Los acontecimientos de Chechenia han dejado en un segundo plano lo que en otras circunstancias habría sido una noticia de primera magnitud: el fallecimiento del presidente croata Franjo Tudjman, uno de los dos máximos responsables, junto con Slobodan Milosevic, de la desintegración violenta del Estado federal yugoslavo.

Muchas veces se ha dicho que en tanto en cuanto Milosevic y Tudjman no desaparezcan del escenario, es harto difícil que las cosas empiecen a reenderezarse en los Balcanes occidentales.

Hay al respecto, y por añadidura, una vieja teoría que sugiere que el desplazamiento, en virtud del procedimiento que fuese, de uno de esos dirigentes estaría llamado a tener efectos indelebles sobre el otro, no en vano –siempre según la teoría que glosamos– los movimientos de uno se han visto marcados ante todo por la conveniencia de dar respuesta a los del otro.

Nadie parece en condiciones de calibrar si la muerte de Tudjman va a modificar, y para bien, las relaciones en el espacio otrora yugoslavo. A corto plazo, y por lo pronto, ningún signo induce a afirmar que el óbito va a tener un efecto indeleble en un proceso político, el serbio, que hoy por hoy se ve marcado por reglas propias. Como quiera, además, que Serbia y Croacia no tienen ya contenciosos territoriales que dirimir, es difícil que se produzcan cambios significados en la relación bilateral.

Harina de otro costal es lo de Bosnia. Si el poder en Croacia cambia de manos, las relaciones de Zagreb con los nacionalistas croatas de la Hercegovina pueden agriarse. Ello es de suponer que no dejaría de tener efectos saludables en lo que al porvenir multiétnico de la república se refiere. Y es que, aunque a menudo se identifica en la República Serbia de Bosnia la principal fuente de obstáculos para la multietnicidad, la Hercegovina occidental sigue siendo un reino de taifas en el que las versiones más radicalizadas del nacionalismo croata se han hecho fuertes.

Aparte lo anterior, las mayores incógnitas se revelan en la propia Croacia, donde no está nada claro qué es lo que va a ocurrir. Lo cierto es que las encuestas señalaban, ya antes del fallecimiento de Tudjman, que la oposición, cada vez más unida, se aprestaba a derrotar a la Unión Democrática, el partido del presidente, en las elecciones generales. Ahora el pronóstico parece verse ratificado por las escisiones que, una vez desaparecido Tudjman, se adivinan en la Unión.

Los especialistas señalan que en la Unión Democrática mal conviven tres corrientes distintas: un sector nacionalista ultramontano, un aparato tecnocrático que sólo piensa en preservar su condición de privilegio y una liviana facción medianamente abierta –los 'europeístas'– que encabeza el ministro de Asuntos Exteriores, Mate Granic. Sobre el papel, Tudjman era el elemento soldador de esas tres corrientes, que a duras penas están llamadas a ponerse de acuerdo en ausencia del líder unificador. En el trasfondo, y conforme a algunos análisis, perviviría también una relación tensa entre los viejos aparatos reciclados procedentes de la etapa titista y una diáspora económicamente poderosa.

De ser así las cosas, el camino de la coalición de oposición que dirigen socialdemócratas y liberalsociales parece expedito. Pero, y por un lado, no conviene dar por descontado que la Unión Democrática se va a romper rápidamente en varios pedazos: los intereses en juego son lo suficientemente poderosos como para que unos y otros se vean obligados a espabilar y alcancen acuerdos aparentemente 'contra natura'. Por el otro, el partido que ha gobernado Croacia desde 1990 cuenta con resortes decisivos para trabar, con mecanismos no necesariamente legales, el camino de la oposición. Y cuenta con ellos, cabe suponer, incluso en ausencia de Tudjman.

Es verdad, por otra parte, que el entorno general ya no es el más propicio para la Unión Democrática: la etapa gloriosa de la independencia y de la campaña militar en la Krajina ha tocado a su fin, y el croata de a pie parece más preocupado por los agudos problemas económicos y sociales que padece, de tal suerte que la que ha sido la estrategia simbólica maestra del partido de Tudjman tiene hoy poco hueco. Al margen de lo anterior, y para hacer las cosas aún más complejas, ni siquiera puede descartarse que reaparezcan con fortaleza las tensiones derivadas de una conflictiva integración nacional en la que la costa mediterránea italianizante siempre ha chocado con la eslava meseta continental.

Hay quien se consolará pensando que para la Croacia contemporánea sería más que suficiente con que no hiciese su aparición alguien con los rasgos de Tudjman. Aunque, claro, puestos a pedir tampoco estaría de más que se hiciese realidad el pronóstico que sugiere que la desaparición del presidente croata debe verse acompañada de la de su homólogo de la federación yugoslava que integran Serbia y Montenegro.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 15 de diciembre de 1999.

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