Una palabra mágica, globalización, parece marcar los derroteros del planeta en el inicio del siglo XXI. Tras ella se esconde, sin embargo, una competición nada nueva: la que libran hoy por hoy los tres grandes núcleos de poder –los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón– del sistema capitalista. Bastará con recordar al respecto, que no han faltado analistas para quienes las acciones militares de la OTAN en Serbia y Montenegro han respondido al designio norteamericano de generar un problema que pusiese en un brete el proceso de unión monetaria europea.

La globalización, por otra parte, no implica en modo alguno la desaparición de atávicas jerarquías: no se trata , en otras palabras, de una dinámica espontánea y descentralizada encaminada a homologar las capacidades de todos. El Tercer Mundo y sus miserias no van a desaparecer a su amparo, como lo testimonia la pervivencia de un sinfín de conflictos bélicos.

Y es que lo ocurrido en los diez últimos años invita a concluir que estaban cabalmente equivocados quienes pensaban que la desintegración del bloque soviético iba a acarrear una rápida disolución de los conflictos en el planeta. Éstos no sólo no han desaparecido, sino que han adquirido una inédita presencia en escenarios –ahí está la Europa central y oriental– que desde el final de la Segunda Guerra Mundial parecían exonerados de sus tributos. No es casual, por cierto, que según muchos pronósticos el Cáucaso se apreste a ser foco principal de conflictos en los años venideros. Junto a él lo suyo es que se haga sentir el peso de viejas inercias en el Oriente Próximo, en los aledaños de la península indostánica o en varios puntos del África subsahariana.

Claro que, para que nada falte, ni siquiera puede descartarse un rebrote de la confrontación, con ribetes de guerra fría renacida, entre Rusia y el mundo occidental. La alianza de la primera con China, pese a sus aristas fantasmagóricas, ha disparado algunas alarmas que prefieren ignorar lo que parece evidente: el camino principal por el que discurre la política exterior rusa es, provisionalmente, el que conduce a Occidente.

Los pesimistas están, en fin, de enhorabuena, por cuanto otro mito más reciente –el del fortalecimiento de Naciones Unidas– se ha ido resquebrajando al compás de una fácil certificación: la de que el gigante norteamericano, junto con sus aliados, se dispone a dictar sin contrapeso muchas de las reglas del juego. Por desgracia, la condición presuntamente democrática de los estados correspondientes no es ninguna garantía en lo que e refiere a la limpieza de su conducta en la arena internacional. Y es que tiempo tendremos para calibrar si ese otro mito contemporáneo –el del intervencionismo humanitario– no configura sino una más de as estrategias de imposición diseñadas para los grandes del planeta.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y autor de ‘Miseria de las grandes potencias’ (Libertarias).

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Semanal, 26 de diciembre de 1999.

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