A estas alturas, es un ejercicio estéril el que se encamina a buscar explicaciones sobre por qué ha sido destituido, de nuevo, un primer ministro en Rusia. La enajenación mental de un presidente, que, desde mucho tiempo atrás, ha decidido no medir las consecuencias de sus acciones, se impone sobre cualquier argumentación sesuda que dé cuenta, por ejemplo, de competiciones electorales, eventuales fracasos económicos o renacidos contenciosos en el norte del Cáucaso. Al defenestrado Stepashin no se le han concedido siquiera esos cien días de cortesía que se antojan un plazo razonable para evaluar intenciones y capacidades.

Lo ocurrido recuerda poderosamente, por lo demás, algo que ha sucedido en Rusia, en varias ocasiones estos últimos años: Yeltsin decide abandonar una de sus convalecencias, se traslada presuroso al Kremlin y destituye enérgicamente a todos los responsables de su aparato presidencial. La primera vez que tal cosa ocurrió, los analistas no dudaron en encomiar la energía de un hombre al que unas horas antes se atribuían carencias de todo tipo. En las siguientes ocasiones, y poco a poco, la realidad ha ido imponiéndose, sin embargo, y ha obligado a lanzar los dardos contra quien una y otra vez se equivocaba de forma tan palmaria en la elección de sus más directos colaboradores. Parece que, afortunadamente, esta visión de los hechos ha empezado a instalarse, también, en la cabeza de la mayoría de los rusos.

Claro que, en el caso de la destitución que nos ocupa, es menester agregar un dato más que otorga una adicional pátina de impresentabilidad a las cosas: tras defenestrar a Stepashin, Yeltsin ha optado por una figura política, la de Vladimir Putin, que a los ojos de algún analista no es sino una repetición clónica del propio Stepashin. Como éste, procede de los servicios de seguridad, carece de cualquier experiencia en el vital ámbito de la economía, se antoja dócil y manipulable y no parece mostrar –digamos esto con cautela– carisma alguno.

La decisión de Yeltsin sería irrelevante si se agotase en sí misma y pudiésemos concebirla como un prescindible dato más de los muchos que se acumularán hasta que llegue el momento de las elecciones presidenciales previstas –¿se celebrarán?– para junio del año venidero. Por desgracia, los hechos desaconsejan tomarse las cosas de manera tan tranquila: ahí está, para testimoniarlo, una nueva crisis bursátil a la que, presumiblemente, seguirá la reapertura de conflictivas negociaciones con el Fondo Monetario Internacional –cabe suponer que éste se lo pensará dos veces antes de volver a rascarse los bolsillos– en un escenario en el que la condición dramáticamente interina de la política rusa se impone por doquier. La situación económica y social no permite, por lo demás, muchos viajes y aconseja, antes bien, tomar precauciones que permitan esquivar el más mínimo deterioro.

Para que el círculo vicioso se cierre, Putin, o quien sea, se verá obligado una vez más a rehacer un complejísimo esquema de representación de intereses que en estas horas se antoja más enmarañado que nunca. En él, y por desgracia, parece que el Parlamento, carcomido en sus entrañas, se limitará a dar su visto bueno al último capricho yeltsiniano, mientras desde los escaños se blandirán, eso sí, feroces aseveraciones sobre la frivolidad del presidente. Claro que también habrá que preguntarse hasta cuándo se seguirá repitiendo en nuestras cancillerías la monserga de que Yeltsin es la garantía de la paz, la estabilidad y la democracia en Rusia.

Carlos Taibo es director del programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma 
de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 13 de agosto de 1999.

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