Pocos podían aventurar que sería presidente de Irak con tan sólo 42 años, y una vez en el poder, aún menos osaron soñar que su sangriento régimen le llevaría a la horca
No pasará a la historia como el heredero de Naser, aunque le hubiera gustado. Ni tampoco será recordado como el dirigente árabe que derrotó a la república islámica iraní. Ni, mucho menos, como el nuevo Nabucodonosor que expulsó a los judíos al exilio. Sadam Hussein será recordado ante todo por la fotografía tomada tras su captura, en la que su mirada asustadiza y su barba descuidada apenas recuerdan al hombre que dirigió con mano de hierro el destino de Irak durante treinta y cinco años.
Pasará a la historia también como el carnicero de Dujail y Halabja. En el primero de los casos, el que le ha llevado al cadalso, la localidad chií fue arrasada y 150 de sus habitantes perdieron la vida en represalia al intento de asesinato del presidente iraquí el 8 de julio de 1982. En el segundo, el 16 de marzo de 1988, sus tropas bombardearon con gas mostaza la ciudad, tras ser tomada por los peshmergas kurdos apoyados por Irán, causando la muerte de 5.000 personas.
Cuando Sadam nació en 1937 en una pequeña aldea a unos pocos kilómetros de Tikrit, pocos podían aventurar que con tan sólo 42 años de edad se convertiría en presidente de Irak. A los diez años se estableció en Bagdad, donde fue adoptado por su tío materno, Jairallah Tulfah, un maestro de escuela que simpatizaba con el movimiento nacionalista y que, más tarde, sería recompensado por su sobrino, que le convirtió en alcalde de Bagdad. En 1957, cuando contaba con tan sólo veinte años de edad, Sadam se afilió al partido socialista Baas, poco después de que el presidente egipcio Naser saliera airoso de la guerra de Suez. Un año más tarde, la monarquía hachemita iraquí fue derrocada y el general Qassem se puso al frente de un gobierno que se aproximó peligrosamente a la órbita soviética.
Fue entonces cuando comenzó la carrera ascendente de Sadam. Con el apoyo de la CIA, tomó parte en un fallido complot para asesinar al presidente y, tras su fracaso, encontró refugio en el Egipto naserista, donde residió varios años y frecuentó habitualmente la Embajada americana. En el contexto de la guerra fría, la Administración estadounidense planteó la doctrina Eisenhower, que pretendía llenar el vacío dejado por Francia y Gran Bretaña en Oriente Próximo y, así, frenar la penetración soviética. Sadam se perfila entonces como un elemento clave para reemplazar a Qassem. Tras el triunfo del golpe de Estado de 1963, el Baas se convierte en uno de los integrantes del nuevo Gobierno y su primo Ahmad Hasan al-Bakr es designado primer ministro, aunque pronto cae en desgracia y, con él, Sadam, que es encarcelado.
Tras un nuevo golpe en 1968, Bakr retoma el poder y Sadam se convierte en su vicepresidente. Aunque en teoría el Baas es el partido gobernante, en la práctica Sadam prefiere rodearse del clan de Tikrit, al considerar que «la sangre es más fuerte que la ideología». Como destaca Charles Tripp, autor del libro ‘Historia de Iraq’, el Baas fue desideologizado y se convirtió en «una extensión del poder personal de Sadam a través de la utilización del patronazgo. Su concepción del Estado se basaba en el dominio de un pequeño círculo de íntimos, ligado por redes de alianzas y ventajas, difícil de alcanzar a no ser por decisión del propio gobernante».
El alza de los precios del petróleo a mediados de la década de los setenta permitió a Sadam emprender un ambicioso programa de desarrollo que tuvo especial influencia en el terreno sanitario y educativo, pero también en el Ejército, que se convirtió en uno de los más poderosos de la región y empezó a desarrollar un programa nuclear. Como se puso de manifiesto en la Cumbre de Bagdad de 1978, Irak intentó también asumir una posición hegemónica en el mundo árabe, formando parte del núcleo duro que promovió la expulsión de Egipto de la Liga Árabe tras la firma de los Acuerdos de Camp David.
Meteórica carrera
En 1979, Sadam coronó su meteórica carrera al acceder a la presidencia, pero a partir de entonces comenzó a torcerse su buena estrella. Como sus predecesores en el cargo, Sadam tuvo problemas para mantener la cohesión interna de un Estado mosaico lastrado por sus diferencias étnicas (árabes y kurdos) y confesionales (musulmanes sunníes y chiíes, cristianos de rito caldeo y nestoriano, además de yazidíes). El hecho de que Sadam perteneciera a la minoría árabe sunní no facilitó mucho las cosas.
A los problemas en el frente interno se sumó, a partir de 1980, la larga y costosa guerra con el Irán de Jomeini, que tuvo un alto coste en vidas humanas (más de 1.700.000 entre los dos bandos). Sadam cometió un enorme error de cálculo al creer factible una rápida victoria contra el régimen de los ayatolás. Para aunar a una población dividida, desempolvó la batalla de Qadisiyya (636), en la que los árabes se impusieron a los persas. Pese a la ayuda de Estados Unidos y los países petrolíferos árabes, Irak fue incapaz de imponerse en el frente de batalla y acabó aceptando un alto el fuego que sabía a derrota.
Tras la guerra, el régimen se hizo aún más autoritario, eliminando a todos aquellos que cuestionaban las estrategias del dictador y aumentando la represión de las poblaciones chií (considerada una quintacolumna de Irán) y kurda (a la que se tachó de separatista), que fueron bombardeadas con armas químicas. A partir de entonces, la obediencia ciega a Sadam y la proximidad a él fueron los únicos criterios, no sólo para la promoción, sino también para la propia supervivencia política. Irak dejó de ser una dictadura militar y se convirtió en un estado totalitario de corte estalinista. Las purgas en el seno del Baas y en las fuerzas armadas fueron sistemáticas.
Asfixiado por el pago de una deuda externa que rebasaba los 55.250 millones de euros, Sadam decidió lanzar un órdago con la invasión de Kuwait en 1990. De nuevo, el tiro le salió por la culata, ya que la comunidad internacional se movilizó rápidamente y el Consejo de Seguridad autorizó el empleo de la fuerza para preservar la legalidad internacional (y, de paso, salvaguardar los recursos energéticos del golfo Pérsico). La operación ‘Tormenta del desierto’, liderada por Estados Unidos, puso fin a la ocupación, aunque sin liquidar al régimen baasista. A pesar de la derrota, Sadam logró conservar el poder, eso sí, apretando aún más el yugo sobre la población, como puso de manifiesto la sangrienta represión por parte de la Guardia Republicana de los alzamientos en Basora y el Kurdistán.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 dieron un giro inesperado a la situación, ya que la Administración de Bush se cifró como objetivo prioritario el derrocamiento de Sadam. En un primer momento se le acusó de mantener vínculos con Al-Qaida y, con posterioridad, de almacenar armas de destrucción masiva. Pese a que algunos países árabes negociaron en secreto la salida del dictador, ya se había dado luz verde a la invasión de Irak, que tuvo lugar el 20 de marzo de 2003. Seis semanas más tarde, las tropas norteamericanas entraban en Bagdad. Tras varios meses de búsqueda, Sadam fue capturado en diciembre en un refugio en los alrededores de su población natal. El 5 de noviembre de 2006 fue condenado a morir en la horca.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006. Publicado en El Correo, 31 de diciembre de 2006.