Los acontecimientos más recientes y, en particular, la ofensiva militar rusa, aérea y terrestre, en Chechenia, corren el riesgo de reabrir con toda su intensidad un conflicto que, mal que bien, se cerró en varias de sus dimensiones en el verano de 1996. El acuerdo suscrito tres años atrás entre el Gobierno ruso y la resistencia chechena se asentaba –se diga lo que se diga– en una tácita aceptación, por parte del primero, de que la independencia de Chechenia era un hecho consumado. El aplazamiento de la decisión definitiva al respecto hasta el año 2001 dejaba en manos de Moscú, bien es cierto, un plazo de tiempo en el que –cabía esperar que con métodos civilizados– los dirigentes rusos debían desplegar una nueva diplomacia encaminada a evitar lo que se antojaba inevitable. La propia opinión pública en Rusia parecía haber concluido que lo suyo era que, si el país quería ahorrarse problemas, se procediese a reconocer la independencia de Chechenia.

Los hechos, marcados por la condición anterior en los tres últimos años, han experimentado, sin embargo, un inesperado giro. En su determinación no ha pesado tanto, sin embargo, el estallido de tensiones armadas en Daguestán como la oleada de atentados terroristas en Moscú y en otras ciudades. Estos últimos parecen haberle venido como anillo al dedo a los sectores duros presentes, en particular, en la cúpula de las fuerzas armadas rusas. Han aportado, por lo pronto, la oportunidad de borrar un pasado ostentosamente marcado por la derrota militar de 1996 y están llamados a reconfigurar abruptamente los términos del debate relativo a la independencia de Chechenia.

Resulta obligado subrayar, de cualquier modo, que la supeditación que la política de Moscú está empezando a mostrar para con los intereses de los sectores más duros poco o nada tiene que ver con actitudes racionales y dialogantes. No puede justificarse en modo alguno, por ejemplo, el bombardeo de un sinfín de instalaciones civiles en Grozni, la capital de Chechenia. La principal víctima política de esos bombardeos no es otro que el Gobierno checheno de estas horas que, dirigido por un moderado como el presidente Aslán Masjádov, se ha enfrentado con crudeza a la propia guerrilla islámica que sobre el papel es el objetivo de las acciones militares rusas.

No parece razonable, en otras palabras, que paguen justos por pecadores, como no parece en modo alguno creíble que el bombardeo de la refinería de Grozni haya respondido al propósito de actuar contra la guerrilla islámica que encabeza Shamil Basáyev. Lo suyo es que concluyamos que los objetivos son otros y se insertan, una vez más, en una línea estratégica que apunta a modificar drásticamente –como lo demuestra la entrada de los tanques– los términos del contencioso checheno legados por el acuerdo de 1996.

Tal y como hemos presentado las cosas, bien pudiera parecer que Rusia tiene la sartén por el mango y que sus movimientos de las últimas semanas, aunque inmorales e injustificables, se insertan en plenitud en la bien conocida lógica de un Estado que procura evitar a toda costa un proceso de secesión de una de sus partes. Aunque lo anterior se ajusta probablemente a la realidad, las cosas no son tan sencillas para Moscú. Una de las consecuencias previsibles de su política es una radicalización de la propia opinión pública chechena, que podría manifestarse a través de un respaldo –hasta hoy muy débil– a la resistencia islámica liderada por Basáyev. Esto aparte, no hay razones para pensar que Moscú haya aprendido de sus errores militares del pasado y que la intervención terrestre esté llamada a ser un paseo militar.

Más bien parece, muy al contrario, que el Kremlin puede toparse de nuevo con una resistencia feroz –la época del año en la que nos encontramos no hace sino facilitarla– que acabe por alterar, en sus efectos, muchas de las reglas del juego que rigen la convulsa vida política rusa de estas horas. No vaya a ser que el impulso incontenible de los halcones se vuelva contra quienes, en Moscú, no han sabido o no han querido ponerle freno y nos encontremos en unos meses con una situación tan aciaga como la que, sin éxito, hubieron de encarar los militares argentinos el día después de la derrota en las Malvinas.

Carlos Taibo es director del programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma 
de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 2 de octubre de 1999.

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