que a la postre se abre camino.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 26 de junio de 1999.

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