Desde hace un par de años asistimos a un permanente desfile de eximios economistas estadounidenses en Europa, todos pertrechados con un discurso que, sobre la base de diferentes argumentos, termina siempre en el mismo mensaje: los europeos nos vamos a arrepentir de haber puesto en marcha la moneda única.

Inicialmente fue el best seller de la economía, Paul Krugman, diciéndonos primero que la Unión Europea no es un área óptima (un espacio económico suficientemente coherente para unificar sus monedas en una sola), y mostrando después su preocupación por los parados y los olvidados de la lucha europea contra la inflación. Y quién no recuerda al anciano Franco Modigliani, insistiendo continuamente, por escrito y en visitas a Madrid o Bilbao, en que –¿fantasmas de su juventud?– en realidad el Banco Central Europeo es el Bundesbank con otro disfraz, y que la política europea es sencillamente la política que le interesa a Alemania. El último en abrir la boca ha sido Gary Becker, quien recibiera el premio Nobel por afirmar que las relaciones sociales son reducibles a simples relaciones económicas y al cálculo de coste-beneficio. Transmutado en experto monetario, nos dice que lo del euro, lo mejor es dejarlo.

Tan sólo escapa a este coro de agoreros Milton Friedman, curiosamente uno de los pocos que con razón puede adjudicarse el título de estudioso del dinero. Pero es que el padre del neoliberalismo está de vuelta de muchas cosas, y siempre ha disfrutado mostrándose políticamente incorrecto; como neoliberal en época de hegemonía socialdemócrata, o como pro-euro en una Norteamérica atemorizada por perder su posición de dominio monetario internacional.

De todo este festival de coros y danzas con cobertura de ciencia económica se pueden deducir varias cosas. Para empezar, que, a la inversa de lo que pensaba el gran Maynard Keynes, los políticos no son herederos de algún economista difunto, sino que más bien son los economistas los que se muestran dispuestos a matar y a morir con tal de que los políticos les hagan caso. Son los políticos los que definen el contenido de la agenda, la orientación de las políticas, los cambios a implementar. Y sólo recurren a los economistas para labores de ingeniería y, en su caso, para darle legitimidad a la trastada de turno, se llame ésta privatización, flexibilización del mercado de trabajo, ajuste presupuestario o cualquier otra ocurrencia. Son precisamente los estadounidenses, bien aprendida la lección después del desastre que organizaron en Vietnam y su reflejo en los medios de comunicación social, los que mejor han entendido que cualquier batalla política hay que ganarla primero en la opinión pública, y que, a ésta, nada le convence más que la docta opinión de los denominados “expertos”.

El amigo americano está verdaderamente preocupado por la competencia que les puede suponer el euro. Competencia política, más que económica. Lo que se dirime hoy en día en el escenario monetario internacional no es algo que afecte principalmente al comercio o a los flujos financieros: se trata sobre todo de un problema de soberanía, de hegemonía mundial y de lo que tradicionalmente se ha denominado imperialismo. La moneda oficial, en el ámbito en que circula, simboliza mejor que cualquier otra cosa quién manda. La moneda mundial, moneda de reserva y de pago internacional, ha sido siempre la de la potencia reconocida, que a cambio ha disfrutado de determinados privilegios, sean los monopolios comerciales de la Inglaterra en el siglo XIX, o la dispensa de recurrir al ajuste interno (apretarse el cinturón) cuando la balanza de pagos se vuelve negativa, como en el caso de Estados Unidos en las últimas décadas.

Los economistas en general tienen una fuerte obsesión por resultar políticamente correctos a los ojos de su Administración, que es en definitiva quien paga. Por eso todos los economistas estadounidenses que nos visitan repiten casi sin excepción el mismo discurso, insistiendo en que el euro es un problema interno de los europeos, una decisión equivocada que, en todo caso, a ellos como norteamericanos les afecta muy poco. También los organismos internacionales bajo control de Estados Unidos, en particular el Fondo Monetario Internacional, muestran una preocupación que se esfuerza por parecer sincera ante el supuesto callejón sin salida en que hemos decidido meternos los que aceptamos la moneda única.

Suficiente para presumir que sí les preocupa, y bastante más de lo que les gustaría que se supiese. De hecho, un análisis cuidadoso de la evolución reciente en la política monetaria de aquel país permite sospechar que entre sus objetivos más importantes se sitúa el debilitar el euro, provocando una importante fluctuación en el precio de esta moneda, tanto en el tiempo (las tasas de interés) como en el espacio (el tipo de cambio). A medida que se acerca el momento en que el euro comience a funcionar como circulante, arreciarán estas medidas perturbadoras desde el otro lado del Atlántico, que siempre se disfrazarán como orientadas a objetivos internos (que si el recalentamiento, que si el equilibrio financiero o fiscal…).

Pero no vamos a entrar en disquisiciones de economistas, cuando en realidad la cosa va por otro lado: el euro es la decisión política más importante en Europa desde la segunda guerra mundial, y probablemente la más importante desde el Tratado de Westfalia. Y por primera vez en este siglo, una decisión histórica para el futuro de Europa y del mundo se toma sin el concurso de los norteamericanos.

La guerra monetaria se anuncia feroz y sin cuartel para los próximos años. Lo que no está claro es quién va a hacer negocio con ella.

Joaquín Arriola es profesor de economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz.

© Joaquín Arriola, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 1 de octubre de 1999.

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