Los atentados de los últimos días en Moscú siguen rodeados de un sinfín de incógnitas. Aunque la principal es, naturalmente, la relativa a sus autores, lo cierto es que la mayoría de los analistas y las propias fuentes oficiales parecen entender que la guerrilla islámica que opera en Daguestán se encuentra detrás de las bombas.

El desmentido que al respecto ha emitido el máximo responsable guerrillero, Shamil Basáyev, ha vuelto a levantar, de cualquier modo, una disputa en la que casi todo el mundo ha terciado. Se ha recordado, por ejemplo, que la resistencia chechena no recurrió a este tipo de actos cuando el conflicto librado entre 1994 y 1996 estaba en su punto álgido. También se ha subrayado, en presunta confirmación de las declaraciones de Basáyev, que este último tiene un innegable sentido de la imagen y sabe que su causa en nada gana al amparo de las imágenes que han llegado de Moscú en las últimas jornadas. Muy al contrario, parece que el ciudadano ruso de a pie, que por razones que no vienen ahora al caso no es precisamente hostil a la independencia de Chechenia, podría cambiar de opinión si se confirmase que la autoría de las bombas debe atribuirse a los resistentes islámicos.

En semejante caldo de cultivo no puede sorprender que se hayan disparado los rumores –cabe esperar que sean absolutamente injustificados e insidiosos– que sugieren eventuales responsabilidades de los propios servicios de seguridad rusos. El argumento que se esgrime al respecto es sencillo: Yeltsin estaría interesado en contar con una buena excusa para justificar la instauración de un estado de emergencia que permitiese, entre otras cosas, la prolongación de su mandato presidencial más allá de junio del 2000. Aunque las intenciones de Yeltsin puedan ir por ahí, resulta difícilmente creíble que haya llegado tan lejos en la búsqueda de argumentos justificativos.

Otra cuestión de innegable relieve es, claro, la de los efectos que los atentados están llamados a ejercer sobre la campaña electoral en ciernes. Los especialistas han subrayado dos dimensiones importantes que remiten, como se verá, a dos conclusiones palmariamente distintas. Conforme a la primera, las bombas habrían acrecentado la sensación de inseguridad entre la población, algo que por fuerza –y como quiera que llueve sobre mojado– se estaría volviendo en contra del partido del poder yeltsiniano. De acuerdo con la segunda, en cambio, las apelaciones a la necesidad de cerrar filas no habrían dejado de beneficiar al primer ministro Putin, que de esta suerte habría alcanzado un protagonismo que nadie le auguraba.

Sean las cosas como sean, las bombas moscovitas han tenido el provisional, e innegablemente negativo, efecto de distraer la atención que hasta hace bien poco se concentraba en algunos de los grandes problemas que atenazan a la Rusia de estas horas. El hecho de que los medios de comunicación sólo presten atención a los atentados es, sin duda, un respiro para quienes –y de nuevo estoy pensando en el partido del poder– no están, precisamente, interesados en que se hable de la corrupción y de los agudos problemas económicos y sociales que padecen la mayoría de los rusos.

Carlos Taibo es director del programa de estudios rusos de la Universidad Autónoma 
de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 15 de septiembre de 1999.

  • 2007 Escuela de paz es un proyecto de
  • / Diseño de Álvaro Pérez
  • / Desarrollado por eFaber